Construir la transición ecológica: de los objetivos climáticos a las capacidades industriales para sostenerlos
Es el momento de demostrar que este cambio de modelo puede materializarse, extenderse y operar a escala
La transición ecológica —con la transición energética como su principal expresión— es, sin duda, uno de los motores de transformación económica y cultural de nuestro tiempo. Solo la irrupción de la inteligencia artificial parece amenazar su liderazgo como mayor metamorfosis global del siglo. P...
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La transición ecológica —con la transición energética como su principal expresión— es, sin duda, uno de los motores de transformación económica y cultural de nuestro tiempo. Solo la irrupción de la inteligencia artificial parece amenazar su liderazgo como mayor metamorfosis global del siglo. Pero incluso esa falsa disyuntiva remite a una misma discusión: materiales, energía, infraestructura y capacidad industrial.
La transición ecológica aspira a reordenar nuestra vida: pretende cambiar cómo producimos energía, cómo nos movemos, cómo fabricamos, cómo construimos… Pero, como toda gran transformación, llega un punto en el que las ideas deben mostrar no solo su fuerza y capacidad de penetración, sino la solidez de las estructuras capaces de sostenerlas.
Tras una primera fase marcada por los objetivos de reducción de emisiones, por la regulación y el desarrollo tecnológico, la transición ecológica entra en una etapa más exigente: demostrar que puede materializarse, extenderse y operar a escala. Durante años se persiguió la penetración de fuentes renovables, la electrificación, la neutralidad climática, los nuevos vectores energéticos y la reducción de costes. Esa etapa abrió camino. Pero los objetivos solo producen resultados sostenibles cuando, al mismo tiempo, maduran las capacidades industriales que los hacen posibles. De lo contrario, la política choca con la realidad. Como ocurre con los organismos vivos, la transición afronta una crisis de crecimiento: adaptar su estructura a un sistema adulto.
Fernand Braudel decía que tras los grandes acontecimientos históricos operan estructuras más lentas y decisivas: rutas, técnicas, recursos, organización; algo parecido sucede ahora. En una geoeconomía marcada por choques arancelarios, restricciones comerciales y competencia por materias primas, la transición ecológica es también una disputa industrial. Pero su pelea decisiva se librará en un campo menos visible: redes, almacenamiento, suministro de minerales e ingeniería de ejecución con montaje, operación y mantenimiento incluidos. Una cadena tan amplia que difícilmente podrá desplegarse sin embudos. Todo eso es lo que debemos alinear para lograr un desarrollo sostenido.
La transición energética es la expresión más visible de ese desafío, pero no la única. Es la pieza que primero llama la atención, no porque agote la transición ecológica, sino porque es donde antes se han manifestado sus límites físicos: generación, red, almacenamiento, seguridad de suministro y capacidad de ejecución. El reto ya no es solo producir energía limpia: es hacerla disponible, almacenable, conectada y segura. Y para ello es urgente desarrollar las capacidades industriales que permitan sostener la transición ecológica en su conjunto. La cuestión ya no es qué tecnología ganará: es quién tiene el conocimiento y los profesionales capaces de construir, conectar, almacenar y operar para que los sistemas funcionen.
Dentro de la transformación energética, las redes eléctricas son un buen ejemplo, aunque no el único, de la situación real. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha advertido de que el mundo tendrá que añadir o renovar más de 80 millones de kilómetros de redes antes de 2040 para cumplir los objetivos de clima y energía. Por su parte, ACER, la agencia europea de reguladores energéticos, estima que la inversión anual en redes de distribución en Europa, que era de 23.500 millones de euros en 2021, llegará a unos 47.000 millones en 2027. Las cifras revelan la dimensión del proceso.
Ese mismo patrón se reproduce en múltiples ámbitos, desde la minería y la edificación hasta la logística o los centros de datos. Incluso la inteligencia artificial, aparentemente etérea, depende de materias primas, soporte físico y capacidad industrial: solo la cartera de pedidos vinculada a infraestructuras de computación se cifra ya en torno a los dos billones de dólares.
Lo que está en juego es una cuestión de autonomía, poder industrial y posición en el orden económico que viene. La seguridad energética ya no puede entenderse como antes. Durante décadas pensamos en petróleo, gas y grandes rutas de suministro. Hoy incluye minerales críticos, baterías, electrónica de potencia y las cadenas logísticas que los conectan con la industria. Las restricciones a la exportación y la guerra arancelaria no son episodios externos al proceso: son su expresión más cruda.
En materias primas críticas, por ejemplo, la concentración de la producción ha convertido la transición en un asunto de seguridad y equilibrio geopolítico. Europa parece asumirlo así cuando, a través de la CRM Act, busca aumentar la extracción propia, reforzar el procesamiento y limitar la dependencia exterior. No obstante, la buena voluntad choca con plazos administrativos, conflictos territoriales, exigencias ambientales y limitaciones industriales.
China lo entendió pronto. Mientras el debate occidental se concentraba en metas climáticas, el país asiático levantaba infraestructuras, ganaba capacidad de fabricación y afianzaba su posición dominante en importantes cadenas de suministro.
España tiene una oportunidad relevante en este nuevo escenario. Dispone de recursos renovables, capacidades industriales, posición logística y experiencia en sectores vinculados a la energía, la ingeniería y la construcción de infraestructuras. Pero esa ventaja no se materializa por sí sola. Los episodios recientes de tensión del sistema eléctrico han recordado que la energía solo se convierte en competitividad si puede gestionarse e integrarse en procesos productivos.
Europa no puede limitarse a regular la transición; también tiene que construirla y convertir esa ambición en riqueza y empleo. De lo contrario, cederá a otros la industria, el desarrollo y la influencia. Las posiciones que no se ganen ahora con talento, tecnología y generación de valor serán difíciles de recuperar. En este marco, las empresas industriales afrontan una etapa que premiará el oficio: no a quien intente estar en todo, sino a quien sepa elegir los cuellos de botella donde su capacidad de ejecución sea diferencial.
La transición ecológica crece cuando deja de medirse solo por sus objetivos y empieza a medirse por las capacidades reales para sostenerlos. Ese es el desafío: construir lo prometido.