2026 no está cumpliendo el guion
El mercado descontaba que la Reserva Federal relajaría su política monetaria, mientras en Europa se esperaba estabilidad, pero la evolución ha sido muy diferente
Suele decirse en el ámbito económico que la diferencia entre explicar la historia y realizar previsiones es que la primera ya ha ocurrido. Y aunque la frase tiene algo de humor y bastante de verdad, describe bien lo que está sucediendo en este 2026. Hace apenas unos meses, el escenario central de consenso parecía relativamente claro: inflación a la baja, tipos de interés descendiendo en Estados Unidos, estabilidad monetaria en Europa y un crecimiento razonable apoyado, entre otros factores, en el impulso de la inteligencia artificial. Sin embargo, la realidad ha decidido escribir otra historia. Y conviene reconocerlo: 2026 no está cumpliendo el guion.
Buena parte de este cambio tiene un origen que no figuraba en la mente de la mayoría de los analistas al comienzo del ejercicio. Nos referimos, naturalmente, a la guerra en Irán y al consiguiente aumento de las tensiones en Oriente Medio. Como suele ocurrir en estos episodios, el principal canal de transmisión hacia la economía global ha sido la energía, con un impacto que va mucho más allá del precio del crudo y que alcanza a las expectativas de inflación, a las curvas de tipos de interés y, por extensión, a los mercados financieros. Y, precisamente, la inflación constituye la primera gran sorpresa del año.
A principios de 2026, el mercado descontaba que la Reserva Federal dispondría de margen suficiente para continuar relajando su política monetaria. En Europa, por su parte, la expectativa dominante era la estabilidad. Sin embargo, hemos asistido a una evolución muy diferente. Los tipos ya han subido en Europa y, en Estados Unidos, las expectativas de bajadas han ido desapareciendo progresivamente. A estas alturas, la cuestión ya no es cuándo bajarán los tipos, sino hasta qué punto los bancos centrales deberán mantener una política monetaria restrictiva durante más tiempo del esperado.
El factor decisivo vuelve a ser la evolución de los precios: el encarecimiento energético derivado del conflicto ha frenado el proceso de desinflación y ha obligado a revisar muchas previsiones. Es cierto que la inflación subyacente continúa mostrando una notable resiliencia y que, por el momento, no observamos dinámicas comparables a las grandes espirales inflacionistas del pasado. Pero también resulta evidente que el último tramo del proceso está siendo mucho más complejo de lo anticipado. Y cuando los bancos centrales perciben riesgos sobre las expectativas de inflación, suelen actuar con extrema prudencia.
La segunda cuestión relevante tiene que ver con el crecimiento económico. La lógica sugería que una combinación de inflación más persistente y tipos más elevados terminaría provocando una desaceleración significativa. Sin embargo, el crecimiento está mostrando una capacidad de resistencia superior a la prevista. Existen indicios de moderación y algunos sectores empiezan a reflejar desgaste, pero la actividad económica, especialmente en Estados Unidos, continúa sorprendiendo positivamente.
Esto no significa que el riesgo haya desaparecido. La política monetaria opera con retrasos y todavía no conocemos el efecto completo de un entorno financiero más restrictivo. Pero sí implica que, al menos de momento, la economía está absorbiendo mejor de lo esperado las tensiones acumuladas durante los últimos meses.
En tercer lugar, una protagonista más o menos esperada del año está siendo la tecnología: la IA sigue teniendo potencial para transformar procesos productivos y elevar la productividad. Sin embargo, empiezan a surgir preguntas razonables sobre la velocidad y magnitud de dicho impacto. Por un lado, observamos cuellos de botella relevantes en energía, centros de datos, semiconductores y determinados componentes estratégicos. Por otro lado, el volumen de inversión acometido por las grandes compañías tecnológicas alcanza cifras históricas. Esto plantea una cuestión fundamental: ¿Estamos construyendo la infraestructura necesaria para una revolución tecnológica duradera o existe el riesgo de estar generando exceso de capacidad?
La historia económica aconseja prudencia. Desde los ferrocarriles hasta internet, muchas innovaciones disruptivas convivieron inicialmente con episodios de sobreinversión y expectativas desmesuradas. La clave no es si la inteligencia artificial generará valor: la pregunta es si los retornos obtenidos justificarán el extraordinario esfuerzo inversor que actualmente están realizando las empresas.
Pedro del Pozo es director de Inversiones Financieras de Mutualidad