La batalla tecnológica EE UU-China dejará perdedores en todo el mundo

La competencia por la producción de chips afectará a Japón, Corea y Taiwán, y a Nvidia, Samsung o TSMC

Feria de electrónica AWE, en Shanghái (China).
Feria de electrónica AWE, en Shanghái (China). reuters

Ningún producto ha jugado un papel tan destacado en la configuración de la economía mundial y el equilibrio del poder militar como los semiconductores. Sin embargo, durante años, esta industria de 556.000 millones de dólares ha atraído escasa atención de los Gobiernos de Washington, Tokio y otras capitales del mundo desarrollado. Últimamente, los chips se han convertido en campo de batalla en la competencia entre EE UU y China. Las grandes empresas y otros países se verán afectados por la lucha.

Pocas otras partes de la economía dependen tanto de tan pocas empresas, afirma el historiador Chris Miller en Chip War: The Fight for the World’s Most Critical Technology (La guerra de los chips: la lucha por la tecnología más crucial del mundo). Taiwan Semiconductor Manufacturing (TSMC) fabrica casi todos los microprocesadores más avanzados del mundo. ASML, en Holanda, tiene el monopolio de facto de las máquinas de litografía ultravioleta necesarias para fabricar los circuitos más sofisticados. Dos gigantes surcoreanos dominan el mercado de los chips de memoria; tres empresas de EE UU controlan el software de los semiconductores.

Estos puntos denominados de estrangulamiento son una característica de una industria hipereficiente que puede producir más de un billón de unidades al año. Según Miller, profesor de política exterior estadounidense y rusa, no es casualidad que EE UU y sus aliados controlen la mayoría de ellos. Tras la Segunda Guerra Mundial, empresas pioneras como Fairchild Semiconductor, Intel y otras de Silicon Valley cimentaron la supremacía tecnológica de EE UU.

El posterior impulso a la externalización de la fabricación de EE UU en el extranjero coincidió con los esfuerzos del país por profundizar en los vínculos comerciales y de inversión con Japón y el resto de Asia. La mano de obra barata y abundante permitió a las empresas reducir sus costes; los líderes asiáticos pregonaron empleos mejor pagados y crecimiento económico; y Washington integró a sus aliados más profundamente en la economía estadounidense. A finales de los setenta, empresas como Intel y Texas Instruments empleaban a decenas de miles de trabajadores en Corea del Sur, Taiwán y el sudeste asiático.

Sin embargo, con el tiempo, algunos fabricantes asiáticos acumularon suficiente experiencia y escala en la cadena de suministro para desafiar el dominio de EE UU. Japón lo superó por primera vez en la producción de chips de memoria en los ochenta, para ser desbancado luego por Corea del Sur; Taiwán cuenta hoy no solo con el principal fabricante de chips por contrato del mundo, sino también con las principales empresas que ensamblan, prueban y empaquetan chips.

Andy Grove, exjefe de Intel, advirtió con acierto de que abandonar la fabricación de “productos básicos” podría dejar a los fabricantes fuera de las futuras industrias emergentes. Ahora, el antiguo pionero de EE UU está luchando por alcanzar a TSMC, de 356.000 millones de dólares, y a Samsung, de Corea, en la fabricación de chips. Mientras, las catástrofes naturales y la pandemia han dejado al descubierto la fragilidad de la cadena de suministro mundial, que Miller describe como “una imagen perfecta de la globalización que ha salido mal”.

La combinación del debilitamiento del liderazgo en el sector de los chips y la mayor concienciación sobre la vulnerabilidad de la cadena de suministro sustentan las políticas tecnológicas de EE UU. La reciente ley Chips and Science Act aporta 53.000 millones para que el desarrollo y la fabricación de semiconductores vuelvan a EE UU. China, por su parte, lleva mucho tiempo identificando el control estadounidense sobre las cadenas de suministro como una amenaza para la seguridad nacional, y está gastando cientos de miles de millones de dólares para destetarse de la tecnología extranjera. Las sanciones de EE UU contra Huawei han acelerado estos esfuerzos, al recordar, según Miller, que los puntos de estrangulamiento “no duran infinitamente”. En respuesta, Washington ha aumentado las restricciones comerciales y de inversión: a principios de septiembre, prohibió a AMD y Nvidia exportar algunos chips avanzados de inteligencia artificial a China.

Esta rivalidad cada vez más intensa pone a Taiwán, Corea del Sur y Japón en una posición incómoda. Los tres dependen de China como su mayor socio comercial. Pero si EE UU tiene éxito en la relocalización de la fabricación de chips avanzados, las cuotas de mercado de uno de sus aliados, o de todos ellos, deben disminuir, argumenta Miller. Los gigantes multinacionales con exposición a China también se verán atrapados en medio. Nvidia calcula que están en riesgo unos 400 millones en ventas. Los planes de Apple de utilizar chips fabricados en China han atraído el escrutinio de Washington.

Para las surcoreanas Samsung y SK Hynix, el dilema es aún más grave. Ambas esperan expandirse en EE UU, pero una disposición de la ley Chips establece que, para recibir subvenciones estadounidenses, se les prohibirá ampliar o mejorar la capacidad de producción de chips en China durante 10 años. Las dos empresas producen actualmente el 20% y el 40%, respectivamente, de sus chips de memoria en la República Popular, según Nikkei.

Miller expone herramientas aún más agresivas que Washington y Pekín aún no han desplegado. El primero podría presionar a TSMC para que despliegue sus nuevas tecnologías simultáneamente en EE UU y Taiwán, o forzarla a invertir más en el país. China podría presionar a las empresas extranjeras para que transfieran tecnologías a sus pares locales, o exigir a firmas como Apple que compren componentes locales.

La mayor escalada, por supuesto, sería un conflicto militar entre China y Taiwán, cuya soberanía reclama Pekín. La incapacitación de las instalaciones de producción de semiconductores de la isla sería “catastrófica” para la economía global, escribe Miller, ya que el mundo produciría un 37% menos de potencia informática como resultado, y se necesitaría al menos media década para restablecer la capacidad.

Se trata de un escenario extremo, y los inversores y los jefes de las tecnológicas apuestan por que lo mucho que está en juego disuadirá a Washington y Pekín de intensificar las tensiones. Eso parece una ilusión.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías