Vacunarse contra la opacidad

Hemos pagado, entre otras cosas, el precio de la falta de transparencia

A health worker prepares a dose of the AstraZeneca vaccine to be administered at a vaccination center set up in Fiumicino, near Rome's international airport, Thursday, Feb. 11, 2021. AstraZeneca is of the three vaccines authorized by the European Medicines Agency for use in the 27-nation bloc, the other two are Pfizer-BioNtech and Moderna. (AP PhotoAlessandra Tarantino)
A health worker prepares a dose of the AstraZeneca vaccine to be administered at a vaccination center set up in Fiumicino, near Rome's international airport, Thursday, Feb. 11, 2021. AstraZeneca is of the three vaccines authorized by the European Medicines Agency for use in the 27-nation bloc, the other two are Pfizer-BioNtech and Moderna. (AP Photo/Alessandra Tarantino) AP

¿Alguien ha olvidado la llegada a nuestro país de las primeras vacunas contra la Covid-19? Es probable que quede marcada como una fecha para la historia: el principio del fin. Pero el advenimiento de aquel solitario palé, con aires hollywoodienses y un ostentoso vinilo amarillo-Gobierno, enmascaraba una empresa menos pomposa, aunque mucho más hercúlea: la compra europea centralizada de vacunas, coordinada por la Comisión.

Los que llevamos más años en Bruselas sabíamos que la minimización de la paternidad europea –relegada a la finísima bandera del extremo de la caja– iba a durar poco: exactamente el tiempo que tardara en llegar la primera crisis con las vacunas. No nos equivocamos. Una vez más, se cumplió la ley de hierro por la cual las victorias se nacionalizan y los reveses se comunitarizan. Los éxitos europeos tienen 27 padres; los fracasos, quedan huérfanos. Y el revés no ha tardado en llegar. La culpa es de Europa.

Tratemos de aclarar las cosas. La financiación del desarrollo de las vacunas y la compra central anticipada por parte de la Comisión Europea ha sido una estrategia acertada y audaz. Se ha demostrado también que la Unión aprende de sus errores: si la sacudida en la anterior gran crisis, hace una década, casi nos parte por el eje (acuérdense de Tsipras), no quiero ni pensar qué hubiera pasado esta vez si tuviéramos Estados miembro de primera y de segunda en el acceso a las vacunas. Hoy, sin embargo, países como Malta o Alemania, Suecia o Portugal, España o Eslovenia tienen la misma capacidad para adquirir y dispensar vacunas a sus ciudadanos. Es el mayor servicio a la unión que se podría pedir en un momento tan complejo.

Dicho esto: una buena idea no está exenta de una mala ejecución. Los errores de Von der Leyen y la Comisión han quedado al descubierto en el primer encontronazo con AstraZeneca y han dado lugar a días de desconcierto y frustración. Es cierto que el contexto ayuda a equivocarse y no es justo el oportunismo. Pero tampoco podemos pasarnos de indulgentes, porque, después la eurofobia, no hay nada más dañino para el proyecto común que la eurocomplaciencia. Tenemos el deber moral de no entregar el vital espacio de la crítica solo a quienes lo ocupan para la demolición.

La negativa de AstraZeneca a suministrar a la UE las vacunas prometidas tuvo el mismo efecto que el de la alarma antiincendios de la cámara acorazada de un banco: fuego en el lugar más escondido y menos deseado. El lugar que no solo atrae todas las miradas, sino donde es imposible apagarlo sin entrar abriendo las siete llaves.

Eso es exactamente lo que ha ocurrido en Bruselas. A cada nuevo desplante de la farmacéutica más imperativo e inevitable se hacía conocer las condiciones firmadas, para dirimir responsabilidades. El pulso desesperado por apagar el incendio llevó a la Comisión incluso a amagar con prohibir las exportaciones, tensando aún más la situación en Irlanda que vive, delicadamente, la restauración de una frontera en la isla tras el acuerdo del Brexit alcanzado in extremis.

Hemos pagado, entre otras cosas, el precio de la falta de transparencia. Descubrimos que la propaganda no se limita solo a los países. Que la opacidad y la ausencia de consultas son contagiosas y que el proyecto europeo, sometido a una dura prueba, tiene que encontrarle una vacuna. Porque estamos viendo sus consecuencias. Es cierto que lidiar con 27 países retrasa los procesos, pero este no es un momento cualquiera; es verdad que hay presiones para recortar los gastos, pero rebajar el precio de las dosis no puede estar nunca por delante de conseguirlas cuanto antes y en cantidades suficientes. Y no solo por cuestiones morales: también económicas. No hay precio a pagar comparable al de mantener la economía cerrada y los hospitales desbordados.

Estamos de acuerdo en que juntos somos más fuertes, y seguimos pensando que era una buena idea comprar juntos las vacunas, para tener las suficientes cuanto antes. Pero las cosas no han salido así. Llegará el momento de las responsabilidades; tiene que llegar. Ahora es fundamental conocer el detalle de los contratos firmados por la Comisión con los laboratorios y reclamar su cumplimiento. Y, sobre todo, es fundamental corregir y mejorar la gestión del suministro de vacunas. Disminuir los contagios, salvar vidas, acelerar la recuperación.

Cualquier otro desenlace plantea dos graves problemas. El primero es que el prestigio de la UE queda en entredicho; las consecuencias son funestas para su capacidad futura de negociar y hacer cumplir los acuerdos pactados. El segundo tiene que ver con los europeos. Cuesta mucho conseguir la confianza; cuesta muy poco perderla. Para creer en su Unión, para apoyarla, los ciudadanos tienen que ver con toda claridad no que se están haciendo todos los esfuerzos posibles, como explicó AstraZeneca, sino todos los esfuerzos necesarios para garantizar que no se juega con su salud. Bajo ningún concepto.

Adrián Vázquez Lázara, eurodiputado de Ciudadanos, es presidente de la Comisión de Asuntos Jurídicos del Parlamento europeo.


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