Obras para proteger vidas
España debe apostar decididamente por construir embalses, dotando de un marco financiero estable los planes
Las abundantes precipitaciones de este invierno han elevado la reserva hídrica hasta casi el 80%, registrando el tercer mayor nivel de llenado de los embalses a estas alturas del año desde 1988. Y ya ha llovido desde entonces…
Es cierto que la situación hídrica ha mejorado de forma muy notable, pero conviene no olvidar que algunas zonas –como las cuencas internas de Cataluña– hasta hace apenas un año estaban en situación de emergencia por sequía, aunque ahora se encuentren con niveles históricos de agua.
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Las abundantes precipitaciones de este invierno han elevado la reserva hídrica hasta casi el 80%, registrando el tercer mayor nivel de llenado de los embalses a estas alturas del año desde 1988. Y ya ha llovido desde entonces…
Es cierto que la situación hídrica ha mejorado de forma muy notable, pero conviene no olvidar que algunas zonas –como las cuencas internas de Cataluña– hasta hace apenas un año estaban en situación de emergencia por sequía, aunque ahora se encuentren con niveles históricos de agua.
Este vaivén tan acusado subraya la necesidad de contar con embalses de regulación y otras obras hidráulicas capaces de responder tanto a episodios de lluvias intensas como a periodos prolongados de sequía. Dos caras de una misma moneda, que confluyen en una sola, la de la correcta regulación de las cuencas.
Porque, si algo nos está enseñando el cambio climático es que las inclemencias meteorológicas serán cada vez más frecuentes e intensas. Frente al riesgo creciente de desbordamientos de ríos, inundaciones de campos, pueblos y ciudades, pero también frente a la amenaza recurrente de las sequías estivales, únicamente cabe una respuesta racional y sensata: acelerar las inversiones pendientes en infraestructuras hidráulicas.
Porque el agua, como oro incoloro, puede tener poco precio en el mercado, pero un valor infinito. Da vida, pero a veces mata, por lo que bien haríamos en almacenarla cuando exceda para poder distribuirla y aprovecharla cuando escasee. Así, cuando circulamos por la carretera y vemos un embalse lleno y bien regulado en pleno verano, sentimos tranquilidad y seguridad. El ser humano necesita ordenar y cuidar el territorio donde vive, y en ese equilibrio las constructoras deben ser actores principales y acompañar a la Administración en el ciclo del agua, ayudando a gestionarla, protegerla y garantizarla.
Un déficit de inversión de 104.000 millones
Para ello son necesarias las obras de conservación y mantenimiento, de saneamiento y depuración, de abastecimiento y de regadíos... Un informe elaborado por Seopan, ANCI y la ingeniería Typsa alertaba de la necesidad de invertir 104.000 millones de euros en los próximos diez años para hacer frente a sequías e inundaciones. Basta poner la lupa sobre las cifras para entender la envergadura del reto. Casi 85.000 millones destinados a garantizar el suministro de agua y minimizar los efectos de las sequías, y alrededor de 19.000 millones para mitigar el impacto de las inundaciones.
Por su parte, la Federación Nacional de Comunidades de Regantes de España (Fenacore), que agrupa a más de 700.000 agricultores de regadío, elaboró un plan de acción contra danas en el que urgía a construir las 27 presas que figuran en los planes hidrológicos aprobados por el Gobierno en 2023, y que llevan pendientes de ejecución desde entonces. Para los regantes, estas obras no solo regulan el agua para el riego y el abastecimiento, sino que también protegen vidas y bienes frente a avenidas e inundaciones, y ayudan a mitigar los efectos de las sequías más prolongadas.
2,7 millones de personas viven en zonas inundables
Más datos que nos ayudan a comprender la importancia del asunto: En España, 2,7 millones de personas viven en zonas inundables, más de 473.000 en áreas de alto riesgo, y existen 25.000 kilómetros de ríos y litoral clasificados como zonas susceptibles de inundación. Al mismo tiempo, casi 9 millones de personas han sufrido restricciones en el uso del agua por la sequía, con especial incidencia en comunidades como Cataluña y Andalucía. Y, más allá del consumo doméstico, estas situaciones afectan de lleno a motores de nuestra economía, a pilares de nuestro Estado del bienestar, como la agricultura, la ganadería o el turismo.
Según lo publicado por el Ministerio para la Transición Ecológica, entre 1960 y 2000 se construyeron 734 presas, mientras que entre 2000 y 2025 la cifra ascendió únicamente a 43.
Pero las obras hidráulicas, en contra de lo que muchos denuncian, no tienen color político. Custodian el agua, protegen el medio ambiente y son esenciales para nuestra seguridad y supervivencia. No deberían hacer falta más situaciones extraordinarias para saber que la naturaleza no puede gobernar sin control la vida de las personas, sino que tenemos la responsabilidad de dominarla de forma sostenible, anticipándonos a los fenómenos meteorológicos más extremos mediante planificación y con obras resilientes frente a las embestidas del cambio climático; obras duraderas, amparadas por criterios técnicos, científicos, ambientales y socioeconómicos.
A veces se habla, con ignorancia, de “embalses de inundación”, cuando en realidad son embalses de regulación. España necesita apostar decididamente por su construcción, dotar de un marco financiero estable a los planes hidrológicos, diseñar una hoja de ruta para gestionar el riesgo de inundaciones y asumir que la regulación del agua debe elevarse a una prioritaria cuestión de Estado. Porque, al fin y al cabo, son obras que protegen vidas.