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Un programa electoral en una servilleta de papel

La curva de Laffer alimenta el mito de que un recorte de impuestos puede llevar a una mayor recaudación fiscal

El presidente de EE UU, Donald Trump, otorga la medalla presidencial de la Libertad al economista Arthur Laffer en 2019 en Washington. (Photo by Oliver Contreras/For The Washington Post via Getty Images)The Washington Post (The Washington Post via Getty Images)

El pasado mes de septiembre, Arthur Laffer fue la estrella invitada del Congreso de Vox ya con la campaña electoral a tiro de piedra. Si no reconocen este famosísimo nombre, recordarles que está asociado a una cena de hace 52 años en un restaurante, una servilleta, un hotel (Two Continents) y, luego, un museo. En aquella cena, siempre supuestamente, y en una servilleta de tela que hoy está expuesta, aunque se sabe que es una copia de la verdadera de papel que se perdió, este agradable señor mayor explicó de forma muy simple a los asesores del Gerald Ford cómo bajar impuestos podría elevar los ...

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El pasado mes de septiembre, Arthur Laffer fue la estrella invitada del Congreso de Vox ya con la campaña electoral a tiro de piedra. Si no reconocen este famosísimo nombre, recordarles que está asociado a una cena de hace 52 años en un restaurante, una servilleta, un hotel (Two Continents) y, luego, un museo. En aquella cena, siempre supuestamente, y en una servilleta de tela que hoy está expuesta, aunque se sabe que es una copia de la verdadera de papel que se perdió, este agradable señor mayor explicó de forma muy simple a los asesores del Gerald Ford cómo bajar impuestos podría elevar los ingresos fiscales.

Como un eco de ese inicio de septiembre, no hace muchos días, Santiago Abascal volvió a apuntar a Arthur Laffer y su curva como su paradigma para la política fiscal. Como siempre ha sucedido, cada campaña trae sus banderolas, sus mítines y, puntual como el turrón en diciembre, a la curva de Laffer. Y como se ha adelantado, en esta ocasión no vino en diapositiva, sino en persona.

A lo largo de los años, y en política económica, hemos construido un bestiario con mitos y este es uno de ellos. Más si cabe cuando la reliquia que puede verse en el Smithsonian es solo una reconstrucción posterior en tela sobre un original de papel perdido. No hay mejor metáfora que esta, ya que en este caso el dibujo se hizo primero y los datos se buscaron después.

Para empezar, Laffer solo dijo una obviedad, que la recaudación debe ser una función que parte de cero si los impuestos son cero y llega de nuevo a cero si los impuestos son 100%. Nada se recauda sin tipos impositivos y nada se recauda si todos perdemos todos nuestros ingresos ante el Estado. Esto es simple matemática, y está lejos de ser ninguna teoría económica. Así pues, teniendo dos ceros para tipos cero y 100, y como todos los países recaudan cuando estas dos opciones no se dan, por lógica debe existir un máximo. A esto se le ha llamado muchas veces “economía de la oferta”, lo que simplemente es un ejercicio matemático deductivo de tercero de la ESO. Para que lo entendamos, es como bautizar a la ley de la gravedad como “física de la caída”.

Si hay un máximo esto implica que, en algún momento, bajar el tipo impositivo eleva los ingresos. Pero para eso debes estar en una parte determinada de esa curva. Dicho esto, en general, los economistas no creen que estemos allí donde bajadas de impuestos aumenten ingresos. Por ejemplo, la famosa encuesta de IGM fórum nos indicaba que solo un tercio de los economistas cree que la rebaja subiría el PIB, pero nadie cree que suba la recaudación. Pero lo más paradójico es que economistas asesores de Reagan y Bush sabían muy bien que bajar impuestos reduciría la recaudación. Este era el caso de los Feldstein, Hubbard o Mankiw. Más aún, un trabajo citado muchas veces por defensores de la propuesta, el famosísimo artículo académico de Trabandt y Uhlig muestra cómo en el caso de Europa, por cada punto de bajada del impuesto al trabajo se autofinancia solo al 54%. El resto se pierde.

