El futuro de la carne de laboratorio en la Unión Europea pasa por un foie gras francés
La Autoridad de Seguridad Alimentaria activa el ‘clock stop’ del primer producto gastronómico cultivado, que marcará el rumbo de los alimentos celulares
París, la capital mundial del foie gras, se encuentra en el centro de una decisión que puede marcar el futuro de la industria cárnica y pesquera en el territorio comunitario. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) debe pronunciarse sobre la solicitud de una empresa francesa que aspira a comercializar el primer foie gras cultivado en laboratorio de la Unión Europea. No es una variación de los productos vegetales alternativos a la carne animal ni un expediente más; es un test decisivo para la biotecnología alimentaria y el mercado interior europeo.
En 2024, Gourmey, la compañía especializada en el desarrollo de alimentos a partir de células de animales, se convirtió en la primera empresa en presentar ante la Comisión Europea y la EFSA una solicitud para autorizar la proteína de pato cultivada como nuevo alimento. Tras superar la fase de validación del expediente por parte del Ejecutivo comunitario, la solicitud pasó a manos de los científicos de la EFSA para su evaluación de riesgos.
En teoría, el dictamen debería estar listo en marzo, nueve meses después del inicio del análisis. Sin embargo, según explican a CincoDías fuentes de la autoridad europea, el proceso está detenido. “El expediente se encuentra en clock stop”, señalan, después de que el organismo haya solicitado información adicional a la empresa, algo relativamente habitual en esta fase.
Desde Gourmey aseguran que están “plenamente implicados en responder a las solicitudes de la EFSA” y que su objetivo es aportar “información exhaustiva”, en línea con los elevados estándares de seguridad que exige la Unión Europea. Aunque la autoridad comunitaria no puede ofrecer “una fecha más precisa” sobre cuándo emitirá su dictamen, la compañía parisina confía en que podría producirse a lo largo de 2026.
La carne de laboratorio se obtiene a partir de una pequeña muestra de células de un animal vivo, que se cultivan en un medio rico en nutrientes. Ese material crece en unos tanques llamados biorreactores, que reproducen las condiciones del organismo. Con el tiempo, las células forman fibras y dan lugar a tejido cárnico real sin necesidad de criar ni de sacrificar a los animales. Su autorización exige “pruebas de identidad y estabilidad celular, toxicología y alergenicidad”, entre otros análisis, explican fuentes de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), que interviene en el proceso después del dictamen de la EFSA. “Es razonable esperar una evaluación exhaustiva”, añaden.
Grasa de vacuno cultivada
La resolución del expediente de Gourmey no solo determinará su futuro en la Unión Europea, también servirá de termómetro para otras compañías que desarrollan carne y pescado en laboratorio. El año pasado, la holandesa Mosa Meat presentó una solicitud para comercializar grasa de vacuno cultivada, un expediente que aún no cuenta con el dictamen de la EFSA. Si la agencia europea valida la seguridad del foie, el camino para productos como el pollo, la ternera o el salmón podría allanarse. Si, por el contrario, el proceso se prolonga o se endurecen los requisitos, el mensaje para el sector sería el contrario.
En este contexto de incertidumbre regulatoria, algunas firmas mantienen un perfil bajo, como la vasca Biotech Foods, una de las pioneras en España en el campo de la carne cultivada, que ha optado por no hacer declaraciones a este diario. “El proceso de la EFSA es riguroso y coherente con el nivel de innovación de este tipo de productos”, dice Patricia Larráyoz, portavoz del Centro Nacional de Tecnología y Seguridad Alimentaria (CNTA). Es una organización privada que tiene más de 500 empresas asociadas. “Los aspectos clave suelen ser la descripción y el control del proceso productivo, la caracterización del producto y la solidez de la evidencia científica”, añade.
Mientras la Unión Europea avanza en los controles, otros países ya han dado luz verde a la comercialización de carne de laboratorio. Singapur fue el primero, en 2020, en autorizar a la compañía estadounidense Eat Just la venta de pollo cultivado. Estados Unidos siguió el mismo camino en 2023, al conceder las primeras autorizaciones a Upside Foods y Good Meat. Esta última colaboró con el chef José Andrés, que sirvió pollo de laboratorio en su restaurante China Chilcano de Washington. En 2024, Israel también autorizó la carne de vacuno cultivada de Aleph Farms. Ese año, Reino Unido se convirtió en el primer país de Europa en autorizar la comercialización de carne de laboratorio de la empresa Meatly, aunque limitada por ahora a alimentos para mascotas. Se trata de un mercado que, según Grand View Research, podría alcanzar 6.900 millones de dólares en 2030.
