<I>Demografía en España, algunas consecuencias </i>
Manuel Pimentel analiza los acusados cambios demográficos producidos en España en las últimas décadas, y explica las consecuencias sociales y económicas de la caída de la natalidad registrada desde mediados de los setenta.
La demografía en nuestro país ha experimentado en las últimas décadas unos acusados cambios en su tendencia que condicionará amplios aspectos de nuestra vida económica y social en los próximos años. Mucho se ha leído y escrito sobre nuestra caída de la natalidad y el consecuente envejecimiento de nuestra población, pero considero que será necesario una mayor reflexión sobre sus consecuencias. Para aportar mi modesto grano de arena a este apasionante debate, recogeré en una serie de artículos algunas de las posibles repercusiones que nuestra demografía tendrá en el mercado de trabajo, en nuestros sistemas formativos, en los modos y hábitos de consumo o en nuestros sistemas de protección social. Pero, antes de abordar aspectos concretos, creo que merece la pena recordar los principales indicadores de nuestra demografía.
Hasta mediados de los años setenta, España, junto con Irlanda y Polonia, presentaba las mayores tasas de natalidad de toda Europa, alcanzando en el año 1976 sus valores más altos, con un índice de natalidad del 18,85 por mil, lo que supuso el número récord de 677.456 nacimientos anuales. A partir de esta fecha se inicia un rapidísimo descenso de nuestra natalidad, para llegar a unos va-lores mínimos en 1998, con una tasa de natalidad del 9,19 por mil -una de las más bajas del mundo- con tan sólo 361.000 nacimientos, poco más de la mitad de los valores máximos.
Parece que desde este año se ha experimentado un leve incremento, pero aún mantenemos las menores tasas de natalidad de todo el planeta, con 1,15 hijos por mujer, indicador muy lejano del 2,1 necesario para el reemplazo de la población.
La tasa de natalidad actual muestra valores muy distintos para las diferentes comunidades autónomas, siendo las ciudades de Ceuta y Melilla las que presentan unos valores más altos (por encima del 13 por mil), seguidas por Andalucía, Baleares, Canarias y Murcia, con más del 10 por mil. En el extremo opuesto se encontrarían Asturias, Galicia y Castilla y León, que no llegan al 7 por mil. Este dato condicionará fuertemente la capacidad de crecimiento de cada una de ellas para el futuro.
En todo el mundo occidental hemos experimentado una fuerte caída de natalidad en las últimas décadas, pero España presenta frente a nuestro entorno una acusada singularidad. Nuestro baby-boom fue posterior y más prolongado en el tiempo que el de otros países europeos. En EE UU la explosión de nacimientos tuvo lugar inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, descendiendo algo la natalidad desde principios de los años sesenta. De todas formas, EE UU ha mantenido unas razonables tasas de natalidad, que unido a su política de inmigración hace que mantengan una envidiable población joven, lo cual facilitará que sigan manteniendo el lugar hegemónico que ocupan en el planeta en la actualidad.
En Europa, el baby-boom se inició a mediados de los cincuenta y la natalidad no comenzó a caer hasta finales de los sesenta. En España, la natalidad se disparó más tarde, en los sesenta, y no comenzó a decaer hasta mediados de los setenta, es decir, que, como anticipaba, nuestra población ha sido hasta hace pocas fechas una de las más jóvenes de toda Europa, aunque esa realidad está sien-do rápidamente modificada. Nuestra caída de la natalidad comienza más tarde que en el resto de Europa, pero se produce con mayor intensidad; sus efectos tardarán más en llegar, pero lo harán con ma-yor brusquedad. ¿Qué pasará con nuestra población en el futuro?
Según conocidos demógrafos, es posible que en nuestro país se recupere algo la natalidad, aunque no a valores suficientes para reponer población. Según la oficina del censo internacional de EE UU, la población española en 1998 era de 39.133.996 personas, con lo cual ocupábamos el puesto número 28 en el ranking mundial de países más poblados. Según sus estimaciones para 2010, nuestra población permanecerá prácticamente constante, alcanzándose los 39.179.131 habitantes, lo que supone un crecimiento del 0,12%. EE UU crecerán en población un 10,26% en este mismo periodo, y Francia y Reino Unido lo harán en un 1,44% y 1,67%, respectivamente. Algunos países europeos ya perderán -según estas estimaciones- población, como por ejemplo Alemania, un -1,30%; Italia, un -2,62%, o el singu-lar caso de Ucrania, que lo hará en un -5,05%. Se estima que España comenzaría a perder población en 2015 si se mantuviesen los fundamentos actuales.
El crecimiento vegetativo -nacimientos menos defunciones- de nuestro país llegó a un mínimo en 1998, con tan sólo 4.000 personas, cuando en 1976 este crecimiento fue de 378.500. Como es evidente, la disminución es brutal.
Estos datos serán analizados en posteriores artículos, aunque podemos anticipar consecuencias, algunas de las cuales ya las hemos experimentado, como la fuerte disminución de población escolar, o las estamos experimentando en estos momentos, como el inicio del descenso de la población universitaria. El envejecimiento de la población tendrá efectos en nuestros equilibrios en los sistemas de protección social, y el desempleo juvenil continuará descendiendo vertiginosamente. Muchas provincias españolas tendrán en la falta de mano de obra joven una limitación a su crecimiento. También esta relación entre crecimiento económico y demografía originará una creciente necesidad de mano de obra inmigrante. Pero todos estos temas los abordaremos en próximos artículos.