Y es que, habitualmente, cuando se habla de Laffer se producen ciertas confusiones. Bajar impuestos tiene el potencial efecto de que anima la actividad, igual que invitar a toda la terraza de un bar anima la noche de un viernes cualquiera. Pero animar el bar y que la fiesta le salga gratis al que invita son dos fenómenos contables muy distintos. O por ejemplo, podríamos decir que una hipoteca que solo se paga al 54% no es un milagro financiero, sino un descubierto del 46%.

Así, por ejemplo, cuando Reagan redujo los impuestos en 1981 tuvo que volver a subirlos en 1982, 1983 y 1984 para recuperar, según su propio director de presupuesto, el 40% de lo perdido en ingresos. En el Estado de Kansas, donde Laffer asesoró al gobernador, pasó algo similar al convertir al Estado en un laboratorio puro que tuvo que ser revertido por los propios republicanos. Pero no hay que irse tan lejos en tiempo y lugar, ya que con Trump sucede lo mismo. La recaudación de sociedades quedó en 2018 un 40% por debajo de lo previsto tras su rebaja, y al año siguiente la administración le daba a Laffer una medalla. Nada más trumpista que esta anécdota.

Así pues, estos ejemplos, que son solo una pequeña muestra, obligaron a la economía de la oferta a pasar por el confesionario. Sin embargo, en la confesión siempre se culpaba a otros hechos. En Kansas, Laffer alegó que faltaba tiempo. Pero esto solo certificaba que la curva de este señor compartía su estatuto epistemológico más con el horóscopo que con la teoría económica, ya que, si acierta, confirma la regla, pero si fracasa, es porque al paciente le faltó fe.

La promesa es recurrente. Por ejemplo, Mariano Rajoy llegó prometiendo bajar impuestos. Pero, sin embargo, su primera medida, en diciembre de 2011, fue subir el IRPF (aquel recargo complementario). Pero, pocos años después, la rebaja de Montoro en julio de 2015, con generales el 20 de diciembre, provocó un aumento del déficit en 2015 (5,16% frente al 4,2% comprometido), por lo que Comisión calificó esta medida como un adelanto imprudente. El patrón es siempre el mismo: se promete bajar en campaña, luego, cuando se llega a la Moncloa, se sube en el BOE, se hace la rebaja cinco meses antes de las urnas y Bruselas nos manda factura en primavera. Mientras, la curva no aparece en ningún sitio.

Para justificar en la última trinchera, muchos economistas “liberales” ponen como ejemplo Madrid. Es cierto que es una de las regiones donde más se recauda y donde los tipos son menos elevados. Pero en este caso el problema es de doble confusión. La primera de ellas pasa por mezclar erróneamente niveles con efectos. Y es que, que Madrid recaude mucho con tipos bajos no nos dice nada sobre qué pasaría si los subiera o bajara (confundir niveles con primeras derivadas). En segundo lugar, se obvia el efecto sede, ya que en Madrid se concentran sedes empresariales, ministerios, reguladores y rentas altas, y el IRPF se paga donde se reside. La tarifa autonómica explica poco de ese nivel. La segunda es no entender qué es un contrafactual. Por ejemplo, en una economía que crece al 3%, una inflación muy superior a la pasada y unos tipos no deflactados en IRPF provocan que la recaudación nominal bata récords con cualquier política, incluso con bajadas de impuestos. Y eso alimenta el espejismo de las rebajas que “se pagan solas”. Lo irónico es que buena parte de la subida de la recaudación viene de no deflactar el IRPF, es decir, de subir los impuestos. Y es que presumir de recaudación en plena escalada de precios es como subirse a un taburete y celebrar que uno ha dado el estirón.

Así pues, cincuenta años después, nuestra campaña sigue atrapada entre dos chimeneas por las que nunca baja una factura. De aquella cena de 1974 alguien se llevó el dibujo al museo, aunque fuera una de tela que nunca estuvo en el restaurante. Sin embargo, medio siglo después, la cuenta la sigue pagando el camarero.

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