El peor momento para retornar a las rigideces en las relaciones laborales

La contrarreforma laboral será quizá tan obsoleta tras la pandemia como la reforma que pretende derogar

Las intenciones y contraintenciones, las reformas y contrarreformas y las conveniencias e inconveniencias, activadas primero y desactivadas después por el Gobierno y sus socios, permanentes u ocasionales, acerca de la normativa laboral llevan el camino de convertirse en una fantasmal comedia del absurdo; una trama laberíntica coronada por el paroxismo político alcanzado en las últimas 48 horas con el supuesto acuerdo de Pedro Sánchez con EH Bildu, oficiado por la mediación nada casual ni inocente de Pablo Iglesias, pero corregido y contracorregido después, y negociado a cambio de una abstención que no necesitaba para prorrogar el estado de alarma. Una frivolidad política inexplicable, en definitiva.

Cuesta atisbar con claridad lo que está en juego con este tipo de operaciones, pero seguramente se trata de la consistencia y continuidad de las alianzas parlamentarias que llevaron a Sánchez a La Moncloa, que algunos de sus socios ven amenazada por la irrupción ocasional de Ciudadanos en el poliédrico juego en el que se ha convertido la actividad parlamentaria para sostener a un Ejecutivo cuya debilidad se ha acentuado. Pero lo que de verdad está en juego, aunque parezca haber pasado a un plano secundario, es la supervivencia de la economía, y con ella la de miles de empresas y millones de trabajadores que ven amenazado su porvenir por la paralización forzosa de la actividad.

Volver a colocar en el centro del debate la derogación de la reforma laboral de 2012 es una frivolidad muy cara e inexplicable cuando se trata de salvar de la insolvencia y la quiebra a miles de empresas de sectores clave para el país, como el turismo, la automoción o el comercio, y cuando se trata de asegurar el mayor nivel de empleo posible en sus plantillas. Más que nunca ahora las empresas precisan de resquicios de flexibilidad para minimizar los ajustes y maximizar los recursos y las oportunidades que proporcione la demanda agregada.

Los excesos de la reforma de 2012 están identificados, y algunos de ellos incluso ya derogados (despido por absentismo imputable a bajas por enfermedad), y tiempo habrá cuando se supere la emergencia económica para subsanarlos. Pero ahora es imperativo mantener la unidad en torno a la recuperación, de la que han participado con su consenso los empresarios, pese a que determinadas medidas han maniatado la capacidad de maniobra que le otorga una economía de mercado y libertad de empresa. En todo caso, tras esta crisis el trabajo renacerá transformado, como ya ocurrió con la crisis pasada, y requerirá de una reformulación completa de las relaciones laborales y de las normas, y entonces quizás la contrarreforma laboral será tan obsoleta e inerme como la propia reforma que pretende derogar.