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La conectividad satelital también es infraestructura crítica

El apagón de hace un año debería servirnos para abandonar una visión defensiva del espacio

Inok (Getty Images)

No de golpe, sino en cascada. Primero los semáforos. Después, el transporte ferroviario. Más tarde, los sistemas de pago, las estaciones de servicio, centros sanitarios operando en contingencia y redes de control aéreo bajo procedimientos de emergencia. ...

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No de golpe, sino en cascada. Primero los semáforos. Después, el transporte ferroviario. Más tarde, los sistemas de pago, las estaciones de servicio, centros sanitarios operando en contingencia y redes de control aéreo bajo procedimientos de emergencia. En menos de diez minutos, toda la Península Ibérica quedó expuesta y eso nos hizo plantearnos hasta qué punto una economía avanzada está preparada para seguir operando cuando falla una de sus grandes infraestructuras de base. Un año después, con el informe final de Entso-E ya publicado, la conversación sobre las causas está mucho más madura.

La primera lección del apagón es que las infraestructuras críticas ya no pueden analizarse por separado. Energía, telecomunicaciones, transporte, servicios de emergencia, logística o gestión del agua forman hoy un sistema profundamente interdependiente. Cuando cae una capa, las demás no tardan en resentirse. Esa es la gran diferencia entre una incidencia convencional y una disrupción sistémica. No falla solo una red, falla la continuidad. Y, en ese terreno, la conectividad deja de ser un servicio accesorio para convertirse en una condición operativa básica.

La segunda lección es todavía más relevante. La resiliencia no consiste únicamente en evitar que algo falle, sino en asegurar que, si falla, el sistema siga funcionando. Durante demasiado tiempo hemos pensado en las redes terrestres como suficientes por sí solas. El apagón demostró que no. La redundancia del siglo XXI no puede apoyarse solo en más cable, más torres o más centros de proceso. Necesita también una capa independiente de la infraestructura terrestre, capaz de sostener comunicaciones esenciales cuando el resto se degrada o se interrumpe.

Ahí es donde la conectividad satelital adquiere una dimensión nueva. No como sustituto de las redes terrestres, sino como su complemento natural y como red de respaldo para escenarios de contingencia. La gran ventaja técnica del satélite es precisamente su independencia física respecto del territorio afectado. Cuando una red terrestre pierde capacidad, el espacio no replica ese mismo punto de fallo. Por eso la arquitectura verdaderamente resiliente ya no puede ser exclusivamente terrestre, sino que debe ser híbrida. Tierra y espacio, trabajando como una sola infraestructura.

Esto tiene implicaciones muy concretas para la economía. Una pyme industrial, una red logística, una infraestructura energética, un servicio de protección civil o una operación portuaria no necesitan teorías sobre resiliencia, necesitan continuidad. Necesitan que la conectividad crítica no desaparezca justo cuando más falta hace. Y eso vale tanto para grandes instalaciones como para activos distribuidos como tuberías, subestaciones, contadores, explotaciones agrarias, flotas, corredores ferroviarios o sistemas de vigilancia ambiental. En todos esos casos, la pregunta no es si la infraestructura satelital debe sustituir a la terrestre. La pregunta correcta es por qué seguimos aceptando que no exista una capa de seguridad cuando sabemos que la red de tierra puede fallar.

El informe final de Entso-E no solo identifica las causas del incidente, también formula recomendaciones orientadas a reforzar la resiliencia del sistema eléctrico europeo. Esa es la cuestión de fondo. No basta con analizar el fallo una vez producido. Hay que rediseñar la lógica de protección de las infraestructuras para un contexto en el que las perturbaciones pueden ser más rápidas, más complejas y más encadenadas. Esa lógica afecta a la energía, pero también a las telecomunicaciones. En ambos casos, la resiliencia ya no puede ser un protocolo de emergencia; debe ser una propiedad del sistema.

España tiene, además, una razón adicional para tomarse este asunto en serio. Es un país con amplias zonas rurales y remotas, con miles de kilómetros de infraestructuras lineales, con puertos, corredores logísticos, sistemas hídricos, áreas forestales y activos energéticos distribuidos. Es decir, un país donde la continuidad operativa depende muchas veces de lugares en los que la conectividad terrestre es frágil, incompleta o directamente inexistente. Pensar en satélites como infraestructura crítica no es una extravagancia tecnológica. Es una respuesta pragmática a una geografía y a una economía que necesitan resiliencia distribuida.

El apagón de hace un año debería servirnos para abandonar una visión defensiva del espacio. El espacio no es solo una cuestión industrial, científica o estratégica en sentido abstracto. Es también una infraestructura de seguridad para la vida económica ordinaria. Igual que entendemos que la energía, el agua o las telecomunicaciones son piezas esenciales del funcionamiento del país, deberíamos empezar a asumir que la conectividad satelital forma parte de esa misma conversación.

Un año después, la verdadera lección no es solo por qué se apagó la Península. La verdadera lección es que un país moderno no puede permitirse depender de una única capa de conectividad para sostener sus operaciones críticas. Cuando la tierra falla, el espacio es la red de seguridad que deberíamos haber integrado ya en nuestra idea de infraestructura crítica.

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