EDITORIAL

El nuevo control bursátil en EE UU

Enron dejó de ser un gigante de la energía para convertirse en sinónimo de escándalo empresarial a finales de 2001. Durante muchos meses, la enronitis fue una enfermedad que alteraba los nervios de un mercado aún sin recuperarse de la explosión de la burbuja tecnológica, y que veía cómo el fraude estaba más extendido de lo que nadie quería creer. El Congreso de EE UU reaccionó con rapidez al aprobar la ley Sarbanes-Oxley, una firme norma en la que se incluían controles desconocidos hasta entonces para unas empresas muy acostumbradas a la autorregulación. La comunidad empresarial no estaba entonces en condiciones de protestar.

El tiempo y la aplicación de esta ley han desdibujado el recuerdo de Enron, Worldcom y el resto de casos de compañías que cayeron envueltas en fenomenales escándalos contables. Ni siquiera el hecho de ver subir las escaleras de los tribunales a los consejeros delegados de estas compañías, o las condenas a muchos de los responsables, han dado vida a la sombra de Enron. La ley Sarbanes-Oxley y una Securities and Exchange Commission (SEC), presidida por el sorprendentemente eficaz para los inversores William Donaldson, se encargaron de conjurar este mal. Pero Donaldson se acaba de ir. La semana pasada anunció una dimisión que no ha sorprendido a quienes han visto cómo crecía la presión y la crítica sobre él de algunas organizaciones empresariales, del Congreso e incluso el Tesoro y el presidente de la Reserva Federal.

EE UU ha pasado página tras los escándalos, pero su regulación va a perder una de las figuras que más ha hecho para que aquello ocurriera. Y eso parece un mal síntoma. Queda mucha legislación por desarrollar y muchas normas por adoptar en el marco de la ley Sarbanes-Oxley. Es de esperar que el sustituto de Donaldson, Christopher Cox, siga la labor de su predecesor y no haya que releer páginas ya pasadas.