Tribuna

Que lo transitorio no se convierta en permanente

Para lograr la recuperación hay que evitar los riesgos que hacen que esa expectativa de temporalidad fracase y los efectos sean definitivos

La mayoría de analistas coinciden en que el efecto del Covid-19 en los mercados y en la economía será transitorio. Se espera que finalicen los contagios, que desaparezca de las noticias y que, entonces, las bolsas y la actividad económica reboten. China sirve de precedente. Para que esto ocurra así, lo que puede marcar la diferencia entre recuperar nuestros ahorros o no, debemos evitar los riesgos que hacen que esa expectativa de temporalidad fracase y los efectos se conviertan en permanentes.

 

La más importante de esas amenazas es la monetaria. Las circunstancias actuales implican un cambio en los patrones de circulación del dinero respecto a lo habitual. Se produce al mismo tiempo un aumento de la demanda de efectivo con una restricción en su oferta, lo que se traduce en desaparición de la liquidez. En un contexto de alarmismo e incertidumbre la demanda de dinero se dispara porque la primera reacción de los agentes económicos es acaparar efectivo. Las empresas para afrontar pagos ante posibles dificultades de cobros, los hogares para comprar suministros y protegerse de posibles interrupciones en sus ingresos, y los inversores para buscar refugio en activos más líquidos para lo cual a menudo exigen reembolsos de sus fondos o venden patrimonio. Al mismo tiempo, la perspectiva de menor crecimiento económico y caída en la valoración de los activos financieros hace que las entidades financieras restrinjan la concesión de crédito. Esto bloquea los canales de circulación monetaria y reduce, por tanto, la oferta de efectivo. Todo ello constituye un círculo vicioso que puede realimentarse en un sistema como el actual, acostumbrado a vivir en un océano de liquidez.

 

La consecuencia es que los agentes económicos encuentran mucho más difícil afrontar sus pagos, en un contexto, además, en el que sus cobros y sus ingresos se reducen de forma muy acusada; un proceso que también se realimenta a sí mismo. Además, hace que las valoraciones de las compañías que sufren este problema se desplomen aún más. Y algo parecido puede ocurrir con los fondos de inversión si los partícipes empiezan a exigir reembolsos, sobre todo entre los ETF. En suma, el principal problema al que nos enfrentamos ahora está más relacionado con la estabilidad financiera que con el impacto económico del coronavirus. Y es que si ese proceso se desencadena podríamos encontrarnos con la tan temida transición de un proceso transitorio a otro permanente. Ya no estaríamos sólo ante un shock de oferta y de demanda, que es temporal, sino ante un impacto sobre los balances. Es decir, las valoraciones de los activos que soportan los estados financieros de la mayoría de agentes cambiarían de forma brusca, entrando en una fase, ya entonces sí, similar a lo que ocurrió en 2008.

 

Esta amenaza justifica las medidas de los bancos centrales. Las bajadas de tipos de la Fed y del Banco de Inglaterra han sido criticadas por su escaso valor para soportar el crecimiento. Pero es que el objetivo es dotar de liquidez para soportar la estabilidad financiera mientras transcurre el impacto del virus. En este sentido, da cierta tranquilidad observar la contundencia de las acciones, así como la coordinación entre distintas autoridades monetarias y la entrada en juego de la política fiscal. Si bien no evita el daño a los beneficios y al PIB, sí que permiten mantener el sistema funcionando con la fluidez suficiente como para esperar con paciencia la eventual recuperación. Si no hay sustos por medio, ni se materializan otras amenazas.

 

Alberto Matellán, Economista Jefe, Mapfre Inversión