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Las cuatro P que también se juegan en el césped

La victoria de la selección española en el Mundial confirma la vigencia de algunas de las reglas del ‘marketing’ clásico

Mikel Merino, jugador de la selección española, celebra un gol frente a Portugal en el Mundial 2026.XINHUA vía Europa Press (XINHUA vía Europa Press)

El 19 de julio de 2026, el MetLife Stadium de East Rutherford, a un tiro de piedra de Manhattan, fue el escenario donde España se proclamó campeona del mundo tras vencer 1-0 a Argentina en la prórroga, con un gol de Ferran Torres en el minuto 106. Nueva York, la capital mundial d...

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El 19 de julio de 2026, el MetLife Stadium de East Rutherford, a un tiro de piedra de Manhattan, fue el escenario donde España se proclamó campeona del mundo tras vencer 1-0 a Argentina en la prórroga, con un gol de Ferran Torres en el minuto 106. Nueva York, la capital mundial de las marcas, el consumo y la comunicación, fue testigo de cómo un equipo de fútbol y una disciplina de negocio —el marketing— hablan, en el fondo, el mismo idioma. No es casualidad. Propongo aquí un ejercicio sencillo: leer el fútbol como el laboratorio más transparente que existe para entender el marketing clásico, y pocas citas lo demuestran con tanta claridad como una final de Mundial disputada en la ciudad que inventó buena parte de las reglas del juego comercial moderno.

El marketing tradicional se apoya en cuatro pilares —producto, precio, plaza y promoción— formulados por McCarthy hace más de sesenta años y todavía vigentes porque describen algo universal: cómo se crea valor y cómo ese valor llega a quien lo necesita. El fútbol, sin saberlo, lleva un siglo aplicándolos con un rigor y una coherencia que muchas empresas todavía no alcanzan.

Producto: la identidad no se improvisa

El producto no es el balón ni el resultado; es la propuesta de valor completa. España ganó este Mundial siendo fiel a un estilo que lleva construyendo desde hace casi veinte años: posesión, paciencia, técnica y generosidad colectiva. No inventó nada nuevo en la final, hizo lo que sabe hacer mejor que nadie. Esa es la primera lección de marketing que el deporte regala: un producto sólido no se reinventa cada temporada para agradar a la última tendencia, se perfecciona. Las marcas que sobreviven —como las selecciones que ganan títulos de forma recurrente— son las que tienen una identidad reconocible, coherente y difícil de imitar. El producto, en el fondo, es una promesa que se cumple partido tras partido, trimestre tras trimestre.

Precio: lo que cuesta de verdad

En marketing, el precio no es solo la cifra en la etiqueta; es el sacrificio percibido por obtener el beneficio. En el fútbol, ese precio se paga en entrenamientos invisibles, en sesiones de vídeo, en la renuncia al protagonismo individual por el bien del colectivo. Argentina, campeona defensora, llegó a la final con la épica de Lionel Messi, Lautaro Martínez y Lionel Scaloni; España llegó con la humildad de un grupo que entendió que el coste de ganar no se negocia, se paga por adelantado. Cuando una organización, deportiva o empresarial, intenta ganar sin pagar ese precio de preparación, disciplina y coherencia interna, el resultado casi nunca acompaña. El precio también educa al mercado sobre lo que de verdad importa, y el fútbol lo demuestra cada vez que un equipo barato en talento individual vence a otro cargado de estrellas.

Plaza: el territorio también es estrategia

La tercera P nace del término inglés place, que en español se tradujo como plaza y que en la práctica significa distribución: dónde y cómo se hace llegar el producto hasta quien lo va a disfrutar. La plaza no es un dato secundario, es una decisión que multiplica o diluye todo lo demás. Por eso este Mundial se jugó en tres países y dieciséis sedes, y por eso la final no se dejó al azar: se reservó para un estadio de más de 82.000 espectadores a doce kilómetros de Manhattan, con una audiencia global que supera los mil millones de espectadores. FIFA no eligió Nueva York por comodidad geográfica, sino porque situar el partido más importante del planeta en el mercado más grande, mediático y financiero del mundo multiplica el alcance de todo el ecosistema del fútbol. Las empresas hacen exactamente lo mismo cuando eligen dónde abrir una tienda insignia, en qué ciudad lanzar una campaña o en qué canal digital concentrar la inversión: una distribución correcta no reparte el mismo producto, lo potencia. Ganar un Mundial en Nueva York no es lo mismo, en términos de marca país y de proyección global, que ganarlo en cualquier otra sede.

