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De cómo la legislación blinda el estatus de los sindicatos

Al contrario que los partidos, las centrales superan las crisis y se sacuden los intentos de penetración de terceros en su terreno

El secretario general de CC OO, Unai Sordo (derecha), y el de UGT, Pepe Álvarez, durante una rueda de prensa para presentar las movilizaciones del Primero de Mayo, en Madrid, el 20 de abril.Gustavo Valiente (Europa Press)

Desde que la Gran Recesión de 2008-2013 quebró la tendencia de progreso de los 30 años previos, la población española, como la de toda Europa, entró en convulsión social y experimentó un revisionismo político sin precedentes, otorgando un poder desconocido a las alternativas populistas y radicales, y poniendo contra las cuerdas a las acomodadas formaciones políticas tradicionales. Cuando se trataba de recuperar la estabilidad laboral destruida, los sindicatos, cuestionados también por una parte de la sociedad, permanecieron inmunes al contagio y ...

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Desde que la Gran Recesión de 2008-2013 quebró la tendencia de progreso de los 30 años previos, la población española, como la de toda Europa, entró en convulsión social y experimentó un revisionismo político sin precedentes, otorgando un poder desconocido a las alternativas populistas y radicales, y poniendo contra las cuerdas a las acomodadas formaciones políticas tradicionales. Cuando se trataba de recuperar la estabilidad laboral destruida, los sindicatos, cuestionados también por una parte de la sociedad, permanecieron inmunes al contagio y conservaron su estatus, impidiendo que ninguna organización radical entrara en un territorio que la legislación protege y que ellos consideran exclusivo.

Los partidos que lideraron la política en democracia desde 1977, que cubrían el espectro sociológico de la derecha y la izquierda, vieron cómo, a resultas de la recesión, los extremos populistas invadían su territorio natural por la izquierda, por la derecha y por el centro. Y, en sucesivas operaciones defensivas, Partido Socialista y Partido Popular absorbieron los idearios radicales respectivos de Podemos y de Vox, y hasta cayeron puntualmente seducidos por la irrupción tan fulgurante como gaseosa de Ciudadanos. Los socialistas viajaron a las posiciones de Podemos, se mimetizaron con ellos y les dieron cancha ejecutiva y legislativa, y los populares han hecho, y harán si lo necesitan, lo propio con Vox.

Por el contrario, los dos grandes sindicatos, que condujeron en comandita con la patronal las relaciones industriales desde la Transición, que perdieron poder de prescripción y que estuvieron en el punto de mira de la crítica social en muchas ocasiones por comportamientos poco edificantes, se mimetizaron con el terreno y ni experimentaron la erosión de los partidos ni tuvieron que defenderse de invasiones de su territorio. La legislación sindical de los años ochenta del siglo pasado actuó como blindaje de sus prácticas y su poder orgánico, así como los muchos mecanismos de financiación, herramientas que utilizan para consolidar sus posiciones e impedir cualquier intento de entrada de nuevos actores.

La Ley Orgánica de Libertad Sindical, la lolis, garantiza el estatus de los dos grandes sindicatos 40 años después de su aprobación, y estos celebran unitariamente el Primero de Mayo más como socios que como adversarios. La citada ley no satisfizo todas las prerrogativas a las que la Unión General de Trabajadores aspiraba y no logró imponer el modelo de representatividad cupular e institucional, basado en la extensión de las secciones sindicales constituidas por los afiliados en las empresas, ni la obligatoriedad del cobro de un canon sindical para cubrir los supuestos costes de la negociación de los convenios.

Comisiones Obreras, el sindicato que con mayor fortaleza afloró tras el franquismo, y varias decisiones judiciales impusieron el criterio de que la representatividad se lograba en elecciones sindicales, y que los delegados obtenidos constituían comités de empresa y negociaban los convenios. Desde entonces, el sindicato originariamente de inspiración comunista se consolidó como primera fuerza sindical, seguido de una UGT promocionada por los primeros Gobiernos democráticos y por la patronal para neutralizar la pujanza de CC OO. Entre ambos tienen ahora cerca de 200.000 delegados y miembros de comités de empresa –con una ligera ventaja de CC OO–, que es la base de su poder económico e institucional.

