Cuando la energía es moneda de cambio en el conflicto bélico de Ucrania

Cuando algún país inicia una guerra externa a sus fronteras y no se acierta a ver la verdadera causa, lo más lógico es buscar la justificación en un conflicto interno. Esa es la práctica histórica de las dictaduras para golpear a sus vecinos sin motivos aparentes, o, en el mejor de los casos, tratar de ajustar cuentas por rencillas antiquísimas sin resolver de manera definitiva. En el caso de la guerra desatada por el expansionismo ruso sobre territorio ucraniano la justificación extendida por Moscú es la inminente amenaza de occidente sobre Rusia, con la supuesta incorporación de Ucrania al sistema defensivo europeo y atlántico. Pero como hay que hacer esfuerzos mentales sobrehumanos para considerar tal posibilidad, hay que buscar otros argumentos. Y entre ellos aflora la dependencia energética de Europa sobre Rusia, y la posibilidad de que la apuesta decidida del viejo continente por la autonomía energética con fuentes renovables haya desatado en el Kremlin la idea esquizoide y desesperada de que sus servicios de energía fósil pueden ser prescindibles.

Responda esta especie de ficción a la realidad o no, lo cierto es que no es desacertado considerar que estamos ante la guerra de las materias primas, o de la energía, puesto que su suministro está en riesgo, y sus precios atrapados en una espiral de volatilidad que puede generar una crisis como la que la guerra del Yom Kippur desató en el otoño de 1973. No es descartable que Putin haya considerado la guerra como una herramienta para poner de rodillas a Europa, y menos descartable aún que lo consiga, aunque el precio que tenga que pagar la economía rusa sea infinitamente más elevado.

En solo una semana de guerra los precios del petróleo y del gas se han disparado hasta niveles desconocidos, y solo volverán a la normalidad cuando se haya despejado el horizonte bélico, cuyo calendario es la auténtica incógnita del conflicto, y todo ello si no media una escalada de decisiones más dramáticas, como el corte de suministro de gas o el control de toda la energía nuclear ucraniana por parte del ejército ruso. Con este escenario las tasas de inflación se mantendrán elevadas o muy elevadas durante trimestres muy largos, con la imposibilidad de hacerles frente vía monetaria, ya que la economía seguirá precisando asistencia financiera para esquivar una nueva recesión.

Este panorama no es el mejor de todos para la inversión, salvo para las mentes muy arriesgadas que apuesten a una solución en un sentido u otro. Lo cierto es que el mapa energético de Europa tendrá que redefinirse, aunque sea con una intensificación en la velocidad hacia la energía verde; y en tal mutación estarán las oportunidades de la inversión, que siempre será preferible manejar a través de fondos y no de manera particular.