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Elogio del condicional

No cabe duda de que vivimos instalados en una cultura del indicativo: todo “es”, “produce”, “genera”, pero stablecer que una política ha causado un resultado es una de las tareas más complejas de las ciencias sociales

Un trabajador de la construcción en Valencia, en una imagen de archivoFOTO: Ana Escobar (EFE)

El indicativo es el modo verbal del que ya sabe. El condicional, el del que todavía piensa. Si esta distinción parece menor, conviene observar lo que ocurre en España cada vez que el Instituto Nacional de Estadística, la Seguridad Social o cualquier organismo público tiene la osadía de publicar un dato. En cuestión de mi...

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El indicativo es el modo verbal del que ya sabe. El condicional, el del que todavía piensa. Si esta distinción parece menor, conviene observar lo que ocurre en España cada vez que el Instituto Nacional de Estadística, la Seguridad Social o cualquier organismo público tiene la osadía de publicar un dato. En cuestión de minutos, patronales, sindicatos, partidos políticos y tertulianos de guardia ya han emitido comunicados explicando no solo qué ha ocurrido, sino por qué ha ocurrido. Y lo hacen con una seguridad que haría palidecer a cualquier tribunal de tesis doctoral.

Hace pocos días, sin ir más lejos, se publicaron las cifras de afiliación a la Seguridad Social. El dato no había cumplido una hora de vida y ya tenía más padres putativos que un niño prodigio. La recuperación se debía a la política económica del Gobierno, o a la fortaleza del tejido empresarial, o al dinamismo del mercado, o a la reforma laboral, o al buen tiempo, según quién firmara el comunicado. Cada actor había encontrado su causa predilecta con una velocidad que, francamente, resulta incompatible con cualquier forma conocida de análisis riguroso. Los había que los negaban con una mano mientras lo celebraban con la otra, dependiendo del territorio dibujado en cada manga.

No cabe duda de que vivimos instalados en una cultura del indicativo. Todo “es”, todo “produce”, todo “genera”. La reforma laboral “ha reducido” la temporalidad. El aumento del salario mínimo “ha destruido” empleo. La política fiscal “ha impulsado” el crecimiento. La regularización “ha generado” un efecto llamada. Obsérvese el patrón: sujeto, verbo en indicativo, complemento. Oración simple, afirmación rotunda, causalidad implícita. El problema es que entre el sujeto y el complemento hay un abismo metodológico que nadie parece dispuesto a cruzar antes de hablar.

Establecer que una política pública ha “causado” un resultado determinado es una de las tareas más complejas de las ciencias sociales. Requiere datos, contrafactuales, grupos de control, técnicas econométricas y, sobre todo, tiempo. Mucho más tiempo del que transcurre entre la publicación de un dato y la emisión de un comunicado de prensa. Para afirmar con rigor que la reforma laboral de 2021 ha reducido la temporalidad —cosa que bien podría ser cierta— necesitamos estudios que aíslen su efecto de otros factores simultáneos: el ciclo económico, los cambios sectoriales, la demografía, las expectativas empresariales. Lo mismo vale para cualquier otra afirmación causal sobre el empleo, los precios o el crecimiento. Esto no es un capricho académico; es la diferencia entre saber y suponer.

Y sin embargo, suponemos en indicativo.

Sería injusto culpar de esto a las redes sociales, aunque sin duda han agravado el problema. La tentación de atribuir causalidad donde solo hay correlación es tan antigua como el pensamiento humano. Post hoc, ergo propter hoc (o en nuestra lengua romance: después de esto, luego a causa de esto) es sin duda una falacia que los romanos ya señalaron hace dos milenios, lo cual sugiere que llevamos al menos dos mil años cayendo en ella con entusiasmo y alegría. E irresponsabilidad.

Lo que ha cambiado no es el vicio, sino la velocidad y el alcance. Donde antes se hacía una declaración que recogía un periódico al día siguiente, ahora hay un tuit en treinta segundos, un comunicado en una hora y un hilo de debate en tres. La presión por ocupar el relato es enorme, y el relato exige certezas. A nadie le retuiteamos un “podría deberse a” con la misma pasión que un “se debe a”. En otras palabras, el condicional no es viral mientras que el indicativo sí.

Esto genera un efecto perverso. Cuando todos los actores lanzan afirmaciones causales simultáneas y contradictorias sobre el mismo dato, el debate público no se enriquece, se enturbia. No discutimos sobre la realidad, sino sobre interpretaciones prematuras de la realidad. Y como cada interpretación se formula en indicativo, cada desacuerdo se convierte en un enfrentamiento entre certezas incompatibles, en lugar de lo que debería ser: una conversación entre hipótesis razonables que aún necesitan evidencia.

Es evidente que necesitamos instaurar una cultura de la condicionalidad y que va de la mano de un pensamiento crítico constructivo. Desde luego no se debe exigir el silencio cuando no hay certezas. Es decir, nadie debe pedir a sindicatos, patronales, partidos políticos o a la madre octogenaria del vecino que dejen de opinar sobre datos económicos. Lo que debemos exigir es la honestidad epistémica. Un mayor uso del condicional como modo verbal y como actitud intelectual.

¿Qué significaría esto en la práctica? Algo tan sencillo como sustituir “la reforma laboral ha reducido la temporalidad” por “la reforma laboral podría haber contribuido a reducir la temporalidad, aunque necesitamos más evidencia para confirmarlo”. A sustituir “la subida del salario mínimo ha aumentado el desempleo” a “la subida del salario mínimo podría haber aumentado el desempleo …” La información es la misma. La hipótesis es la misma. Lo que cambia es el grado de honestidad sobre lo que sabemos y lo que no. Y ese cambio, aparentemente cosmético, transformaría la calidad del debate.

Debemos huir de la idea de que el condicional no es un signo de debilidad. Es exactamente lo contrario. Quien formula una hipótesis está diciendo que tiene una idea sobre cómo funciona el mundo, y estoy dispuesto a someterla a prueba. Quien lanza una afirmación categórica está diciendo, sin embargo, que ya sabe cómo funciona el mundo, y no necesita que nadie lo compruebe. Lo primero es pensamiento. Lo segundo es propaganda, por muy bienintencionada que sea.

Hay algo profundamente liberador en decir “no lo sabemos todavía”. No porque la ignorancia sea una virtud, sino porque reconocerla es el primer paso para superarla. El científico que confiesa incertidumbre no está fracasando; está siendo riguroso. El político o el agente social que formula una hipótesis en lugar de una certeza no está siendo tibio; está respetando a su interlocutor.

No descubro nada nuevo. La historia del pensamiento lleva siglos librando exactamente esta batalla. Fue David Hume quien, en el siglo XVIII, nos advirtió de que observar que un fenómeno sigue a otro no nos autoriza a concluir que uno causa al otro: la costumbre, decía, no es demostración. Kant recogió el guante y convirtió la causalidad en una categoría del entendimiento humano —algo que ponemos nosotros, no algo que el mundo nos entrega hecho. O en otras palabras, la causalidad es una herramienta con la que organizamos la experiencia, no un regalo que encontramos en los datos. Es decir, la hipótesis —el condicional elevado a método— es el verdadero motor del conocimiento, precisamente porque acepta la posibilidad de estar equivocada.

Al fin y al cabo, en un mundo saturado de certezas instantáneas, quizá la mayor audacia intelectual sea atreverse a conjugar en condicional. No porque no sepamos nada, sino porque sabemos lo suficiente para entender que aún no sabemos bastante. Podría ser. Y en ese “podría” cabe toda la dignidad del pensamiento.

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