Las vías de agua del sistema educativo se filtran al mercado laboral
Los dos colectivos que ceban el desempleo son los procedentes del abandono escolar y los que disponen de formación superior
Las variables nominales dicen que el mecano educativo ha mejorado en los últimos años, con un descenso notable en el abandono escolar y cotas récord de aprobados en el acceso a la universidad. Pero si la mejora ha sido real, o sólo simulada, lo sabremos cuando en otoño se conozcan los resultados de la auditoría del informe PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos). Por el momento, las deficiencias del modelo sigu...
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Las variables nominales dicen que el mecano educativo ha mejorado en los últimos años, con un descenso notable en el abandono escolar y cotas récord de aprobados en el acceso a la universidad. Pero si la mejora ha sido real, o sólo simulada, lo sabremos cuando en otoño se conozcan los resultados de la auditoría del informe PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos). Por el momento, las deficiencias del modelo siguen filtrándose al mercado de trabajo, que, pese a acumular un lustro de efervescencia en creación de empleos, sigue registrando un paro juvenil muy elevado y concentrado en población que no alcanzó la segunda etapa de secundaria, con cerca de un millón de personas, y en la que dispone de educación superior, con más de 760.000, y que juntos ceban el desempleo de larga duración.
La educación es la columna vertebral de una sociedad y de su calidad depende el grado de desarrollo del sistema productivo, la riqueza nacional y la posición del país en el mundo. Dado que en España el mecanismo educativo es manifiestamente mejorable cuando se compara con las sociedades más prósperas, que tiene una fragmentación territorial que genera desequilibrios insalvables, y que no satisface la demanda del mercado de trabajo al que debe servir, convendría concluir que es el problema número uno del país. Y que solucionarlo, además de requerir un consenso social y político imposible de lograr, exigiría un tiempo de maduración del que ya no disponemos.
Corregir el error que habita en la raíz (la ley de 23 de diciembre de 1992 de traspaso de la competencia a los territorios) ya no es posible, porque no es posible recentralizar la educación que todas las comunidades creen que administran de manera brillante, aunque la imagen que devuelve el espejo de las pruebas de PISA debería sonrojar a muchas de ellas y dejar el orgullo sólo para unas pocas. Por tanto, la asimetría en el desempeño del modelo persistirá, se intensificará y deteriorará más la endeble unidad de mercado.
La auditoría internacional coloca al país en la media de la OCDE, pero muy lejos de los niveles de los países asiáticos (Singapur a la cabeza) y nórdicos europeos. La puntuación revela que los conocimientos que los asiáticos tienen de matemáticas, ciencias o comprensión lectora a los 15 años, en España (y en buena parte de Europa), solo se alcanzarán a los 17. Pero las asimetrías nacionales muestran también que el nivel en las tres materias de los estudiantes de Castilla y León, Cantabria o Asturias a los 15 años no lo tendrán los canarios, andaluces o manchegos hasta los 17, cuando tienen que acceder a la universidad.
Cada comunidad en educación ha hecho de su capa un sayo, y de 17 capas diferentes, salen 17 sayos distintos. Unas han puesto sus acentos en las cuestiones formales, y otras en los contenidos; unas han primado el refuerzo ideológico (nacionalismos) y otras, el refuerzo de materias troncales. Aunque en todas han penetrado los virus del localismo, con la ruptura de la escuela nacional; del destierro de la autoridad profesoral de las aulas; del desprecio al esfuerzo y al mérito; de la búsqueda del igualitarismo, siempre por abajo, que es más sencillo que por arriba, y que se concreta en saltos de curso con aprobados generales indignos e injustificados; y del abuso de soportes tecnológicos que aportan entretenimiento en vez de conocimiento.
Notas infladas
Y cuando se acercan las pruebas de acceso a la universidad, que dispone de unos pocos criterios de unidad nacional, pero no los más importantes, hay comunidades que engordan artificialmente las notas de bachillerato, que ponderan más que los de las propias pruebas de acceso, para obtener un retrato más favorable. Curiosamente lo hacen las regiones con menor nivel formativo según PISA, que llegan a la Prueba de Acceso a la Universidad con un porcentaje de sobresalientes muy elevado, lo que mejora el saldo final para acceder a los grados en las universidades públicas en un mercado ya nacional, hurtando opciones a otros alumnos con mejor formación, pero con nota más modesta. Un fraude que se evitaría con una PAU nacional única que determinase toda la nota final, y con un criterio de calificación único.
En todo caso, la universidad pública termina poniendo a cada uno en su sitio, y el mercado de trabajo, el siguiente eslabón social, también. El sistema productivo y el educativo tienen una relación directa, en la que el primero se sirve del segundo, pero en la que no acostumbran a dialogar. Y en tal falta de entendimiento está buena parte del fracaso formativo que no logra colocar a los graduados, y de las empresas que no logran cubrir sus vacantes.
A primera vista un abandono escolar de sólo el 12,8%, siete puntos menos que hace 10 años, supone una mejora cuantitativa del mecanismo de formación, aunque sigue siendo más elevado que en Europa. Pero el verdadero reflejo de la calidad y utilidad hay que buscarlo en la situación de los jóvenes en el mercado laboral. Y ahí el balance sigue siendo negativo; menos negativo, pero negativo, porque la tasa de paro de los menores de 25 años sigue cerca del 30%, y la del colectivo de 25 a 30 años roza el 14%, ambas con resistencias serias a descender más.
Un estudio del Instituto Valenciano de Investigación Económica (IVIE) revela que casi la mitad del medio millón de empleos para jóvenes creados de 2020 a 2024 los acapararon universitarios; un 22%, los formados profesionales de grado superior; y un 25%, bachilleres o titulares de formación profesional de grado medio. Destaca, además, que casi ocho de cada 10 universitarios logran ocupaciones que consideran acordes a su formación.
Pero no todos los universitarios encuentran empleo pese a su nivel formativo, y un colectivo de más de 760.000 personas de 25 a 44 años está sin empleo, pese a su formación superior. Pero el mayor fracaso del sistema educativo se concentra en quienes engordan al ejército del abandono escolar y quienes limitan su formación a la primera etapa de secundaria. Unos 960.000 desempleados de los 2,7 millones sólo tienen la primera etapa de secundaria, y otros 400.000 han terminado la secundaria, pero carecen de orientación profesional alguna.
Además, estos colectivos engrosan a los desempleados de larga o muy larga duración con presencia masiva de personas jóvenes. Ambos colectivos, los poco formados y los muy formados, pese al muy distinto grado de empleabilidad, constituyen el grueso del desempleo en España, de cuya situación son responsables solidarios el sistema educativo y formativo y el modelo productivo del país.
Pero no toda la responsabilidad es suya, porque bastante tiene que ver también el grado de sobreprotección de rentas básicas y del seguro y subsidio de desempleo, así como la inagotable llegada de un ejército de reserva que acapara bastante más de la mitad de la ocupación generada en el último lustro. Pero ni una cosa ni la otra justifican mantener un modelo educativo y formativo territorialmente asimétrico y alejado de manera creciente de los estándares de excelencia que tienen los países que compiten en una economía globalizada.
Se necesita consenso político, concentrarse en los contenidos formativos y útiles, elevar los niveles de exigencia y mucha paciencia, porque en destruir el mecanismo se tarda poco, pero en reconstruirlo, se tarda mucho.