Un Estado dual: glamur y tontería
En la revolución MAGA que Trump se esfuerza por liderar, la idea fecunda es la de no dejar de fascinar
Tuve la impresión de que construir un edificio en Moscú estaría bien y sería glamuroso. Yo hago muchas cosas por el glamur. Me gusta el glamur. ¿Conoces la palabra glamur? Pues a mi me encanta el glamur”. Estas palabras de Donald Trump, recogidas por Maggie Haberman en El camaleón. La invención de Donald Trump, puede que hagan traslucido el correoso fantasma que atraviesa al presidente estadounidense. El rastro etimológico de glamur procede del escocés antiguo “glamer” y “glamarye”, variantes de la palabra “grammar”. En la Edad Media, “grammar” no solo designaba la gramática en el sentido mode...
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Tuve la impresión de que construir un edificio en Moscú estaría bien y sería glamuroso. Yo hago muchas cosas por el glamur. Me gusta el glamur. ¿Conoces la palabra glamur? Pues a mi me encanta el glamur”. Estas palabras de Donald Trump, recogidas por Maggie Haberman en El camaleón. La invención de Donald Trump, puede que hagan traslucido el correoso fantasma que atraviesa al presidente estadounidense. El rastro etimológico de glamur procede del escocés antiguo “glamer” y “glamarye”, variantes de la palabra “grammar”. En la Edad Media, “grammar” no solo designaba la gramática en el sentido moderno, sino el saber letrado, lo que equivalía a un corpus de conocimiento inaccesible para el pueblo analfabeto. Lo incomprensible, reservado u oculto a la multitud dio lugar a una asociación simbólica concluyente: lo que la sociedad no comprendía se transformaba en mágico. Así fue como el núcleo semántico de “grammar” derivó en “glamour” como significante para designar el hechizo del mundo, un encantamiento o ilusión óptica que funcionaría como un velo erotizado que distorsiona la realidad con el fin de que siempre resulte apetecible y tentadora.
El glamur se mueve en dos direcciones. Por un lado, denota la presencia de un canalla que lo ejecuta como distracción y, por otro, exige a un idiota para que lo asuma como el nombre de una verdad incuestionable. En efecto, glamur nunca significó belleza en sí, sino una manipulación de la percepción. A partir de la posmodernidad y con el auge de la cultura de masas quedó descontado el resto de significación que tenía asociado a lo sobrenatural, aunque permaneció fijo en el entendimiento del lenguaje que cuando el término es usado se tiene que estar de acuerdo con la señalización de un exceso, es decir, con la indicación de que un sujeto, vivo o inerte, posee algo indeterminado pero superior a todo lo demás, descubriéndose como un objeto digno de ser idealizado.
Vale la pena evocar el canto XII de La Odisea, cuando las magas Sirenas usan la voz para “quien la escucha contento que se vaya conociendo mil cosas”. En su glamuroso halago al héroe va incluida una promesa de gloria, explotando el deseo del saberlo todo que afecta a cualquier mortal. Volviendo a las palabras iniciales de Trump, resulta perceptible que en su ciclo de repetición compulsiva (evidenciado en su habitual vocabulario rebosante de expresiones grandilocuentes, solemnes e hiperbólicas) late una fe particular en que el glamur es la puerta hacia una sabiduría privada. En su caso, nadie le repartió pan de cera para taparse las orejas ni le ataron con cuerdas a un mástil para curarle de un goce perverso que, a tenor de los acontecimientos, queda manifestado en el discurso de la tontería como forma de vida y que tan bien ha sido ejemplificado en el autorretrato documental Melania (2026).
Siguiendo al pensador francés, Jean-Claude Milner en su ensayo Los nombres indistintos (1983), la tontería que caracteriza al idiota es la sordera, dado que dígase lo que se diga o hágase lo que se haga, nada cambia: lo que la tontería ordena aguanta a pesar de las pruebas. En consecuencia, no hay nombre que garantice el sentido esperado.
