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Tribuna

Apatía en Hong Kong

Pese a que es difícil hacer pronósticos sobre los resultados de estas cumbres, las perspectivas de la cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC) que se celebrará en Hong Kong esta semana entre el 13 y 18 de diciembre son poco alentadoras. Los Gobiernos, que han aprendido de los fracasos de Seattle y Cancún, parecen haberse puesto de acuerdo en minimizar las expectativas y en posponer las decisiones más difíciles sobre la Ronda de Doha hasta el año que viene.

En las últimas semanas los negociadores europeos, encabezados por el comisario Peter Mandelson, y los del Grupo de los 20 (G-20), encabezados por el ministro de Exteriores de Brasil, Celso Amorim, se han acusado mutuamente de ser los responsables del impasse. Los europeos ofrecen una reducción media de un 39% en tarifas agrícolas y el G-20 (con el apoyo de EE UU que propone recortes del 75%) exige una reducción de un 54%. Muchos observadores acusan a la UE, y a Francia en particular, por su oposición a reducir más los subsidios agrícolas. Los europeos, por su parte, defienden que su propuesta de reducción de aranceles agrícolas es la más generosa que se ha hecho nunca, y exigen de Brasil y el resto del G-20 que mejoren su propuesta de acceso a sus mercados para los productos manufacturados y los servicios.

Una gran parte del problema reside en las expectativas creadas. Al llamar a esta ronda la Agenda del Desarrollo de Doha se la ha querido presentar como una ronda de solidaridad global justo después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, y con ello generar la impresión de que el objetivo era contribuir a la eliminación de la pobreza. En realidad, esa denominación parece tener más que ver con el objetivo de convencer a estos países, que constituyen cuatro quintos de los miembros de la OMC, a apoyar el proceso y abrir sus mercados.

La negociación se sigue centrando en la reducción por los países más ricos de aranceles en productos agrícolas a cambio del recorte de tarifas industriales en los países emergentes. Esto sería beneficioso para el comercio mundial (con estimaciones de hasta 251.000 millones de euros al año) pero no garantizaría resultados económicos. Por el contrario, la historia reciente muestra que la liberalización y apertura de mercados comerciales crea oportunidades pero no garantiza resultados. Son los países que aprovechan estas oportunidades para atraer inversión y especializarse los que se han beneficiado. Además, los nuevos estudios del Banco Mundial (por ejemplo los del profesor Hertel) muestran los beneficios limitados de los acuerdos comerciales multilaterales en la reducción de la pobreza.

Lo que debía de ser un hito en la culminación de la Ronda se puede quedar en una decepción. El problema más acuciante es que los Gobiernos se están quedando casi sin tiempo para poder llegar a un acuerdo, ya que el objetivo es completar la Ronda a mediados de 2007, que es cuando expira la autorización del Congreso de EE UU al presidente Bush para poder negociar acuerdos comerciales. Es difícil pensar que los negociadores van a ser capaces de resolver en los próximos meses lo que no han podido resolver ahora.

Si la Ronda de Doha no produce resultados satisfactorios debe de ser el momento de plantearse la viabilidad de un modelo basado en el consenso. El mundo ha experimentado cambios muy importantes en las últimas décadas. Durante la Guerra Fría intereses geoestratégicos jugaron un papel clave en facilitar los acuerdos comerciales. La caída del muro de Berlín sin embargo eliminó ese factor clave, y en un contexto de cierta estabilidad y bonanza en la economía global, los líderes políticos carecen de incentivos a corto plazo para gastar capital político en nuevas reducciones de aranceles, particularmente en países donde hay intereses muy fuertes y muy bien organizados que se oponen a una mayor liberalización. Es esta apatía la que amenaza el futuro del modelo. Además, el carácter mercantilista de un proceso basado en la promoción de exportaciones según el cual concesiones en un área (por ejemplo, en agricultura) se espera sean compensadas con beneficios en otra (industria y servicios), significa que los negociadores tienen que conseguir algo a cambio de cualquier concesión que hagan. Este factor, unido al aumento del número de miembros de la OMC y de los objetivos, hace a estas rondas muy difíciles de gestionar y de llevar a buen puerto.

El fracaso de la Ronda podría tener consecuencias impredecibles. Es muy probable que llevase a una mayor proliferación de acuerdos bilaterales, que favorecen a los países fuertes ya que pueden imponer sus condiciones a los débiles, al debilitamiento del sistema multilateral de comercio y de los tribunales de la OMC y al aumento del proteccionismo. El mundo (y Europa en particular) ya conoce los resultados de las tentaciones aislacionistas y proteccionistas. Es responsabilidad de los Gobiernos aprender de las lecciones de la historia, dejar de lado intereses particulares y centrase en el bien común.

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