Para poder comercializar un alimento cultivado en el mercado de la Unión Europea, además de contar con un dictamen favorable e independiente de la EFSA, es necesaria una fase de gestión de riesgos, donde la Comisión y los Estados miembros deciden por mayoría cualificada. Es ahí donde comienza el debate político. Mientras algunos países observan con atención cómo se desarrolla el proceso, otros han levantado barreras. Italia aprobó en 2023 una ley que prohíbe la producción y comercialización de carne cultivada en su territorio apelando a la tradición gastronómica y al sector primario. El Parlamento de Hungría también decidió vetarla a finales del año pasado debido al temor a que su consumo pueda no ser seguro.
Pese a ello, si la Unión Europea autorizara el foie gras de Gourmey, “una prohibición general a nivel nacional se expondría a una fricción con la libre circulación de mercancías”, explica Miguel Ángel López Mateo, socio corresponsable de Agribusiness en Garrigues. El Reglamento 2015/2283, que regula los alimentos obtenidos por cultivos celulares, es obligatorio y directamente aplicable en cada Estado. “En términos prácticos, el margen real de un país para mantener una prohibición general frente a una autorización de la Unión Europea es estrecho y cautelar”, añade, ya que debería activar una cláusula de salvaguardia con base científica nueva y superar el control de la Comisión.
Los focos de resistencia
La división de intereses entre el sector primario y el tecnológico ha llevado a una decena de países, entre los que se encuentran Francia, Grecia, Chipre o Malta, a conformar un bloque escéptico. España mantiene una posición más cautelosa, al priorizar la seguridad alimentaria sin cerrarse a la innovación, habiendo financiado a empresas bioalimentarias.
La Asociación Interprofesional de las Palmípedas Grasas (Interpalm), en la que está representada toda la cadena de valor del foie gras en nuestro país, considera que el producto cultivado “supondría una amenaza”, especialmente “por el riesgo de confusión para el consumidor”. Enrique de Prado, su presidente, dice que “la coexistencia solo sería concebible si existiera una diferenciación clara, tanto en denominación como en etiquetado, y si se garantizara que este tipo de productos no se benefician de un marco normativo más laxo”. Una preocupación similar expresa Javier Garat, secretario general de la Confederación Española de Pesca (Cepesca): “Debería existir una regulación específica que garantice una diferenciación clara” y evite “la competencia desleal”.
El riesgo jurídico, coinciden los expertos, surgiría si el etiquetado o la presentación generase confusión o aprovechamiento indebido de reputaciones ajenas. Para evitarlo, el abogado de Garrigues apunta a una “denominación específica y clarificadora”, con mención expresa al proceso celular.
La cuestión no es menor. El Real Decreto por el que se aprueba la norma de calidad de derivados cárnicos establece que solo puede llamarse foie gras el producto que procede del hígado de ocas o patos cebados hasta provocar una hipertrofia adiposa. “Si el producto compuesto por células cultivadas se denomina foie gras, al menos en España, podría conculcar la normativa”, advierte Francisco Javier García, socio responsable de la práctica de Derecho Alimentario en Uría Menéndez.
Tradición y progreso
Desde el punto de vista del consumidor, el foie gras de laboratorio plantea un escenario nuevo en el que convergen “seguridad, sabor, precio y bienestar animal”, considera el chef francés Loïc Salvisberg, director culinario en la consultora gastronómica MCL Food Consulting. Las organizaciones de bienestar animal denuncian que la producción tradicional se basa en la alimentación forzada, una práctica que califican de maltrato y que ha quedado documentada en las investigaciones que han difundido en los últimos años. Esto ha llevado a países como Reino Unido, Italia o Alemania a prohibir su producción. Otros, como Francia o España, la mantienen como parte de su patrimonio gastronómico.
“El foie gras cultivado nos lleva a replantearnos qué entendemos por tradición y progreso”, reflexiona Salvisberg. “El consumidor tiende a asociar natural con saludable, aunque es más receptivo a probar cosas nuevas cuanta más información tiene. Si este producto logra ofrecer garantías, transparencia y un buen relato, tendrá una oportunidad real. Pero si genera más preguntas que respuestas, será difícil que encuentre un lugar en la mesa”.
A medida que la población mundial se encamina hacia los 9.700 millones de personas en 2050, la presión sobre el sistema alimentario se intensifica. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advierte desde hace años de que la demanda global de proteínas crecerá más rápido que la capacidad de producción convencional, ya tensionada por inundaciones, sequías y cambios de temperatura. En este escenario, la carne cultivada aparece como una posible alternativa, aunque está lejos de ser una solución inmediata. Los costes de producción siguen siendo elevados, la tecnología requiere grandes inversiones y su escalabilidad industrial es un desafío.
En este contexto, el expediente de Gourmey no solo determinará el futuro del foie gras cultivado, sino hasta qué punto Europa está dispuesta a incorporar nuevas biotecnologías para afrontar un desafío que, según los organismos internacionales, será estructural en las próximas décadas.