El refino, clave en la seguridad energética
En un contexto cada vez más fragmentado, contar con capacidad industrial y diversificación de suministros es una ventaja que debemos preservar y evolucionar
El mundo sigue requiriendo de forma intensa de petróleo y gas. Según los últimos datos disponibles, más de la mitad de la energía primaria procede aún de estas dos fuentes. En Europa, esa dependencia es incluso mayor y, en España, alcanza casi dos tercios d...
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El mundo sigue requiriendo de forma intensa de petróleo y gas. Según los últimos datos disponibles, más de la mitad de la energía primaria procede aún de estas dos fuentes. En Europa, esa dependencia es incluso mayor y, en España, alcanza casi dos tercios del total. Esta realidad se acentúa en el transporte, que concentra casi el 40% del consumo final de energía en nuestro país, frente al 30% de la media europea.
Este punto de partida obliga a asumir que la economía y la vida cotidiana siguen necesitando de grandes volúmenes de combustibles líquidos y gaseosos. Y lo hacen, además, en un contexto estructural de bajo autoabastecimiento en Europa, condicionado tanto por la escasez de recursos naturales como por restricciones regulatorias. En estas circunstancias, la primera estrategia de seguridad energética pasa por la diversificación del aprovisionamiento.
España destaca en este ámbito. Su posición geográfica, conectada con África, América y Europa, junto con el tamaño y la escala de su sistema energético, le han permitido construir uno de los esquemas de suministro más diversificados del continente. El país importa petróleo de veinte países diferentes, sin que ninguno supere el 20% del total.
Este modelo se apoya en tres pilares fundamentales. El primero es el gas, gracias a una red de gasoductos y, sobre todo, a una capacidad de regasificación que representa aproximadamente un tercio del total europeo. El segundo es el crudo, que llega por vía marítima desde múltiples orígenes. Y el tercero, a menudo menos visible pero más decisivo, es el sistema de refino, porque es el único pilar basado en la transformación en los países consumidores de la energía primaria en energía final.
España cuenta con ocho refinerías capaces de transformar ese crudo en productos esenciales para la economía y los ciudadanos, como gasolinas, gasóleos y queroseno. Pero su aportación va más allá del combustible: una parte crítica de la base industrial europea depende del refino, ya que el 50% de las materias primas que utiliza la química se producen en refinerías del continente.
No disponemos de petróleo y gas en cantidad, pero sí de productos finales, que son los que realmente consumen hogares, empresas y servicios públicos. En un mercado globalizado, tanto el crudo como los productos refinados se negocian a precios internacionales, con una elevada volatilidad, especialmente cuando surgen tensiones en la oferta, como ocurre en el contexto actual.
Mientras la demanda de carburantes en Europa cae de forma moderada, el continente ha asistido en las dos últimas décadas a una fuerte contracción de su capacidad de refino: una reducción de alrededor del 20%, acompañada del cierre o transformación de cerca del 30% de las refinerías. El resultado ha sido una mayor dependencia de las importaciones de productos, una menor eficiencia del sistema y una pérdida de competitividad industrial.
España ha seguido un camino distinto. En los últimos veinte años ha incrementado su capacidad de refino en torno a un 15%, situándose entre los países europeos con mayor nivel de autoabastecimiento. Este esfuerzo ha sido posible gracias a inversiones muy significativas, no solo para ampliar y modernizar las instalaciones, sino también para reforzar la seguridad, el mantenimiento y la reducción progresiva de emisiones, ganando posición competitiva en este contexto. Solo en las refinerías de Cartagena y Bilbao se invirtieron más de 4.000 millones de euros en los dos proyectos más relevantes –entre 2008 y 2011–, a los que se suman otros desembolsos realizados en el resto de las refinerías españolas.
El impacto económico de esta industria es igualmente relevante. El refino y la química generan en torno al 6% del empleo industrial y el 7% del valor añadido bruto, con salarios un 40% superiores a la media y más del doble del gasto unitario en formación. Su efecto tractor sobre el entorno local y regional refuerza aún más su peso en términos de calidad de empleo, riqueza e ingresos públicos.
Mirando al futuro, el refino español se está convirtiendo en una plataforma clave para la transición energética, con proyectos en biocombustibles, hidrógeno y materiales circulares, reforzando su compromiso para seguir descarbonizando sus procesos y productos.
El sector tiene el mayor nivel de reinversión previsto en Europa para los próximos años, lo que refuerza el compromiso con su viabilidad económica a largo plazo.
En un contexto geopolítico cada vez más fragmentado y marcado por episodios de disrupción como el del estrecho de Ormuz, contar con capacidad industrial instalada y diversificación de suministros es una ventaja competitiva que debemos preservar y evolucionar.
También lo es desde una perspectiva de seguridad y defensa: en un escenario de conflictos bélicos y con la amenaza rusa próxima a Europa, la disponibilidad de combustibles sigue siendo un factor habilitador para la movilidad, la logística y el fortalecimiento de las capacidades de defensa europeas, de las que tanto se habla ahora.
Sin un sistema de refino propio, la dependencia de importaciones de productos a precios tensionados no solo elevaría el riesgo de desabastecimiento, sino también los costes para los ciudadanos y el impacto negativo sobre empleo, industria y recaudación.
Las actividades esenciales requieren planificación y prevención. No siempre es posible anticipar las crisis, pero sí fortalecer los mecanismos que permiten responder a ellas. Evolucionar nuestro sistema de refino mientras avanza su transformación sostenible integral (medio ambiente, industria, seguridad de suministro y retorno) es una de las mejores garantías de estabilidad económica y social para nuestro país en un entorno global incierto.