Avanzar de otra manera
Correr y crecer es la fórmula mágica a la que se entregan los profesionales más selectos del mercado. Santiago Satrústegui se pregunta si los inversores no preferirán planteamientos más sencillos y cercanos
El tiempo suele poner todas las cosas en su sitio, aunque desgraciadamente no sin que acaben pagando justos (y menos justos) por pecadores. La debacle de Enron, con todas sus ramificaciones, es el último ejemplo de que lo que no puede ser, no puede ser y que, como dijo El Guerra, 'además, es imposible'. Los técnicos desmenuzarán las causas; los jueces, las responsabilidades; el legislador establecerá nuevas medidas de control, pero lo más importante que quedará de esta triste experiencia son las conclusiones que los inversores puedan sacar para el futuro.
Desde la distancia y la simplificación, la crisis de Enron es un fruto del mismo árbol que ha puesto en la picota a los analistas de los bancos de inversión en los últimos meses, cuestionando su independencia y llenando las primeras páginas de los periódicos con las reclamaciones astronómicas de sus clientes. Vuelven a alimentarse las mismas dudas sobre cómo manejar los conflictos de interés en los bancos de inversión y en las empresas de auditoría, sobre los sistemas de remuneración basados en agresivos programas de opciones, sobre la capacidad de los analistas de dar una opinión independiente respecto una empresa que están colocando e incluso sobre los propios modelos de valoración.
El Banco Popular, que es un gran banco, encabeza su informe anual con el principio que impera en el mercado financiero en los últimos años: 'Correr todo lo que uno pueda para mantenerse en el mismo sitio. Para avanzar, correr el doble de rápido'. Este planteamiento, aplicado a un sector globalizado y altamente endogámico, nos ha llevado a la situación de exceso que estamos purgando, sin ver todavía muy claro el final, y de la que todos -inversores esta vez también incluidos- somos responsables por haber nadado a favor de corriente.
Correr y crecer es la fórmula mágica a la que se entrega todos los años el grupo más selecto de profesionales del mercado, pero como todos corren y crecen de la misma manera, sin salirse de la norma, al final del año el punto de partida suele ser el mismo. Imbuidos en este frenesí y presos de la fuerza de la inercia, a nadie se le ocurre -o nadie puede- pararse a pensar en alternativas distintas que nos permitan avanzar de otra manera y evitar el triste destino al que nos condena la famosa cita de Lewis Carroll.
¿No es posible que muchos inversores prefieran planteamientos mucho más sencillos, creíbles y cercanos? ¿O que las organizaciones se especialicen precisamente para evitar la dictadura de la sinergia?
Los dinosaurios llegaron a hacerse tan grandes que no tenían enemigos. Eran, además, animales pacíficos que no discutían entre ellos, pero desaparecieron porque llevados por su voracidad acabaron con toda la comida. El mundo animal está lleno hoy en día de multitud de pequeñas criaturas que aprendieron a comer otras cosas.