Ir al contenido
suscríbete

Robots humanoides: cinco debates que no conviene retrasar

Hay que abordar su impacto en la productividad, el empleo, las pymes, la ética y la cohesión social

Robot humanoide Unitree G1 U4 de nombre Schotti, que habla el dialecto austriaco, daba la mano a un cliente en una ferretería en Pocking (Alemania), el 22 de mayo.ANNA SZILAGYI (EFE)

Durante los últimos años hemos hablado mucho de inteligencia artificial. La hemos imaginado como una herramienta digital: un algoritmo que escribe, calcula, diseña, traduce, programa o responde preguntas. Pero la siguiente fase puede ser más profunda. La inteligencia artificial está empezando a tomar cuerpo.

Los datos muestran que la robotización ya no es una promesa lejana. Según los datos del World Robotics Report 2025 de la International Federation of Robotics, en 2024 se instalaron en el mundo 542.000 nuevos robots industriales, y las previsiones apuntan a 708.000 instalaciones anuales en 2028. En España se instalaron 5.086 robots industriales, con una densidad de 183 robots por cada 10.000 empleados en la industria manufacturera.

Los robots humanoides no aparecen en el vacío: son la siguiente frontera de una automatización que ya reorganiza la producción. Representan la convergencia entre inteligencia artificial avanzada y sistemas físicos capaces de moverse, manipular objetos y actuar en espacios diseñados para personas. No son todavía una tecnología madura ni masivamente desplegada. Persisten limitaciones de autonomía, destreza, fiabilidad, seguridad y coste. Pero muchas tecnologías decisivas fueron durante años demasiado caras o experimentales, hasta que dejaron de serlo.

La pregunta importante no es si mañana veremos robots humanoides en fábricas, hospitales, almacenes o residencias. La pregunta es si estamos preparados para una economía en la que una parte creciente de las tareas físicas pueda ser realizada por máquinas inteligentes.

Nuestras sociedades envejecen, la población activa se reduce y la productividad no crece al ritmo necesario para sostener el modelo europeo de bienestar. En muchos sectores ya faltan personas: industria, construcción, logística, cuidados o mantenimiento. Necesitaremos inmigración, vidas laborales más flexibles, formación continua, mejores empleos y mayor productividad. Pero también tecnología.

Los robots humanoides pueden convertirse en una herramienta de esa nueva productividad. A diferencia de la robótica industrial clásica, diseñada para tareas específicas, el robot humanoide aspira a operar en espacios pensados para humanos: una fábrica, un almacén, un hospital o una residencia. Su promesa no es rediseñar el mundo para la máquina, sino permitir que la máquina actúe en un mundo construido para las personas.

Si esta tecnología alcanza niveles razonables de coste y fiabilidad, su impacto económico puede ser relevante. Un robot no descansa, no tiene bajas médicas, no sufre fatiga y puede operar muchas más horas que una persona, siempre que el entorno sea adecuado y la seguridad esté garantizada. No implica una sustitución automática del trabajo humano, pero sí introduce presión competitiva en tareas repetitivas o físicamente exigentes.

Conviene decirlo con serenidad: la automatización no es buena o mala por sí misma. Depende de para qué se use, quién la controle, cómo se distribuya el valor que genera y qué oportunidades se creen alrededor. Puede liberar a las personas de trabajos duros o peligrosos, pero también puede aumentar desigualdades, debilitar empleos o ampliar la brecha entre quienes acceden a la innovación y quienes quedan fuera.

Ese es el punto central para Nausika. La pregunta no es si debemos aceptar o rechazar los robots humanoides. La pregunta es cómo orientamos esta transformación hacia el bien común. Hay cinco debates que deberíamos abrir cuanto antes.

El primero es la productividad. España y Europa no podrán sostener su prosperidad solo aumentando las horas trabajadas o la presión fiscal. Necesitamos producir más valor con mejores herramientas, organización y capital humano.

El segundo es el empleo. La inteligencia artificial ya transforma tareas cognitivas, incluidas ocupaciones cualificadas. Los humanoides pueden añadir presión sobre tareas físicas. La combinación obliga a preparar a las personas para convivir con sistemas inteligentes: supervisarlos, mantenerlos, integrarlos y decidir dónde deben utilizarse.

El tercero son las pymes. Si esta tecnología solo está al alcance de las grandes corporaciones, la brecha de productividad se ampliará. Muchas pymes necesitan acompañamiento real: financiación, demostradores, asesoramiento, formación técnica e incentivos a la inversión. Una transición justa debe evitar que solo los más grandes puedan beneficiarse.

El cuarto es la ética y la regulación. Un robot humanoide no es una simple máquina. Puede captar datos, aprender del entorno, tomar decisiones operativas y actuar físicamente junto a personas. Necesitaremos estándares de seguridad, protección de datos, supervisión humana, trazabilidad y responsabilidad.

El quinto es la fiscalidad y la cohesión social. Si una parte creciente del valor económico se genera mediante capital automatizado, no podemos seguir pensando el Estado del bienestar solo desde las cotizaciones asociadas al empleo tradicional. Debemos anticipar cómo se financia la solidaridad en una economía donde trabajo humano, capital inteligente y productividad se combinan de manera diferente.

Europa no debería limitarse a regular tecnologías desarrolladas en otros lugares. Necesita capacidad industrial, talento, experimentación y soberanía tecnológica. Si no participamos en el desarrollo, integración y gobernanza de estas tecnologías, dependeremos de plataformas, fabricantes y sistemas externos. El futuro dependerá, sobre todo, de qué humanidad seamos capaces de preservar cuando las máquinas empiecen a caminar entre nosotros.

Archivado En