Con ello logran la condición de sindicatos más representativos a nivel nacional (más del 10% de los delegados) y tienen acceso a la negociación de los convenios sectoriales. La norma contribuye a conservar y extender la presencia en las empresas, puesto que otorga a los liberados la posibilidad de promocionar elecciones en corporaciones en las que carecen de presencia y promover listas, aunque no haya ni un solo afiliado en la plantilla.

Mientras que en países nórdicos de tradición sindical, o en los de gran pujanza industrial como Alemania, el poder sindical está en la afiliación y la financiación depende de forma casi exclusiva de las cuotas de los afiliados, en España radica en el cómputo de delegados y la presencia en las mesas negociadoras, se disponga de afiliados o no. Las cifras de asociados a las centrales en España son uno de los grandes misterios terrenales, ya que no existe más fiscalización del fenómeno que la que ellas practican. Cada una dice tener en torno a un millón de socios, proporciones relativas en todo caso muy pobres (10% de los asalariados) comparadas con el poder institucional que les proporciona la norma y que exhiben.

Pero su red de recursos financieros es mucho más amplia que las aportaciones de los socios. Disponen de subvenciones de carácter público por los delegados obtenidos en procesos electorales (como los partidos políticos por sus escaños), tanto de origen nacional como autonómico; disponen de financiación paralela por su participación en procesos formativos (que ha encubierto financiación fraudulenta en algunos sindicatos en el pasado); disponen de financiación por parte de las empresas por el uso de horas sindicales, y una cantidad indeterminada de liberados en las grandes compañías (que abonan sueldos y cotizaciones de decenas de cargos sindicales a nivel federal y confederal); disponen de incentivo fiscal a las cuotas de sus afiliados; y disponen del uso liberado de patrimonio inmobiliario para el desarrollo de su actividad, sea de procedencia reciente o del sindicalismo vertical franquista.

Todo un engranaje de recursos que les permite mantener su estatus independientemente de si su gestión es exitosa o deficiente, tanto en épocas de vino y rosas como en las recesiones. De hecho, lograron repeler con éxito los intentos que los populismos de carácter político hicieron por penetrar en sus estructuras de poder desde la Gran Recesión. En 2014, Podemos puso en marcha Somos, un intento de crear una alternativa sindical a CC OO y UGT que explotase su ideario político y su exuberante y súbita pujanza en las instituciones. Pero la iniciativa, pese a moverse en el mismo espectro ideológico que los dos grandes sindicatos de clase, no logró penetrar en las empresas ni en la sociedad.

En 2020, la brecha electoral abierta por la extrema derecha de Vox, y para intentar extender su influencia en las capas populares, similar a la lograda en Francia por la ultraderecha, fue aprovechada para lanzar el sindicato Solidaridad, que seis años después tiene una presencia que no alcanza ni el grado de testimonial en las relaciones laborales.

Pero ni siquiera las centrales que tenían históricamente estructura suficiente para crecer a la contra de los dos grandes lo lograron, por sus propios errores de estrategia y por la salida de franjas de influencia absorbidas por CC OO y UGT. Así, la Unión Sindical Obrera, originariamente un sindicato ideológicamente más sintético y abierto, quedó atrapada en la subsistencia tras la doble operación de desguace de la que fue víctima por parte de sus dos grandes adversarios a principios de los ochenta, emigrando la facción socialista, liderada por José María Zufiaur, a la UGT, y la más radical (Corriente Socialista Autogestionaria, de inspiración yugoslava), liderada por José María Corell, a CC OO.

Tampoco los cobas, los asamblearios comités obreros de base, han inquietado a los gigantes, salvo de forma muy atomizada en empresas en crisis. Y únicamente en el funcionariado, donde la labor sindical es más placentera, los independientes han hecho fortuna al margen de UGT y CC OO.

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