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Óscar Arce (BCE): “Hay que avanzar hacia una mayor integración en el mercado eléctrico europeo”

El director general de Economía de la entidad insta a acelerar la unidad energética y de capitales para fortalecer Europa ante los shocks: “No debemos confundir resiliencia con inmunidad”

Óscar Arce, director general de Economía del BCE, durante su intervención en la segunda jornada de CREO 2026, en Madrid. INMA FLORES

La historia reciente del área euro es la de un golpe tras otro: la pandemia, el atasco en las cadenas globales de suministro, la crisis energética causada por la invasión rusa de Ucrania, las tensiones comerciales hasta la nueva y reciente escalada inflacionaria provocada por el conflicto en Oriente Próximo. Unos cortocircuitos a los cuales los países del bloque han respondido con una resiliencia inédita. Pero no conviene relajarse. “No debemos confundir resiliencia con inmunidad”, ha alertado el director general de Economía del BCE, Óscar Arce, este jueves durante su intervención en el Foro CREO de CincoDías. El camino, ha señalado, pasa por seguir trabajando en reducir la vulnerabilidad energética de la zona euro, apostando firmemente por la transición ecológica y la innovación, con la vista puesta en una mayor unidad en los mercados energéticos y de capitales.

La receta que ha presentado para fortalecer Europa ante los shocks pasa, en concreto, por disminuir la dependencia de los combustibles fósiles, avanzando “hacia una mayor integración en el mercado eléctrico europeo” —“necesitamos más interconexiones entre países y más inversiones en nuestras redes”, ha dicho—. El objetivo es que la electricidad, sobre todo la renovable, circule allí donde haga falta en el continente y el gas pese menos en el precio de la luz, reduciendo así la dependencia del exterior y la exposición a crisis energéticas como la de 2022 o la actual ola inflacionaria. España —y Portugal, al considerarse la península como un único mercado eléctrico— es un buen ejemplo de esta necesidad, puesto que suele definirse como una isla eléctrica debido a su escasa conexión con el resto del continente. La capacidad de intercambio ronda el 3%, cuando el objetivo europeo para 2030 es alcanzar el 15%. El cable submarino del Golfo de Vizcaya, previsto para 2028, es el gran paso para acercar el país al estándar europeo.

En paralelo, ha continuado Arce, es necesario apostar por la innovación, incorporando la IA a larga escala de forma ágil y eficiente, así como avanzar en la Unión de Ahorro e Inversiones, el nuevo nombre de la unión de mercado de capitales —uno de los grandes retos pendientes de la UE que sigue sin completarse—, para canalizar el ahorro hacia inversiones productivas. “No es solo una cuestión de integración financiera, es una cuestión vital para apoyar el crecimiento y la prosperidad económica”, ha destacado el economista.

El economista se incorporó al BCE a finales de 2021 procedente del Banco de España, y desde entonces ha visto cómo la zona euro ha sido embestida por una crisis tras otra. Este jueves, ha explicado cómo la menor dependencia energética que ha conseguido el bloque en los últimos años ha contribuido a mantener a flote la actividad pese a la época turbulenta. También la política fiscal ha servido como gran amortiguador frente a las recientes crisis, pero Arce ha recordado que es un instrumento que “no puede darse como garantizado a futuro”. “El espacio fiscal en la mayor parte de los países europeos es cada vez más estrecho”, ha avisado. Además, los costes de financiación se están volviendo “claramente menos favorables” en algunos casos.

Fortaleza

Durante su intervención, el economista ha desgranado cómo la resiliencia demostrada por Europa en los últimos años reposa en tres grandes dimensiones: la capacidad de una economía para absorber un golpe, la de levantarse rápidamente y la de adaptarse en el medio y largo plazo, siendo esta última “quizás la más relevante”. Arce ha utilizado la coyuntura actual para ilustrar su argumentación. La envergadura de la crisis energética actual es “muy notable”, con el petróleo que cotiza por las nubes, fuertes subidas del diésel y del gas natural. Sin embargo, su impacto está siendo menos severo de lo que habría podido ser hace unos años gracias a una mayor implementación de las renovables, un uso más eficiente de la energía y un cambio en la misma estructura de la actividad, más orientada a servicios menos dependientes de los combustibles fósiles.

“Ahora necesitamos la mitad de petróleo que hace 30 años para producir el mismo volumen de PIB”, ha subrayado Arce. De ahí que la transición energética no sea solo una cuestión climática. “Es también una inversión en nuestra seguridad, en nuestra autonomía y en nuestra resiliencia económica”.

La rápida recuperación tras los golpes también se explica por otros factores, como una economía mundial más dinámica de lo previsto. El BCE esperaba un crecimiento del comercio mundial en torno al 2% este año, y ahora lo sitúa en el 4,5% impulsado por el ciclo de inversión masiva en inteligencia artificial (IA). Otros elementos son la propia inversión ligada a la IA en Europa, aunque Arce advirtió que se apoya en un bum global que no depende de la zona euro y puede sufrir correcciones, además de un crecimiento del empleo superior a su promedio histórico que sostiene el consumo.

Aun así, el economista jefe del BCE ha rechazado la complacencia: los precios energéticos siguen altos, los conflictos y las tensiones comerciales pueden intensificarse y las condiciones financieras se están tensando, sobre todo en algunos mercados de la deuda. “Siempre hay una siguiente crisis”, ha advertido. En este sentido, ha planteado tres prioridades para que el próximo golpe no encuentre a Europa desprevenida.

Pese a la cautela, Arce también ha reconocido que hay “razones para la confianza”. “La economía de la eurozona ha soportado una secuencia extraordinaria de shocks adversos, en parte gracias a factores estructurales, de esa menor dependencia del petróleo, del gas, pero en parte también a factores que pueden ser menos permanentes. Esta diferencia entre lo permanente y lo temporal es absolutamente crucial”, ha resumido. “Debemos ser capaces de convertir esa resiliencia coyuntural en resiliencia estructural. Eso significa reducir todavía más nuestra vulnerabilidad energética (...). No podemos saber cuál será el próximo shock, pero sí podemos decidir en qué condiciones queremos afrontarlo”.

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