La razón del diferencial de inflación y la competitividad exterior española
Evaluar la posición competitiva de un país únicamente mediante el IPC general introduce una distorsión que confunde los problemas de costes internos con la verdadera capacidad de competir en el exterior
El debate sobre la competitividad de la economía española suele reactivarse con fuerza cada vez que se produce una desviación al alza en los índices de precios frente a nuestros socios comerciales. Desde mediados de 2025, esta preocupación ha vuelto a situarse en el...
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El debate sobre la competitividad de la economía española suele reactivarse con fuerza cada vez que se produce una desviación al alza en los índices de precios frente a nuestros socios comerciales. Desde mediados de 2025, esta preocupación ha vuelto a situarse en el centro del análisis económico hasta tal punto que se asocia parte de nuestra caída en el saldo exterior con este diferencial de precios.
Sin embargo, este diferencial no es un misterio. Tras el apagón eléctrico generalizado del 28 de abril de 2025, España ha venido registrando tasas de inflación superiores a la media de la Eurozona. Mientras que la inflación armonizada en la eurozona se ha situado en un promedio del 2,2% en el periodo posterior al suceso, en España este promedio ha ascendido al 2,8%. No obstante, y a pesar de esta sospechosa coincidencia, para muchos analistas, esta brecha de más de medio punto porcentual representa una señal inequívoca de una pérdida de competitividad de las empresas españolas en el exterior.
Sin embargo, además de asociar un evento fortuito con los fundamentos de competitividad de nuestra economía, esta interpretación descansa sobre una base metodológica cuestionable, por no decir parcialmente errónea. El Índice de Precios de Consumo (IPC) y su versión comparable a nivel europeo, el Armonizado (IPCA) es una herramienta diseñada para medir la evolución del coste de la vida de los hogares, no la capacidad competitiva de los bienes y servicios transables de un país en los mercados internacionales. Es cierto que existe un profundo vínculo entre ambos, pero las diferencias entre la evolución de los precios que pagamos los consumidores en nuestro país y la capacidad que tiene una empresa de ganar mercados es tan amplia que usar el IPC como medida de competitividad, en base a su diferencial respecto al resto del mundo, es un ejercicio erróneo.
La principal razón es que al utilizar el diferencial del IPC como indicador de competitividad exterior se introduce un sesgo sustancial debido a que el consumo interno incluye una proporción elevada de bienes y servicios no transables, es decir, aquellos que no participan en el comercio internacional. A ello hay que sumar que estos precios están condicionados por distorsiones fiscales y shocks de oferta locales de carácter puramente doméstico.
Como he adelantado, y como también mostré en una columna anterior, buena parte del diferencial de inflación entre España y Europa desde el mes de abril de 2025 respondió fundamentalmente a un factor interno y regulatorio, que fue el coste del esquema de seguridad aplicado por el operador del sistema eléctrico tras el colapso de la red. Este choque de oferta encareció de manera persistente los servicios de ajuste eléctrico, elevando de forma directa las tarifas reguladas de los consumidores y empresas locales. Al tratarse de un coste concentrado en el mercado geográfico nacional, su efecto se traslada de inmediato al IPC local, pero no necesariamente se traduce en una pérdida de competitividad exterior si los sectores exportadores logran aislar sus precios o si sus márgenes absorben temporalmente este incremento de costes. Y esto es lo que parece que sucedió.
Para evaluar de forma rigurosa si la competitividad precio de la economía española se ha visto comprometida, es preciso examinar indicadores que reflejen exclusivamente la evolución de los precios de los bienes transables en frontera. El Índice de Precios Industriales (IPRI), desglosado entre mercado interior y exterior, proporciona una aproximación mucho más precisa para este propósito que el IPC o los costes laborales unitarios, los cuales están a menudo sesgados por las dinámicas de empleo y productividad de los sectores de servicios no transables.
Al analizar la evolución de los precios de producción industrial desde enero de 2024, se constata una marcada dualidad entre el mercado interior y el mercado exterior. Por un lado, el IPRI destinado al mercado doméstico (IPRI Interior) muestra una divergencia clara. En mayo de 2026, el índice acumulado en España alcanzó el 105,7% del nivel de enero de 2024, en comparación con el 103,03% de la eurozona. Esta diferencia acumulada de más de dos puntos y medio porcentuales confirma que la industria española ha tenido que operar bajo una estructura de costes locales significativamente más elevados, reflejo directo del encarecimiento de la energía tras el apagón de 2025 o de una presión de los costes laborales impulsados por aumentos salariales nominales o mayores costes asociados a las contribuciones sociales.
Sin embargo, la evolución de los precios industriales destinados a la exportación (IPRI Exterior o IPRIX publicado por Eurostat) presenta una dinámica opuesta. Tomando enero de 2024 como base 100, los precios de exportación industrial de las empresas españolas se situaron en el 104,3% en mayo de 2026, mientras que los de la eurozona alcanzaron el 104,6%. Es decir, a pesar del shock de costes domésticos, los bienes industriales españoles dirigidos al mercado internacional se han encarecido tres décimas de punto porcentual menos que la media de sus competidores de la zona euro.
Esta pauta se ve confirmada al realizar un contraste cruzado con otros indicadores de comercio exterior como los Índices de Valor Unitario (IVU) de exportación que publica Eurostat, los cuales miden el valor monetario de las ventas externas por unidad física. A pesar de la volatilidad inherente a las variaciones en la composición cualitativa de las exportaciones, el IVU agregado de la Eurozona muestra un comportamiento que valida la estabilidad de las condiciones de precios internacionales en comparación con las presiones internas experimentadas en el mercado doméstico español.
Por lo tanto, la evidencia empírica indica que el diferencial de inflación registrado por España tras el apagón de abril de 2025 no parece representar una merma en la competitividad exterior de las exportaciones de bienes. El choque energético interno ha actuado como una tasa sobre el consumo doméstico y sobre los costes de las empresas que operan exclusivamente en el mercado interior, pero los sectores exportadores han logrado absorber dicho impacto o se encuentran protegidos por contratos de suministro de energía a largo plazo, manteniendo la evolución de sus precios de venta alineada con la de la Eurozona.
Evaluar la posición competitiva de un país únicamente mediante el IPC general introduce una distorsión que confunde los problemas de costes internos con la verdadera capacidad de competir en el exterior. Así que, cuando les digan que más inflación es menor competitividad, cuidado, no es tan sencillo.