Vivir más puede salir caro: la trampa económica de la longevidad femenina
Vivir más no solo no nos garantiza una vejez más segura, sino que puede implicar una penalización económica solo por ser mujer
Sabemos que, en general, las mujeres vivimos más que los hombres. Según los informes y estudios de entes internacionales relevantes, en la mayoría de los países del mundo, esta diferencia, ronda los cinco años en promedio según datos recientes de la OCDE. Es un dato respaldado por estudios internacionales y, a priori, suena como una excelente noticia, ¿verdad? Una mayor esperanza de vida suele asociarse a mejores hábitos y cuidados. Sin embargo, lo que debería ser un motivo de celebración, a menudo se convierte en una trampa silenciosa cuando hablamos de tu futuro económico, especialmente en el ámbito de las pensiones y las mutualidades.
Es probable que hayas escuchado el argumento: “quien vive más, cobra durante más tiempo”. Bajo esta premisa, muchas entidades ajustan las cuotas y prestaciones, y, para nuestra sorpresa, esto suele ir en perjuicio de las mujeres. Esto se traduce en aportaciones más altas, coberturas menores o pensiones reducidas para nosotras.
Esta lógica, aunque se base en cálculos técnicos, ignora por completo la realidad de nuestras vidas y las desigualdades estructurales que enfrentamos: la brecha salarial, los trabajos a tiempo parcial o las interrupciones en nuestra carrera laboral para cuidar de la familia. Es decir, vivir más no solo no nos garantiza una vejez más segura, sino que puede implicar una penalización económica solo por ser mujer.
Como veníamos diciendo, tradicionalmente, las mujeres han gozado de una mayor esperanza de vida que los hombres. Según datos del Banco Mundial (2023), en países como España, Francia o Japón, las mujeres viven en promedio entre cinco y siete años más que los hombres.
Tradicionalmente, la esperanza de vida ha sido un factor clave para diseñar productos financieros como los seguros o las pensiones. La idea es simple: si se espera que una persona reciba una pensión durante más años, el sistema busca “compensar” ese mayor tiempo con cuotas más elevadas o pagos mensuales más bajos.
En la práctica, esto ha significado que muchas mutualidades apliquen condiciones menos favorables a las mujeres. ¡Nuestras contribuciones son más altas o nuestras prestaciones son inferiores! Todo bajo el argumento de que, al vivir más, generamos más costes para el sistema. Incluso, en ocasiones, se ha llegado a retrasar nuestra edad de acceso a ciertos beneficios.
Y aquí viene la gran pregunta: ¿es esto justo? ¿Debemos seguir estos parámetros actuariales como si fueran un dogma, o debemos corregir la discriminación estructural que generan al ser cálculos sin una visión holística de nuestra realidad?
Si bien las diferencias pueden parecer justificadas desde una perspectiva puramente técnica, la crítica surge al analizarlo desde la equidad de género. La “neutralidad” actuarial no siempre es justa. Las mujeres, a pesar de vivir más, solemos tener carreras laborales más fragmentadas (por ejemplo, debido a los cuidados familiares o a la discriminación laboral), salarios más bajos (la brecha salarial en la Unión Europea fue del 12,7% en 2021 según Eurostat) y, por ende, menores aportaciones a nuestros sistemas de pensiones.
Este cúmulo de factores provoca que muchas de nosotras lleguemos a la jubilación con pensiones sensiblemente más bajas que las de los hombres, pero debiendo sostenernos durante más años con esos ingresos reducidos. ¿Te imaginas? En España, la pensión media de las mujeres es aproximadamente un 33% inferior a la de los hombres. Es una realidad que debemos cambiar.
La buena noticia es que este debate no es nuevo. De hecho, en 2011, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ya dictaminó que no se podían establecer diferencias de género en las primas y prestaciones de seguros en el famoso caso “Test-Achats” (C-236/09). Desde entonces, en la mayoría de los productos aseguradores europeos, se prohíbe explícitamente usar el sexo como variable de diferenciación.
Desde la Mutualidad de Procuradores, estamos firmemente comprometidos en luchar contra estas disparidades. Nuestro objetivo es que tú, como mutualista, no te veas perjudicada por el simple hecho de ser quién eres: una mujer trabajadora con una esperanza de vida, en ocasiones, superior a la de tus compañeros.
Por ello, estamos estudiando y valorando propuestas para diseñar productos financieros que realmente consideren nuestras trayectorias laborales reales, y no solo proyecciones promedio. Queremos incorporar criterios de equidad en el cálculo de pensiones, yendo más allá de los criterios actuariales puros.
En definitiva, tu longevidad debería ser un motivo de celebración, no una fuente de penalización económica. Tratar tu esperanza de vida como un mero dato actuarial, sin tener en cuenta las desigualdades estructurales que enfrentamos las mujeres a lo largo de nuestra vida laboral, perpetúa una discriminación sutil pero real. Para lograr una verdadera justicia social y económica, a veces es necesario reformular los sistemas, poniendo la equidad por encima de la “neutralidad matemática”.