A Fondo

El grifo monomando del gas natural en Europa

A corto plazo, no hay posibilidad de acabar con la dependencia del gas ruso, y las opciones, como GNL, renovables o hidrógeno, serán caras

Estación compresora del gasoducto Yamal-Europa, al suroeste de Minsk (Bielorusia)
Estación compresora del gasoducto Yamal-Europa, al suroeste de Minsk (Bielorusia) Reuters

La sangrienta invasión de Ucrania por parte del presidente ruso, Vladimir Putin, ha puesto al desnudo, una vez más, la vulnerabilidad energética de Europa ante conflictos geopolíticos. Ya ocurrió en los años 70 con la crisis del petróleo provocada por los países árabes de la OPEP cuando decidieron cortar el suministro a quienes apoyaron a Israel en la llamada guerra del Yom Kippur, un conflicto que enfrentó a este país con Egipto y Siria. La medida desencadenó una inflación antes nunca vista. Sin un cambio climático contra el que luchar, los países occidentales recurrieron al carbón y la energía nuclear como alternativas al petróleo, cuyas reservas mundiales solo durarían 50 años, según los ingenuos vaticinios del momento. Quizás por ser la primera gran crisis, lo cierto es que en aquella ocasión, y en ninguna otra posterior, la población interiorizó la necesidad de ahorrar. Lo que ahora se llama eficiencia, sin mucho éxito.

El uso masivo del hidrocarburo hermano, el gas natural, comenzó a extenderse en Europa a finales de la década de los 90. La posibilidad de acceder a esta materia prima vía gasoducto (desde los yacimientos rusos hacia el norte del continente y desde Argelia a España) o sometiéndola a un proceso de licuación (GNL) en las costas de los países productores para ser transportada por barco y regasificada en los de destino, impulsó su consumo para uso doméstico y, muy especialmente, para la producción de electricidad. Solo en España, en el año 2005 se pusieron en funcionamiento 12 centrales de ciclo combinado, uno cada mes.

El gas estaba llamado a sustituir a las centrales de carbón; a un parque nuclear de futuro incierto y, ya en plena lucha contra el cambio climático, a ser el respaldo de las energías renovables durante la transición energética, por su ventaja frente al carbón, ya que emite la mitad de CO2 que este. La peligrosa dependencia de este combustible ha quedado patente con la guerra de Ucrania: el 40% del gas que consume Europa es ruso, con una factura diaria de unos 660 millones de euros. Y se deja ver en el caso de Argelia, que hasta el año pasado suministraba a España a través de dos gasoductos: el Magreb-Europa, vía Marruecos, y el Medgaz, que enlaza directamente con España por Almería.

El primero fue clausurado por el Gobierno argelino el pasado octubre esgrimiendo su histórico conflicto con Marruecos, que se beneficiaba de un peaje de paso y dejó a la península sin un tubo con una capacidad de 11 bcm (mil millones de metros cúbicos) de gas. Es curioso comprobar cómo, ante las reticencias, los dos colosos gasísticos, Rusia y Argelia (esta en mucha menor medida) han coincidido en trasladar a sus clientes europeos una imagen de seriedad: “Rusia siempre ha cumplido”, se decía en Alemania, o “¿Cuándo ha fallado Argelia?”, se oía en España. Hay quien considera que la política de descarbonización europea ha puesto sobreaviso a los productores de combustibles fósiles, que intentan cobrarse ahora las pérdidas que les esperan en el futuro.

En el mundo de la dependencia energética hay distintos grados: la geopolítica es la más grave pues el suministrador tiene en sus manos la llave de paso. Este es el caso de la que mantienen los países del norte y el centro de Europa con Rusia, sobre los que pende en estos momentos un serio problema de desabastecimiento dada la irracionalidad del conflicto. Aunque Rusia mantiene el fluido del gasoducto Nord Stream I que llega a las costas alemanas del Báltico, la esperada inauguración del gemelo Nord Stream II, con una capacidad de 55 bcm de gas, se ha frustrado (por el momento).

Echando la vista atrás, ahora parece evidente que los tambores de guerra, que nadie oyó, comenzaron el verano pasado cuando Putin decidió recortar la oferta de gas a Europa (un 25%) y  dejar al ralentí los gasoductos de Ucrania que, junto con los bielorrusos, se ramifican hacia Polonia, Hungría, Rumanía, Moldavia y bajan hasta Austria e Italia, provocando una escalada inédita de los precios de la electricidad en toda Europa.

Mucho consumo, pocos recursos

Además, la Unión Europea, sin recursos naturales pero gran consumidora de hidrocarburos, sufre otra dependencia, que no afecta al suministro, pero sí a su factura económica. Aunque una de las recetas que esgrime ahora la Comisión Europea para superar el riesgo político es la diversificación geográfica del abastecimiento recurriendo al GNL, este no se libra de la alta volatilidad de los precios internacionales que impactan de lleno en los de la electricidad. Y es que la escasez del bien lleva al gas a marcar precio en los mercados mayoristas (340 euros/MWh para hoy) por el llamado coste de oportunidad. Con parte del gas de Rusia fuera de combate (valga la ironía) y siendo este país el primer productor mundial, quedan en el mercado Catar (en estos momentos, a toda máquina), Australia y Estados Unidos. Aunque este país tiene una capacidad de exportación limitada, pues carece de suficientes plantas de licuación, disfruta de un precio de 14-15 euros /MWh, frente a los 151,58 euros/MWh (y en ascenso) ayer en la península.

El papel de las regasificadoras será clave para impulsar la compra de gas por barco, según recomienda Bruselas. Pero, salvo en España, que cuenta con seis plantas activas, construidas en la primera década del siglo para paliar su aislamiento energético y cubrir la fuerte demanda de aquellos años, en el resto de países este tipo de plantas (o puertos, como los denominan en Alemania) son testimoniales: por rechazo social, como en Italia, por falta de litoral o por la falsa tranquilidad de contar con el gas ruso. Sea como fuere, el supuesto papel que pueda jugar España (el GNL representa el 70% del gas frente a una media del 10% en el conjunto de Europa) para abastecer desde el sur al resto del continente es una entelequia porque la conexión con Francia es escasa y el país vecino no está por la labor. El propio regulador sectorial español, la CNMC, se opuso al proyecto de gasoducto por el Mediterráneo (Midcat), alegando que se trataba de una infraestructura muy cara que pagar los consumidores en su factura del gas. Además, eran tiempos de crisis, con una demanda debilitada.

En el corto plazo solo cabría el milagro de un cese del conflicto y un cambio del régimen político ruso. Descartados los pensamientos oníricos, tampoco en el medio plazo mejora la situación. Únicamente, por las medidas paliativas fiscales impulsadas por la Comisión Europea, para aligerar las elevadas facturas de la energía, que impactan especialmente en los consumidores vulnerables y la industria.

Y no, no nos olvidamos del papel de las energías renovables para reducir la dependencia del gas, porque cuanta más producción verde haya más horas marcará el marginal del pool. Pero, aunque su presencia es ya relevante, es necesario un mayor impulso (algunas van rezagadas y es necesario multiplicar por tres su actual capacidad), así como respaldo de los sistemas de almacenamiento o el desarrollo del hidrógeno verde (todo ello, con un alto precio).

Entre tanto, la situación da alas a los partidarios de aplazar el cierre de las centrales nucleares, previsto en España entre 2027 y 2035, y que cubren el 20% de la demanda eléctrica.

 

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