El elevado precio de la dependencia energética en el mercado exterior

La recuperación de la actividad económica en España a lo largo de 2021, tras los meses más duros de la crisis sanitaria, ha quedado reflejada en el fuerte crecimiento de las exportaciones de bienes durante ese ejercicio, con un récord histórico de 316.609 millones de euros, lo que supone un 21% más que en 2020. La intensa recuperación del músculo exportador, gracias al vigor de una economía recién salida de una hibernación forzosa, fue neutralizada por el crecimiento exponencial de las importaciones, que aumentaron casi un 25% más, hasta situarse en 342.787 millones de euros y duplicar el déficit comercial.

El gran motor de esta avalancha de compras al exterior fue el desbocado rally de los precios de la energía, especialmente patente a partir del segundo semestre de 2021, que ha golpeado a la mayor parte de las economías, pero lo ha hecho con especial virulencia en aquellas fuertemente dependientes del gas y del petróleo, como es el caso de la española. Los datos de la Secretaría de Estado de Comercio arrojan un desequilibrio comercial determinado en más de un 95% por el coste de la energía. También la crisis de suministros, en especial la de semiconductores, se ha reflejado en los datos de la balanza comercial. Los cuellos de botella y los parones en la producción que ha provocado en la industria del motor la escasez de microchips han relegado a este sector al cuarto puesto en el ranking de exportadores, lo que evidencia la seria crisis que vive en este momento.

Tanto el coste de la energía como la crisis de suministros son factores de riesgo globales, cuyo control no depende de España, lo que aumenta la incertidumbre y las dudas sobre cómo afrontarlos y protegerse de ellos. La desbocada carrera en el coste de la energía no tiene una salida fácil y las previsiones apuntan a que tampoco será rápida. Los analistas calculan que el precio del crudo podría llegar a los 100 dólares este año, mientras la factura del gas seguirá sometida a la crisis geopolítica desatada en torno a Ucrania y a los intereses económicos de Moscú. En el caso de la crisis de microchips, la respuesta europea pasa por promulgar una ley que facilite y canalice inversiones para la creación de fábricas en la UE, pero cuyo horizonte temporal parece demasiado amplio para combatir el problema aquí y ahora.

Todo lo anterior apunta a la necesidad de contar con una política económica eficiente y realista, ya se trate de exportaciones, de empleo o de gestión de fondos europeos, que parta de una corrección del cuadro macro del Gobierno, apueste por la moderación en el gasto y marque la senda hacia la consolidación fiscal.