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Expectativas contra realidad: todo tiene un precio

La inteligencia artificial va a cambiar el mundo, pero eso no convierte automáticamente la revolución tecnológica en una inversión rentable

Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal, durante una rueda de prensa en julio de 1991, junto al entonces presidente de EE UU, George H. W. Bush.Rick Wilking (REUTERS)

En diciembre de 1996, Alan Greenspan utilizó por primera vez la expresión “exuberancia irracional” durante un discurso dedicado a los desafíos de la política monetaria. Su uso no pretendía afirmar la existencia de una burbuja, sino cuestionar si el entusiasmo de los inversores había elevado demasiado el pre...

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En diciembre de 1996, Alan Greenspan utilizó por primera vez la expresión “exuberancia irracional” durante un discurso dedicado a los desafíos de la política monetaria. Su uso no pretendía afirmar la existencia de una burbuja, sino cuestionar si el entusiasmo de los inversores había elevado demasiado el precio de los activos. No era la primera vez que las dudas sobre la racionalidad de las expectativas preocupaban a los inversores más prudentes ni, como hemos comprobado posteriormente, iba a ser la última.

Tampoco es muy arriesgado afirmar que ahora mismo vivimos una de esas épocas de grandes esperanzas. Es innegable que, tanto por los resultados empresariales como por la innovación, atravesamos un momento histórico. La pregunta no es si la IA va a cambiar el mundo, sino cómo de profundo va a ser ese cambio.

Esto nos está llevando a poner en precio crecimientos altísimos de márgenes y beneficios y, quizá lo más intrigante, a asumir su permanencia en el tiempo. En esta ocasión, además, no podemos atribuir todo el entusiasmo a la psicología del inversor o a la locura de las masas. Basta observar los niveles de capital que está demandando la carrera por la inteligencia artificial para comprobar que el impulso no procede principalmente del inversor minorista, sino de algunas de las empresas de mayor calidad del mundo, que creen firmemente en la transformación que esta tecnología representa.

La historia financiera es lo suficientemente extensa para que casi nunca hablemos de un fenómeno nuevo. Cambia el escenario, cambia el ropaje, pero la obra de teatro es la misma: las tecnologías disruptivas siguieron un recorrido que la IA está replicando en muchos aspectos. Ahora estamos en ese momento en el que las expectativas justifican la inversión de cantidades ingentes de capital, y si las empresas no son capaces de generar ese capital, se pide prestado. No pasa nada porque el mercado también comparte esas expectativas. De la misma manera, si hay que producir por encima de la demanda esperada, tampoco sucede nada porque ya crecerá la demanda en el futuro. Si hay que perder dinero a corto plazo, tampoco hay que preocuparse porque ya vendrán los beneficios mañana o al año siguiente, o al siguiente.

Si miramos hacia atrás y nos fijamos en lo que pasó en el siglo XIX y a principios del XX con el ferrocarril o los automóviles, veremos que se sucedieron patrones muy similares. Ambas tecnologías cambiaron el mundo e hicieron mejor la vida de la humanidad, pero, por el camino, tuvieron una significativa historia de expectativas desmedidas, ambición, grandes beneficios, sobreproducción, concentración empresarial y alguna que otra ruina.

En cualquier caso, no es una mala noticia todo lo que estamos viviendo. Seguramente, la IA traerá un mundo mejor, algunas empresas van a ganar mucho dinero y se ha abierto una ventana a la gestión activa, de esas que nos encontramos una vez cada muchos años.

Muchas veces, para los inversores, el problema (o la oportunidad) radica en que el foco no suele estar en varios sitios a la vez. Desde finales de 2022, la narrativa de la IA ha ido comiendo terreno a todo lo demás, hasta el punto de que no hablamos de otra cosa (no solo entre los que nos dedicamos a las inversiones, sino prácticamente todo el mundo) y como esta es nuestra conversación principal, despreciamos otras inversiones que, a la luz de la inteligencia artificial, nos parecen mucho más aburridas.

Sin embargo, algo parece estar cambiando en este 2026, en el que las miras se dirigen, no ya solo a las Siete Magníficas, sino al resto del mercado, reconociendo a compañías que han seguido ganando dinero y generando caja, aunque no contaran con el favor de los inversores.

Siempre insistimos en la necesidad de planificar nuestras inversiones para el largo plazo y para ello son importantes los múltiplos que pagamos hoy. No es lo único, pero sí que es muy importante. Si compramos compañías que ya se mueven en eso que Alan Greenspan llamaba “exuberancia irracional”, debemos asumir que los grandes crecimientos de beneficios y la permanencia de estos a lo largo del tiempo ya se encuentran incluidos en el precio, ofreciéndonos el desafío, y la necesidad, de que ese crecimiento que compramos hoy se quede corto y sea aún mayor en el futuro.

Desde el punto de vista del inversor, parece más razonable realizar operaciones en las que el riesgo-recompensa se encuentre mucho más equilibrado. No se trata de comprar crecimientos extraordinarios a cualquier precio, se trata de comprar crecimientos que se encuentren razonablemente valorados y, aquí, la buena noticia es que el mercado todavía tiene mucho que ofrecer.

Como ya hemos visto en el pasado, el verdadero riesgo no está en equivocarse sobre si una nueva tecnología va a ser disruptiva o no. El verdadero riesgo radica en identificar una revolución tecnológica con una inversión necesariamente rentable. La exuberancia irracional no tiene por qué encontrarse en la selección de activos, sino en los múltiplos que pagamos por ellos. Al inversor le corresponde la tarea de aportar ese componente de racionalidad y entender que todo tiene un precio.

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