El plan de cero emisiones británico está al revés y necesita una revisión
Electrificar la demanda tiene hoy mucho más impacto que seguir descarbonizando el suministro
La llegada en tren a Londres del aspirante a primer ministro británico, Andy Burnham, la mañana del lunes suscitó numerosas comparaciones jocosas con el célebre regreso de Vladímir Ilich Lenin a la estación de Finlandia de San Petersburgo desde sus años de exilio, en abril de 1917. Sin embargo, si Burnham quiere gobernar con éxito a un electorado británico cada vez más frustrado por el estancamiento económico y el declive gestionado, harán falta cambios revolucionarios.
Un ámbito que requiere atención urgente es la estrategia de cero emisiones del Reino Unido. El mismo día en que Burnham resultó reelegido en el Parlamento, el Partido Conservador ganó su primera elección parcial en Escocia desde 1967, impulsado por un vuelco descomunal del 22% de votos desde el laborismo en Aberdeen South. No es casualidad que esa circunscripción se sitúe en el corazón de la industria de petróleo y gas del mar del Norte. El miércoles, entretanto, la Cámara de los Lores aprobó una moción muy inusual que reprochaba a la política climática del Gobierno “provocar precios energéticos más altos, una mayor desindustrialización y un menor crecimiento económico”.
Y, al día siguiente, Gran Bretaña registró su temperatura de junio más alta jamás medida, 36,1 °C, mientras que el lunes el servicio metereológico proyectó que Inglaterra podría alcanzar de forma plausible picos de 45 °C en 2056, lo que ilustra con crudeza la realidad del cambio climático. El próximo primer ministro tiene un círculo difícil de cuadrar.
Por fortuna, existe un diagnóstico sencillo de lo que falló en la política energética y climática británica: el Reino Unido planteó su estrategia de cero emisiones al revés.
Durante más de tres décadas, la política del país se centró en descarbonizar el suministro eléctrico. Y fue un éxito notable. Sustituir el carbón por generación de gas en los años noventa y a comienzos de la década de 2000, y elevar la cuota de renovables del 3% en 2008 al 38% el año pasado, redujo la intensidad de carbono de la electricidad británica desde los 419 gramos de dióxido de carbono equivalente por kilovatio hora en 2014 hasta los 124 gramos de dióxido de carbono por kilovatio hora ( gCO₂/kWh) en 2024, según el portal británico especializado en clima Carbon Brief.
El problema es que se prestó mucha menos atención a impulsar la demanda eléctrica mediante la electrificación del transporte y la calefacción. Este miércoles, sin ir más lejos, el Comité de Cambio Climático del Reino Unido informó de que en 2025 solo se instalaron 52.000 bombas de calor en todo el país, muy por debajo del objetivo gubernamental de 450.000 para 2030, y Gran Bretaña se dispone además a rebajar sus metas de vehículos eléctricos. Ambos datos apuntan a un problema de toda la economía: la cuota de la electricidad en el consumo final de energía no es hoy mayor que hace dos décadas. En consecuencia, la tan lograda descarbonización del suministro eléctrico británico apenas alcanza a menos de una quinta parte de su uso real de energía.
La razón última por la que la electrificación no llegó es sencilla. Los precios, tanto para empresas como para hogares, se han multiplicado por más de 2,5 desde 2010, y hoy son más altos que en todos los miembros del Grupo de los Siete países industrializados salvo uno, y que en 25 de los 27 socios de la Unión Europea. Hay múltiples culpables de este lamentable récord. La ironía, sin embargo, es que uno de los factores de peso fue el foco obsesivo en descarbonizar el sistema eléctrico para 2030. El despliegue de renovables, junto con las mejoras de la red eléctrica y del almacenamiento necesarias para sostenerlo, exigió cuantiosas inversiones de capital: los cargos de red y regulatorios autorizados para recuperar esos costes suponen ya más del 40% de la factura de los clientes.
Un sencillo experimento mental ayuda a entender por qué seguir por el mismo camino tiene poco sentido. En un escenario futuro, la cuota de la electricidad en la demanda final de energía del Reino Unido se mantiene constante en su nivel actual del 18%, y su generación eléctrica se descarboniza por completo conforme al plan de cero emisiones vigente del Gobierno. En otro, el consumo final de energía británico se electrifica al 100%, y es la descarbonización del suministro eléctrico la que no avanza más. Ambos escenarios son extremos poco realistas, pero la comparación resulta útil para ilustrar el impacto relativo de descarbonizar la generación y de electrificar la demanda.
En el primer escenario, la intensidad de carbono del 18% del consumo final de energía correspondiente a la electricidad caería a cero, pero el 82% restante seguiría teniendo una intensidad de unos 220 gCO₂/kWh, lo que arroja una huella de carbono global de alrededor de 180 gCO₂/kWh. En el segundo, la intensidad de carbono del conjunto del sistema energético británico convergería hacia la de su consumo eléctrico final actual, de 124 gCO₂/kWh. De hecho, esta simple aritmética subestima la diferencia, pues las tecnologías electrificadas son casi siempre bastante más eficientes, en términos puramente físicos, que las que emplean combustibles fósiles de forma directa, por lo que la huella de carbono del segundo escenario sería todavía menor. En pocas palabras, electrificar la demanda tiene hoy mucho más impacto que seguir descarbonizando el suministro.
No todos los países han seguido el camino del Reino Unido. China muestra lo que puede lograr invertir las prioridades. Durante 20 años, Pekín adoptó un enfoque ecuménico en su descomunal expansión de la generación eléctrica, y cubrió el 47% del aumento con carbón barato y el 41% con renovables. Eso ayudó a mantener bajos los precios de la luz, lo que a su vez dio cabida a una campaña de electrificación agresiva y muy exitosa. En 2005, la cuota de la electricidad en el consumo final de energía chino era de apenas el 15%, inferior a la británica, según el laboratorio de ideas sobre energía Ember. Para 2023 se ha duplicado con creces, hasta el 32%. Entre los beneficios colaterales figura el dominio mundial de China en la tecnología de baterías y vehículos eléctricos (VE).
Diagnosticar el problema de la actual estrategia de cero emisiones del Reino Unido es fácil. Por desgracia para el próximo primer ministro, resolverlo no lo es. Los costes derivados de priorizar la descarbonización del sistema eléctrico británico ya se asumieron. Trasladarlos de la factura de la luz a los impuestos generales redistribuye la carga, en lugar de eliminarla. De cara al futuro, no obstante, Gran Bretaña puede al menos dar prioridad a la electrificación apoyándose en lo que hizo bien, como renunciar a aranceles especiales a los vehículos eléctricos chinos. En cambio, cabe descartar unos compromisos cada vez más irrelevantes, e incluso contraproducentes, de reducir las emisiones del suministro eléctrico en una fecha arbitraria.
Lenin resumió en una frase célebre la esencia de su revolución: “El poder soviético más la electrificación de todo el país”. Cabe esperar que su presunto sucesor británico se tome la primera de esas reformas como parte de la broma, y la segunda, como algo profundamente serio.