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En colaboración conLa Ley

La tecnología frente al muro regulatorio: el asalto al crédito en la nueva economía

Vivimos una transformación sin precedentes donde la tecnología ha democratizado el acceso al consumo masivo

GETTY IMAGES

Vivimos una transformación sin precedentes donde la tecnología ha democratizado el acceso al consumo masivo. Amplias capas de la población, con una presencia abrumadora de nativos digitales y jóvenes, acceden hoy a un universo de servicios que abarca desde los viajes y la música en streaming hasta el equipamiento deportivo, la moda y la tecnología de vanguardia. Esta inmediatez no es solo un cambio de hábito, es el motor de una nueva arquitectura social del gasto.

Esta realidad se enmarca en la llamada “nueva economía”, un ecosistema que exige flexibilidad, personalización y, sobre todo, una respuesta en tiempo real a las necesidades del usuario. Los retos ya no son solo logísticos, sino financieros: el consumidor espera que el proceso de pago sea tan fluido como la selección del producto.

Al socaire de este cambio, ha emergido con fuerza el modelo “Compre ahora, pague después” (BNPL). Este mecanismo no es una simple financiación; es una herramienta de integración comercial donde la capacidad de aplazar el pago en el punto de venta —físico o virtual— se ha vuelto un factor determinante para la competitividad. En este nuevo mercado, la financiación es el lubricante que permite el engranaje entre la tecnología y el deseo del consumidor.

Sin embargo, esta agilidad ha despertado los recelos de los sectores más tradicionales del crédito. Ante la incapacidad o imposibilidad de adaptar sus estructuras pesadas a la velocidad del ecosistema Fintech, la regulación ha llegado en España de la mano de un enfoque conservador. Fruto de esta tensión es el Anteproyecto de Ley de contratos de crédito al consumo, que introduce figuras como los Establecimientos Financieros de Crédito de Actividad Limitada (EFCAL).

La figura de los EFCAL no supone, en sí misma, un encorsetamiento de los operadores de crédito al consumo de BNPL. La regulación es necesaria y, en este sentido, la creación de una figura ad hoc resulta imprescindible. La cuestión radica, más bien, en el limitado margen de actividad que se les concede y, especialmente, en permitirles el factoring.

Uno de los puntos más críticos de la nueva normativa es la exigencia de un capital social mínimo de cinco millones de euros para estas entidades de actividad limitada. Desde un análisis técnico-contable, esta cifra resulta excesiva y desproporcionada. Realmente, para empresas que operan con modelos tecnológicos y riesgos acotados, tal volumen de capital no aporta una garantía real de solvencia adicional; funciona, más bien, como una barrera de entrada infranqueable.

Exigir cinco millones de euros ahuyenta la competencia y encarece el sector, consolidando un oligopolio de facto para regocijo de las instituciones de crédito tradicionales. Bastaría con un capital significativamente inferior para cumplir las funciones propias de protección del capital social sin asfixiar la entrada de nuevos competidores que dinamizarían el mercado. La reducción de esta cifrar resulta, por tanto, una necesidad ineludible.

En la misma línea proteccionista, la limitación impuesta a las nuevas fintech para realizar operaciones de factoring es otra manifestación evidente del temor del statu quo. El factoring es consustancial a muchos modelos de financiación integrados y su exclusión obliga a una fragmentación societaria artificial. Esta segregación no solo genera ineficiencias operativas, sino que crea una complejidad fiscal innecesaria, dificultando la compensación de bases imponibles y aumentando los costes de cumplimiento (compliance) que los grandes operadores sí pueden absorber, pero los recién llegados no.

Estamos ante una verdadera lucha por el control del crédito. Los actores enfrentados son, por un lado, el statu quo financiero que busca protección en la norma y, por otro, las fintech, que traen la eficiencia de la tecnología. La pregunta queda en el aire: ¿caerá otra vez Europa, y España en particular, en el error de ahogar un mercado financiero emergente por proteger estructuras obsoletas? Detrás de la tecnología hay una oportunidad de modernización económica que no debería verse truncada por una regulación que, bajo el velo de la seguridad, esconde un sesgo excluyente. Esperemos que la sensatez técnica prevalezca sobre el privilegio corporativo.

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