El mercado recela del monocultivo tecnológico
Las mismas dinámicas positivas que retroalimentan las etapas de bonanza se pueden invertir con relativa facilidad
¿Cuantos ingresos son necesarios para amortizar una inversión de 650.000 millones de dólares en un año? Si las grandes tecnológicas llevan al inversor a órdenes de magnitud desconocidas en términos de valoración o beneficios, la escala de su apuesta por la inteligencia artificial es una afrenta a la aritmética financiera. Esta semana los mercados han vuelto a poner en la diana a los gigantes del sector: Amazon, Microsoft, Meta y Google han recibido los resultados empresariales con caídas por el recelo ante sus fuertes inversiones. Aun así, el sector no da señales de cejar en su apuesta, bajo la premisa, evidente, de que sus bolsillos se lo pueden permitir.
No son recelos de nuevo cuño. El debate sobre la posible burbuja en la inteligencia artificial lleva en vigor prácticamente un año, desde que DeepSeek indicó que se pueden construir modelos de lenguaje a menor coste. Paradójicamente, el principal motor de un mundo financiero hipercuantificado no tiene en cuenta la ecuación entre inversión y retorno, porque el retorno es un futurible. No es la primera vez. La burbuja puntocom también recibió miles de titulares e informes de analistas antes de pinchar; lo sorpresivo es que pillase a alguien por sorpresa. En aquel momento internet prometía cambiar el mundo. Y lo hizo, pero no de la forma que los mercados calculaban ni en los plazos cortos que se barajaban.
Con la inteligencia artificial la apuesta es igualmente incierta. Pero el mercado va dando señales de reajustarse. Desde hace semanas, los valores de la llamada vieja economía tiran más en Wall Street que los hiperescaladores de los centros de datos. Y es tan significativa la salida de los inversores de los vehículos financieros expuestos a este saturado negocio como las dudas de Nvidia respecto a sus acuerdos de financiación circular con OpenAI.
Las fuerzas del mercado son a veces perversas: las mismas dinámicas positivas que retroalimentan las etapas de bonanza se pueden invertir con relativa facilidad, pues tanto la confianza de los inversores como las condiciones materiales tiene un límite. Hace un cuarto de siglo, las valoraciones de las empresas puntocom no estallaron de un día para otro. No fue 1929 ni 2008, sino un proceso gradual de reasignación de inversiones (y prioridades) que acabó con agotar el motor que sujetaba las valoraciones extravagantes. Algunas partes del mercado contemplan un escenario similar que, también a causa de las necesidades de capital que requiere la IA, no obliga a salir huyendo de las empresas que lideran esta tecnología.