La apuesta de Carney por la UE tiene una lógica sorprendentemente sólida
Europa ofrece una salida para la energía y los minerales que Canadá necesita vender fuera de Estados Unidos
Pocos conceptos económicos han demostrado ser tan perdurables como el “modelo gravitacional del comercio”, que predice que los países comercian más activamente con sus vecinos más próximos. Canadá tendría que desafiar esa fuerza para hacer realidad la visión del primer ministro Mark Carney de convertirse en “miembro asociado” de la Unión Europea. Pero la idea parte de una innegable coincidencia de intereses: Ottawa necesita reducir su d...
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Pocos conceptos económicos han demostrado ser tan perdurables como el “modelo gravitacional del comercio”, que predice que los países comercian más activamente con sus vecinos más próximos. Canadá tendría que desafiar esa fuerza para hacer realidad la visión del primer ministro Mark Carney de convertirse en “miembro asociado” de la Unión Europea. Pero la idea parte de una innegable coincidencia de intereses: Ottawa necesita reducir su dependencia de unos Estados Unidos hostiles, mientras que la UE necesita energía, minerales críticos y socios en materia de seguridad.
Canadá no busca acceder al mercado único europeo, pero quiere explorar las alternativas que más se le aproximen, según publicó el sábado The Wall Street Journal. Carney ya ha acordado incorporarse al fondo de rearme de la UE, dotado con 150.000 millones de euros, al tiempo que se ha comprometido a estrechar la cooperación en investigación, educación superior e intercambios de estudiantes.
Sin embargo, los métodos convencionales para impulsar el comercio parecen tener poco recorrido. Los aranceles entre ambos bloques ya son casi inexistentes gracias al Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA, por sus siglas en inglés), que contribuyó a elevar el comercio bilateral un 81% entre 2016 y 2025. El impacto macroeconómico es marginal: la Comisión Europea calculó que el PIB de la UE y el de Canadá son apenas un 0,02% y un 0,07% mayores, respectivamente, que si no existiera el acuerdo.
Por tanto, impulsar aún más un comercio sin fricciones y la movilidad laboral a través del Atlántico Norte parece menos prometedor que esperar a que los vientos políticos de Washington vuelvan a soplar a favor de unos vínculos más estrechos. Incluso dejando al margen los años que requiere la engorrosa toma de decisiones de la UE —el CETA todavía espera su plena ratificación—, Canadá tendría que reformar multitud de normas, moldeadas durante mucho tiempo por los estándares estadounidenses, para aprovechar las oportunidades europeas. La idea de adaptarse a las reglas de la UE podría enfurecer a los ganaderos canadienses del sector lácteo y a los separatistas de Quebec.
El actual acuerdo comercial entre Estados Unidos, Canadá y México, inmerso ahora en un turbulento proceso de revisión anual, no impide formalmente otras alianzas. Pero la Administración del presidente estadounidense, Donald Trump, aún podría reaccionar mal a un giro canadiense. En última instancia, Canadá necesita el mercado de EE UU, que absorbe el 72% de sus exportaciones. Las cadenas de suministro de los sectores del automóvil, el aeroespacial, la energía y la agricultura siguen profundamente integradas. Aun así, el objetivo de Carney de duplicar las exportaciones canadienses fuera de EE UU para 2035 probablemente pase por la UE, que supone alrededor del 9% del comercio del país norteamericano.
Europa necesita sustituir la energía rusa perdida y reducir su vulnerabilidad ante el dominio chino de los minerales. Canadá, uno de los cinco mayores productores de gas natural del mundo, empezó el año pasado a venderlo en forma licuada, como alternativa a las exportaciones por gasoducto a EE UU. Las estimaciones oficiales apuntan a que el país podría producir hasta 50 millones de toneladas anuales en la década de 2030, aproximadamente lo mismo que la UE compra actualmente a Estados Unidos.
Pero las terminales en desarrollo están orientadas hacia Asia, mientras que los proyectos de la costa este canadiense han naufragado. Una integración más estrecha con la UE podría alterar esos cálculos y, al mismo tiempo, abrir nuevos mercados para el níquel, el cobre, el uranio y la potasa canadienses, y quizá incluso para sus recursos de tierras raras aún sin explotar.
La eurofilia es una postura lógica para Carney, exgobernador del Banco de Inglaterra, que ha construido su carrera política sobre un sensato giro para alejarse de EE UU. La tiranía de la geografía no puede superarse, pero sí atenuarse. Al fin y al cabo, Canadá debutará el próximo año en el Festival de Eurovisión.
Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías