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La tregua que no puede devolver a la economía al punto de partida

Puede calmar a los mercados, pero no abaratar la situación a los niveles previos al conflicto

Calle de Teherán, el 15 de abril, durante el alto el fuego.Thaier Al-Sudani (REUTERS)

Durante unas horas, los mercados quisieron creer que la guerra con Irán había terminado. Bastó el anuncio de un alto el fuego para provocar una fuerte caída del precio del petróleo y un rebote en las Bolsas y e...

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Durante unas horas, los mercados quisieron creer que la guerra con Irán había terminado. Bastó el anuncio de un alto el fuego para provocar una fuerte caída del precio del petróleo y un rebote en las Bolsas y en los activos de riesgo, como si el episodio pudiera archivarse rápidamente como una crisis más, intensa pero transitoria. Sin embargo, esa lectura resulta, probablemente, engañosa. La tregua no es la paz, y mucho menos un reset económico.

Incluso en el mejor de los casos, con una desescalada gradual, el mundo no regresaría al punto de partida. Las interrupciones en el suministro energético, el cierre o los daños en las infraestructuras, la necesidad de recomponer inventarios y el aumento de las primas de seguro dejan cicatrices. El petróleo puede corregir desde los máximos alcanzados en el momento de mayor tensión, pero difícilmente vuelve de inmediato a los niveles previos al conflicto. Más aún cuando el riesgo geopolítico permanece latente y los mercados incorporan una prima de incertidumbre anteriormente inexistente.

En ese sentido, el verdadero cambio no es el pico puntual del precio del crudo, sino la aparición de un nuevo suelo, esto es, una prima geopolítica persistente que encarece la energía, distorsiona expectativas y redefine el coste base de la economía global. La tregua puede frenar el pánico momentáneamente, pero no elimina ese nuevo coste estructural. Y eso es lo que los mercados, tras el primer impulso de alivio, empiezan a reconocer.

Ese nuevo equilibrio tiene implicaciones macroeconómicas de calado. La primera es que la inflación se vuelve más pegajosa de lo previsto. No tanto por un repunte puntual vinculado al encarecimiento de la energía, sino por la persistencia de costes elevados que terminan filtrándose al resto de la economía. La segunda es que los bancos centrales pierden margen de maniobra en un momento especialmente delicado.

En este nuevo contexto en el que se mueven las autoridades monetarias, no necesariamente se ven obligadas aún a subir más los tipos, pero sí se les dificulta bajarlos. Y eso ya es un problema. Un petróleo estabilizado en niveles claramente superiores a los previos al conflicto no destruye la demanda de forma abrupta, pero sí mantiene la presión sobre precios y expectativas, obligando a los bancos centrales a ser más cautos.

El resultado es un entorno de tipos más altos durante más tiempo, justo cuando el crecimiento ya mostraba signos de fatiga. Europa es particularmente vulnerable en este contexto. No solo por su dependencia energética, sino porque llegaba al shock con una inercia débil. La tregua puede reducir el riesgo de escenarios extremos, pero no borra el deterioro acumulado en consumo e industria.

Asia enfrenta un riesgo diferente, más silencioso pero potencialmente más profundo: su elevada dependencia de los flujos energéticos y petroquímicos del Golfo. Hasta ahora, el comercio tecnológico, impulsado por la inversión en inteligencia artificial, ha mostrado una notable resiliencia, pero ese comportamiento es en gran medida retrospectivo. Con la gran incertidumbre energética, el impacto se está trasladando gradualmente a la producción industrial, incluyendo sectores críticos como los semiconductores.

Estados Unidos, con mayor autosuficiencia energética, parece mejor posicionado, pero tampoco es inmune. La huella del conflicto ya se percibe en la inflación, en la confianza del consumidor y en una moderación del gasto que, en realidad, venía gestándose incluso antes de la crisis. En conjunto, la economía global se adentra en un terreno incómodo, con un crecimiento más débil, una inflación más persistente y unas políticas monetarias más restrictivas de lo que se esperaba hace poco.

En este entorno, los mercados están empezando a ajustar sus preferencias, y lo están haciendo de forma menos obvia de lo que cabría esperar. La energía emerge, como es lógico, como el gran beneficiado directo del nuevo contexto, pero no es el único sector que está resistiendo. De manera más sorprendente, el sector bancario (especialmente el europeo) ha mostrado una solidez relativa significativa.

Tras un ajuste inicial al comienzo del conflicto, el sector ha recuperado terreno y, en algunos casos, ha superado al mercado. La lógica es menos contradictoria de lo que parece. En un entorno de tipos más altos durante más tiempo, los márgenes financieros se sostienen, compensando en parte el deterioro macroeconómico y el posible aumento de provisiones. También los servicios públicos (utilities) o las telecomunicaciones están ofreciendo cierta estabilidad en un entorno volátil.

Frente a ellos, los perdedores son más previsibles: consumo discrecional, automoción, inmobiliario o aquellas industrias intensivas en energía o especialmente sensibles al coste del dinero. Esta rotación no es meramente táctica, sino coherente con un cambio estructural más profundo. Durante años, los mercados han operado bajo el supuesto de un entorno geopolítico relativamente estable, en el que las disrupciones eran episódicas y, en última instancia, gestionables.

Ese supuesto ya no parece válido. La geopolítica ha vuelto a cotizar, y lo hace no solo a través del precio del petróleo, sino también mediante una mayor exigencia de rentabilidad, una prima de riesgo más elevada y una menor tolerancia al error. Esa prima no desaparece con una tregua. Puede reducirse temporalmente, fluctuar o incluso pasar a un segundo plano en momentos de calma, pero permanece como un componente estructural del sistema. Y, con ella, llega un mundo más exigente, en el que el coste del capital es más alto, la selección de activos más estricta y la estabilidad, menos garantizada. La tregua puede calmar a los mercados. Lo que no puede hacer es abaratar la economía a los niveles previos al conflicto.

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