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La ‘defensa como servicio’ lleva la contratación militar a un terreno resbaladizo

La disuasión ya no reside en el armamento, sino en la capacidad de innovar más rápido que el adversario

Un soldado alemán mostraba un inhibidor de drones HP 47 en Hamburgo en 2025.Lisi Niesner (REUTERS)

¿Cuánto deben participar las empresas privadas en la forma de hacer la guerra de los Estados? Bastante, si uno es el ministro de Defensa de Ucrania, de 35 años. Desde que Mykhailo Fedorov puso en marcha su “iniciativa privada de defensa antiaérea” a finales de 2025, no ha parado de externalizar el derribo de drones rusos: 30 empresas se han sumado al proyecto y ...

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¿Cuánto deben participar las empresas privadas en la forma de hacer la guerra de los Estados? Bastante, si uno es el ministro de Defensa de Ucrania, de 35 años. Desde que Mykhailo Fedorov puso en marcha su “iniciativa privada de defensa antiaérea” a finales de 2025, no ha parado de externalizar el derribo de drones rusos: 30 empresas se han sumado al proyecto y han destruido más de 20 drones de ataque tipo Shahed y vehículos aéreos no tripulados (UAV) de reconocimiento Zala. Este modelo tiene nombre: Defence-as-a-Service (DaaS). Lleva la contratación militar a un terreno resbaladizo, pero puede ser exactamente lo que necesita el rearme europeo.

Los inversores llevan mucho tiempo familiarizados con el Software-as-a-Service. Permitir que los clientes de tecnología paguen una cuota anual por su uso informático suaviza los ingresos de las empresas del sector, pero también les permite beneficiarse de las actualizaciones necesarias para corregir errores. Sin embargo, estos mismos contratos difieren notablemente de la manera en que los gobiernos soberanos han tendido a pagar su equipamiento de defensa. Los notorios contratos de coste más margen, mediante los cuales se han adquirido tanques, armas y aviones en las últimas décadas, obligan a las autoridades a hacer apuestas a largo plazo –a menudo equivocadas– sobre el tipo de capacidades militares que necesitarán varias décadas después. Y luego pagan un sobreprecio por los cambios que inevitablemente surgen. En 2023, el caza F-35 estadounidense acumulaba, por ejemplo, un sobrecoste de 183.000 millones de dólares respecto a la estimación inicial.

Esto choca con la flexibilidad que, según los militares, es imprescindible. En un discurso pronunciado el año pasado, el general Roly Walker, jefe de las fuerzas terrestres británicas, predijo que solo un quinto de las capacidades de defensa futuras consistirá en las plataformas tripuladas de alta tecnología –como tanques y helicópteros– que constituyen la imagen popular de un ejército. Aunque el 50% del presupuesto de defensa se destinaría a ese tipo de equipamiento, la otra mitad iría a áreas como los aviones de vigilancia no tripulados, y software y hardware fungibles para contrarrestar amenazas como los drones enemigos.

Lo que distingue a esta nueva generación de capacidad militar es que se comporta más como software actualizable: la guerra de Rusia con Ucrania ha llevado a ambos bandos a desarrollar nuevos sistemas de drones y antidrones a un ritmo imparable, con versiones nuevas que aparecen casi cada mes. En un entorno tan cambiante, puede tener sentido pagar una cuota periódica a una empresa privada por una capacidad DaaS tecnológicamente avanzada en lugar de adquirirla en propiedad. Y esta clase de flexibilidad no es un lujo prescindible. Según el excomodoro del aire de la RAF Blythe Crawford, que trabaja ahora en el grupo de tecnología de defensa de EE UU Tiberius Aerospace, la disuasión de un país no reside en ningún arma concreta, sino en la capacidad de innovar más rápido que los adversarios: desarrollar e implantar constantemente nuevos drones y software antes de que los modelos existentes queden obsoletos.

Contratos fungibles

El DaaS empieza a extenderse. La Royal Navy británica está ejecutando la primera fase de su programa de vigilancia submarina y antisubmarina Atlantic Bastion bajo un modelo en el que un contratista privado posee y opera el equipamiento en nombre de la Marina. Dos programas del Ejército de Estados Unidos –Artemis (Sistema de Inteligencia Multimisión de Reconocimiento e Identificación de Objetivos Aéreos) y ARES (Sistema Aerotransportado de Reconocimiento y Guerra Electrónica)– también utilizan el modelo DaaS, con un contratista privado que provee capacidades de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR, por sus siglas en inglés) como servicio. Anduril, la start-up de EE UU de tecnología de defensa valorada en 60.000 millones de dólares, firmó en 2024 un contrato de “capacidad como servicio” con la Real Fuerza Aérea Australiana para ayudar a defender sus bases contra drones.

Dicho esto, los contratos de tipo DaaS representan menos del 5% de los 71.000 millones del gasto militar espacial de EE UU previsto para 2027. Puede deberse a que, si bien el DaaS se presta con facilidad a funciones de apoyo como la logística, los Gobiernos pueden ser reacios a depender de tecnología arrendada para capacidades de defensa de naturaleza más crítica. El peligro es que una función pueda retirarse, dejar de funcionar o encarecerse en exceso. No es un riesgo teórico: en 2022, Elon Musk se negó en público a atender una petición ucrania de activar su red de satélites Starlink en Sebastopol, ciudad portuaria de Crimea.

Además, no hace falta ser un aficionado a las películas de ciencia ficción distópica de los años 80 como RoboCop para reconocer que el DaaS también entraña riesgos y plantea interrogantes morales. Un dilema clave es hasta qué punto puede una entidad no gubernamental ejercer fuerza letal, sobre todo si despliega capacidades autónomas con inteligencia artificial para hacerlo.

Ahora mismo, la norma en los conflictos armados es que las decisiones sobre el uso de la fuerza letal sean competencia exclusiva de los cargos electos. Una serie de medidas legislativas de EE UU, como la Ley de Reforma del Inventario de Actividades Federales (FAIR), aprobada en 1998, trata de definir qué tipo de actividades de defensa son intrínsecamente gubernamentales. La red privada de defensa antiaérea de Ucrania está sujeta a directrices estrictamente controladas y, en todo caso, derriba máquinas no tripuladas. Sin embargo, si esas mismas capacidades se empleasen en ataques ofensivos contra objetivos humanos, arrastraría al DaaS y a la empresa privada que lo respalda a aguas legales y éticas desconocidas.

Con todo, el imperativo de innovar en la guerra hace probable que la defensa como servicio siga creciendo. En un mundo ideal, los contratistas de DaaS competirían entre sí, quizá coordinados mediante los nacientes “mercados de aplicaciones” militares, como Grail, de Tiberius Aerospace, donde los clientes pueden examinar las capacidades disponibles para desarrollar sus cadenas de suministro. El resultado podría ser servicios de bajo coste en los que empleados del sector privado trabajen dentro de los ejércitos para operar su equipamiento de alta tecnología, como hacen los “ingenieros desplegados en primera línea” de Palantir cuando ayudan al Ejército de EE UU a manejar su software Maven, que ayuda a los generales a identificar objetivos y coordinar operaciones.

Con las salvaguardas adecuadas, el DaaS puede suponer un avance. Y dado que Ucrania es donde reside buena parte de la mejor propiedad intelectual e inteligencia militar de Europa, las empresas de Kiev podrían situarse pronto en la vanguardia de este tipo de trabajo. Aun así, la defensa como servicio tiene por delante al menos algunos problemas de crecimiento.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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