Promoción: el relato que queda

La promoción es la parte más visible del marketing, pero también la más malentendida: no se trata de ruido, se trata de construir un relato memorable. España no solo ganó un partido, ganó una narrativa: la de una generación joven, con Lamine Yamal como símbolo, que suma esta nueva estrella a un ciclo que ya incluye el oro olímpico, la Eurocopa 2024 y el Mundial femenino de 2023. Ese relato se cuenta solo durante años, en portadas, documentales y conversaciones de bar. Las marcas que mejor promocionan no son las que más gritan, son las que mejor cuentan una historia coherente con su producto. Es el mismo mecanismo que convirtió “Nunca dejes de creer” del Atlético de Madrid en mucho más que un eslogan: una frase nacida del espíritu combativo del cholismo, que la propia afición adoptó como bandera, hasta el punto de que en 2020 personal sanitario español la usó para expresar resistencia durante la pandemia. Esa es la prueba de que un buen relato de marca no se impone desde un despacho, se reconoce y se hace propio. Fuera del fútbol, Nike hizo exactamente lo mismo con Just Do It: no vendió zapatillas, vendió una actitud ante la superación que trascendió el producto y convirtió cada campaña en la continuación de una misma historia. El marketing deportivo de éxito consiste precisamente en eso: identificar la historia real que ya existe dentro del producto y darle altavoz, no en inventar una historia artificial.

El quinto elemento: la cohesión como valor

Si algo confirmó esta final es que ni el mejor producto, ni el precio mejor pagado, ni la plaza más grande, ni la promoción más potente sirven de nada sin cohesión de equipo. España ganó el Mundial jugando “buen fútbol”, fiel a su escuela, sin traicionarse en ningún momento del torneo, ni siquiera tras el susto del empate inicial ante Cabo Verde. Esa coherencia entre lo que se predica y lo que se ejecuta es, para mí, el verdadero quinto elemento del marketing aplicado al deporte: la consistencia como estrategia de marca a largo plazo.

Esa emoción que hoy asociamos a la Roja no nació en 2026: es el resultado de un trabajo de reposicionamiento de marca sostenido durante casi dos décadas, con tres seleccionadores que, sin saberlo, actuaron como directores de marketing de generaciones distintas. Luis Aragonés fue quien, en 2008, se atrevió a romper con el producto anterior, una selección de individualidades brillantes, pero sin relato, y lanzó al mercado un nuevo posicionamiento basado en el toque y la posesión. Vicente del Bosque tomó ese producto ya validado y lo escaló a nivel global entre 2010 y 2012, consolidando la marca España como sinónimo de éxito sostenido, con dos Eurocopas y un Mundial que reforzaron la promesa. Luis de la Fuente ha hecho en esta última etapa el ejercicio más difícil de cualquier director de marketing: renovar el producto con savia nueva —Lamine Yamal, Nico Williams— sin traicionar el posicionamiento heredado. Tres liderazgos, un mismo hilo conductor de marca: eso es gestión de marketing de largo plazo, se llame selección de fútbol o compañía.

Recuerdo bien lo que se siente estar en un estadio mundialista viendo cómo un equipo se convierte en leyenda; lo viví en Johannesburgo en 2010. Dieciséis años después, en Nueva Jersey, España ha vuelto a demostrar que los grandes títulos, como las grandes marcas, no se ganan con un solo golpe de talento, sino con un producto claro, un precio asumido, un territorio bien elegido y un relato que merece ser contado. El ejercicio que proponía al principio de este artículo, leer el fútbol en clave de marketing, termina así donde tenía que terminar: confirmando que el marketing no es un departamento de apoyo ni un adorno de comunicación, sino el motor que convierte el talento en resultado sostenible, se juegue en un campo de fútbol o se libre en un consejo de administración.

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