Por ello, la tontería es tomar un nombre como sello de verdad. Este razonamiento explicaría la facilidad con la que nombres como democracia, progreso, paz o ciencia pueden ser vaciados de su sentido o travestidos en sus efectos de verdad para hacer legítimos justamente sus efectos opuestos: dictadura, regresión, guerra e ignorancia. Así es como la tontería entra de lleno en la política para producir desastres históricos que no tendrían que requerir necesariamente de maldad. Su suficiencia dependería de una tontería bien organizada, en la que los nombres son obedecidos sin examen. Pues, en el campo de la tontería no se piensa, sino que se imita. No se juzga, sino que se aplican apriorismos. No hay decisiones racionales, únicamente ejecución ciega. Sin embargo, la clave para que la tontería tenga éxito se esconde entre bambalinas, con un canalla moviendo los hilos.
En latín, canalla es canis, que significa perro; autores como Horacio y Suetonio lo aplicaron para calificar a los aduladores, cínicos y parásitos de otros. Para Jacques Lacan, el canalla no es un diagnóstico clínico ni un rasgo de carácter, sino una posición en el lenguaje, un modo de ocupar el lugar del Otro (la instancia que garantiza la ley), sabiendo que ese Otro no existe, para manipular el deseo de los demás. De modo que la canallada, como acto, se basa en querer ser el Otro del Otro. La canallada de Trump a cuenta del glamur es hacerse con el poder de orientación del deseo ajeno. Entonces, la tontería se corresponde con el suelo que el canalla necesita para operar y convertir la usurpación del deseo en un régimen; Trump pretende velar esta ocupación con el glamur de su propio goce.
El jurista alemán Ernst Fraenkel delimitó con la exactitud de un cirujano lo que denominó como el Doppelstaat o, dicho con otras palabras, la transformación canalla de una república democrática en un régimen dictatorial. En su obra El Estado dual. Contribución a la teoría de la dictadura (1941), Fraenkel expuso la mutación por la fuerza de Alemania en la cosa del nacionalsocialismo a través de la convivencia de un Estado de normas con un Estado de medidas. El primero respondía a la normalización de un orden jurídico expresado en leyes, resoluciones judiciales y actos administrativos tan típicos de un Estado. El segundo, que trajo Hitler como manual propagandístico y antifilosófico, respondía a un sistema de arbitrariedad y violencia ilimitadas cuya actuación no quedaba restringida por ninguna clase de garantías jurídicas. La literatura nazi se prestó mucha atención a debatir sobre los límites adecuados entre Estado y Partido.
De hecho, en un discurso pronunciado en Weimar en 1936, Hitler propuso el dogma de que el gobierno y la legislación debían quedar bajo el monopolio del Partido y que lo único que le incumbía al Estado era la esfera de lo administrativo. Ya sabemos que, en realidad, nunca hubo dos monopolios, sino uno, pero el matiz psicológico implícito es relevante dado que el partido nazi utilizó el poder del Estado sin deseo alguno de perseguir la realización de la justicia, transformando el nombre “derecho” en lo que servía siempre y solo al objeto de alcanzar las metas políticas del régimen. Fraenkel cita en su obra a otra figura del nazismo como Alfred Rosenberg: “La justicia y la injusticia no van por ahí diciendo: aquí estamos. El derecho es aquello que los arios tenemos por justo”.
La negación de todo universalismo y validez de un orden internacional para, en su lugar, adoptar la idea de que en cada Estado anida una idea propia de justicia constituye lo que retorna en el panorama político estadounidense. En la revolución nacionalsocialista, la idea que preñó el inconsciente colectivo fue que la tarea del Estado debía ser la preservación de lo que el pueblo alemán era, defendiéndole de los elementos discrepantes. En la revolución MAGA que Trump se esfuerza por liderar, la idea fecunda es la de no dejar de fascinar. El glamur político resultante no consiste en acabar con la desigualdad sino en estilizarla, disfrazando la violencia irracional de ICE en una narración épica y convirtiendo el servilismo en sentido de pertenencia a la comunidad de los justos.
La tontería es creer que el ciudadano no se sentirá oprimido porque se le hace participar en algo grandioso. El Estado dual en EE UU avanza y el glamur tan amado por Trump comienza como un hechizo lingüístico y termina como una tecnología simbólica del yo y del poder: allí donde el glamur gobierna, la mirada queda capturada, el juicio crítico suspendido y la libertad desplazada por una fascinación que desprecia la vulnerabilidad del ser humano.