La revolución silenciosa de la mujer inversora
Cómo el cambio en los hábitos financieros femeninos está transformando la gestión del patrimonio
En el ámbito de la inversión en los mercados financieros, hay tendencias y elementos disruptivos que pueden predecirse y estudiar su impacto, con mayor o menor acierto, antes de que se produzcan. También existen otras que pasan desapercibidas hasta que se han convertido ya en algo estructural. El ...
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En el ámbito de la inversión en los mercados financieros, hay tendencias y elementos disruptivos que pueden predecirse y estudiar su impacto, con mayor o menor acierto, antes de que se produzcan. También existen otras que pasan desapercibidas hasta que se han convertido ya en algo estructural. El creciente peso de la mujer en la inversión pertenece claramente a esa segunda categoría. Esta tendencia no es ninguna novedad, aunque sí lo es su repercusión. Esta no solo se hace presente en quién está invirtiendo, sino en cómo se toman las decisiones y cómo se construyen las carteras.
El punto de partida continúa siendo desigual. En España, la brecha de género en la jubilación se sitúa en torno al 31%, lo que supone que las mujeres perciben, de media, unos 400 euros menos al mes en su pensión que los hombres. Esta diferencia se debe a una combinación de factores: trayectorias laborales discontinuas, mayor peso en el trabajo no remunerado y, sobre todo, una menor exposición histórica a los mercados financieros. El problema no es solo que se dé esa brecha, sino cómo se genera: la inversión es acumulativa, y no participar en los mercados durante determinados periodos tiene un coste amplificado con el paso del tiempo. Son “brechas silenciosas”, porque su efecto no es inmediato.
Lo positivo es que asistimos a un cambio evidente. Cada vez son más las mujeres que se incorporan a la toma de decisiones financieras y las que lo hacen con un mayor nivel de implicación. Buscan entender qué hay detrás de cada inversión, cómo se generan los retornos y qué papel juega cada activo dentro del conjunto del patrimonio. Todo ello tiene implicaciones muy concretas en el comportamiento inversor.
En esta línea, diversos estudios apuntan a una menor rotación de carteras y a un horizonte temporal más largo. Por ejemplo, de acuerdo con análisis de Fidelity basados en millones de cuentas, muestran que las mujeres tienden a realizar menos operaciones y que obtienen, de media, una rentabilidad superior en 0,4 puntos porcentuales a la que consiguen los hombres. Estos dos factores, en la práctica, tienden a mejorar la rentabilidad ajustada al riesgo. En un entorno como el actual, con una situación geopolítica y macroeconómica compleja que provoca una mayor volatilidad y dispersión entre activos, la combinación entre disciplina y consistencia que aportan las mujeres inversoras resulta especialmente relevante.
También vemos una evolución en la forma de entender la inversión. La rentabilidad sigue siendo el objetivo, pero se incorpora un análisis más amplio sobre el origen de ese retorno y los riesgos asociados. Esto lleva a prestar más atención a tendencias estructurales, desde la transición energética hasta determinadas áreas de innovación, y a una asignación más consciente del capital, con menor dependencia del corto plazo.
A esta disrupción se suma, además, un factor que va a acelerar su impacto en los próximos años: la transferencia de riqueza. En las próximas décadas, una parte muy significativa del patrimonio global cambiará de manos, y las mujeres serán beneficiarias, en gran parte por su mayor esperanza de vida y su creciente participación en la generación de patrimonio. Esto implica que una parte cada vez más relevante del capital estará gestionada, directa o indirectamente, por perfiles inversores que ya están mostrando comportamientos distintos. No es un cambio aislado, sino que coincide con un relevo generacional que también es de enfoque.
Otra forma de invertir
Las nuevas generaciones no solo heredan activos, sino la responsabilidad de gestionarlos en un entorno más exigente (con mayor volatilidad y nuevas incertidumbres económicas) y con prioridades distintas. Esto está obligando a revisar algunos supuestos que durante años se han dado por válidos en la gestión patrimonial, especialmente en lo que respecta al horizonte temporal, la diversificación o el propio papel de la liquidez.
En paralelo, este cambio en la forma de invertir convive con un contexto en el que ahorrar e invertir resulta cada vez más complejo. Según distintos estudios, más de la mitad de los jóvenes adultos vive con escaso margen para el ahorro, lo que introduce una tensión evidente entre la gestión del presente y la construcción de seguridad financiera a largo plazo. En este escenario, la planificación deja de ser un ejercicio teórico para convertirse en un elemento central: la seguridad financiera no se construye al final de la vida laboral, sino desde el inicio, a través de decisiones que, aunque pequeñas, tienen un efecto acumulativo determinante.
En definitiva, no es solo que haya más mujeres invirtiendo. Es que, en muchos casos, se está invirtiendo de otra manera. Con mayor consistencia, menor rotación y una visión más alineada con el largo plazo. Puede parecer un matiz, pero en un entorno donde la dispersión entre activos es mayor y la rentabilidad depende más de las decisiones que del contexto, acaba teniendo un impacto claro en los resultados. Es una evolución que se ha ido introduciendo de forma progresiva en los últimos años y que, lejos de ser puntual, apunta a ganar peso a medida que cambian los perfiles inversores.
Ana Figaredo es directora general de Lombard Odier en España