El MWC de Barcelona, ante el desafío de su futuro

Parece tener más sentido una apuesta decidida por uno fuerte en 2022, sin ausencias notables, que el empeño por uno desolado este año

El Mobile World Congress (MWC), que se venía celebrando exitosamente en Barcelona desde 2006, cuando la capital catalana se lo arrebató a la glamurosa Cannes, se enfrenta de nuevo a momentos decisivos para la celebración de la edición de este año, tras su aplazamiento hasta finales de junio y con el antecedente de la suspensión en 2020. A la baja anunciada por el grupo sueco Ericsson esta misma semana se han unido rápidamente otras grandes empresas en una suerte de efecto dominó tan acelerado que tal parece que muchas esperaban una señal para anunciar su ausencia. Nokia, Sony Mobile, Oracle y Facebook ya están en la lista de grandes grupos que no acudirán este año. Son empresas de enorme peso específico para el evento y el proceso retrotrae a la edición pasada, cuando la GSMA, propietaria y organizadora del MWC, canceló el evento una semana después de que LG abriese la lista de bajas al decir que no asistiría.

Las empresas que ya han anunciado su ausencia, o que solo participarán virtualmente, argumentan dudas relativas a la seguridad sanitaria pese a las estrictas medidas anunciadas por la GSMA y, como el pasado año, los contagios se muestran como principal amenaza en un evento pensado para reunir a decenas de miles de profesionales de todo el mundo. Una amenaza que crece a la vista del escaso ritmo de vacunación.

En el sector crecen las voces sobre las serias dificultades para la celebración y la potencial suspensión por segundo año consecutivo, lo que no sería una buena noticia. Sin embargo, y descontando que la salud es lo primero, es probable que al final todo dependa de lo que hagan las grandes operadoras como Vodafone, BT, Deutsche Telekom y, sobre todo, Telefónica, además de otros gigantes como Samsung, Huawei, Xiaomi, Intel o Qualcomm, cuyos responsables aún siguen evaluando la situación.

Una versión descafeinada, con pocos asistentes por el Covid o aplazada aún más en el tiempo –hasta acercarla a la edición de 2022– no favorecería al certamen, sino al contrario. Por ello parece tener más sentido una apuesta decidida por un MWC fuerte el año próximo, sin ausencias notables, que el empeño por uno desolado en este. Ello requeriría renovar y reforzar mirando al futuro el compromiso de la propia GSMA, que por ahora lo ha demostrado cumpliendo su contrato, y del Gobierno central, la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona.

La pérdida coyuntural de empleo e ingresos este año puede convertirse en una acertada apuesta a largo plazo si se hacen bien las cosas, lo que es incompatible con una pérdida de relevancia que daría al traste con el éxito en una ciudad que, frente a inoportunas algaradas callejeras, huelgas en el transporte y desafección de ciertos políticos, sí ha sabido apreciar todo el valor del MWC y ser su trampolín internacional.