Banca, crédito y morosidad: una salud de hierro a preservar
En este caso, la venda antes de la herida no es la peor solución
Récord de beneficios, rentabilidad al alza y, también, calidad crediticia en los balances. La banca acentúo en 2025 el proceso de reducción de sus activos problemáticos, una senda iniciada hace más de una década tras los infaustos años de la crisis financiera y de la burbuja inmobiliaria. Al cierre del pasado año, estos préstamos –que incluyen los considerados en fase 2 (vigilancia especial) y fase 3 (direcamente impago)– no superan el umbral de los 230.000 millones, incluso un 1,3% menos que en el año anterior. La tasa de morosidad, por otra parte, está en niveles históricamente bajos, cercanos al 2%. De hecho, solo el Santander y el BBVA se sitúan por encima de ese umbral, afectados por su exposición a economías emergentes, como México o Brasil.
No obstante, esos excelentes guarismos, una vez celebrados, deben ser también una invitación para no caer en la autocomplacencia. Desde el sosiego que proporcionan, toca escrutar al máximo las debilidades del sector. En los últimos tiempos, ha habido tímidas voces de alarma, que merecen ser tenidas en cuenta. La consejera delegada de Bankinter, Gloria Ortiz, alertaba recientemente de que los nuevos préstamos hipotecarios se están concediendo por debajo del euríbor, creando carteras deficitarias. En efecto, tras las últimas bajadas de tipos, una apuesta por incrementar los volúmenes a toda costa y una eventual nueva guerra hipotecaria no parecen el mejor camino para evitar las curvas a medio plazo. No es casualidad que tanto Carlos Torres, presidente del BBVA, como Gonzalo Gortázar, consejero delegado de CaixaBank, concedieran en sus últimas presentaciones de resultados que han cedido cuota de mercado en este segmento. Todo un aviso a navegantes.
Es más, el frente hipotecario –que por razones históricas es el que más inquietud social genera– no es el único que requiere atención. El incremento del crédito al consumo, más arriesgado que el hipotecario y más proclive al impago, está acelerándose, sin que en paralelo lo hayan hecho las provisiones. Aquí, la evolución macroeconómica y los altos niveles de empleo permiten conservar cierta tranquilidad, pero también desde la cautela.
Con tipos bajos, elevada regulación e incertidumbre geopolítica, la gestión comercial, véase la operativa bancaria clásica, será clave para consolidar la última línea del balance. Y, en ese esfuerzo, la gestión del riesgo de crédito es fundamental, sin contar con los procesos de eficiencia y control de costes. En este caso, la venda antes de la herida no es la peor solución.