Gestión

La Gestión Pasiva, en perspectiva

Se calcula que en Estados Unidos este estilo de gestión supone ya la mitad de todos los activos en fondos que invierten en acciones americanas

La Gestión Pasiva, en perspectiva

La gestión pasiva está de moda. Se calcula que en Estados Unidos este estilo de gestión supone ya cerca de la mitad de todos los activos en fondos que invierten en acciones del mercado americano, un 25% más que hace una década.

Los inversores que se sienten atraídos por este tipo de fondos, a menudo ETFs (“Exchange Traded Funds” o fondos cotizados), acuden al reclamo de sus bajas comisiones y elevada diversificación. Muchos estudios además, cuestionan el éxito de una nada desdeñable cantidad de vehículos de gestión activa y concluyen que las mayores comisiones que estos cobran estarían poco o nada justificadas.

De algún modo, un gran número de inversores, cada vez más, prefieren ahorrar en costes y ligar el resultado de su inversión a un bloque de activos con una estructura predeterminada, quizás ligada a un índice o “indexada” y con escaso margen de maniobra cualesquiera que sean las vicisitudes por las que atraviesen los mercados.

Pero ¿de verdad tiene sentido invertir en este tipo de estructuras sin profundizar más? ¿Es esta una forma de invertir óptima? ¿Podemos considerarlo una forma exclusiva de alcanzar el éxito en nuestras inversiones? Me gustaría que reflexionásemos sobre ello.

Ciertamente, cualquier inversor con mediana experiencia habrá podido comprobar lo difícil que es batir a los índices cuando estos suben con fuerza en mercados alcistas. Por el contrario, la protección que brinda una buena diversificación de cartera, compuesta por valores seleccionados cuidadosamente, suele permitir usualmente batir a los índices cuando estos se ven afectados por el pánico vendedor, salvo que invirtamos en títulos de riesgo elevado o con una “beta” muy alta.

Muchas veces, los índices no tienen por qué resultar la mejor opción de inversión en un momento determinado. Pongamos un ejemplo: a principios del mes de septiembre de 2008, en los días previos a la quiebra de Lehman Brothers, el índice IBEX 35 que se toma como referente más importante del mercado español, mostraba una composición cuando menos peculiar.

El 70% del índice se explicaba con tan solo 3 sectores:

  • 32% bancos
  • 20% eléctricas
  • 18% telecos

Dicho 70% venía representado por 11 de los 35 valores, y el 18% del sector telecomunicaciones venía representado por una única compañía: Telefónica.

Me atrevería a decir que si hubiésemos preguntado a un inversor medio si esta composición de cartera le parecía razonable, da igual en qué momento del tiempo, muchos habrían respondido negativamente debido al exceso de concentración del mismo que acabo de explicar.

A posteriori, es fácil intuir el grado de perjuicio “extra” que sufrió un inversor indexado al IBEX 35 tras el estallido de la gran crisis financiera y el desplome especialmente doloroso del sector financiero e inmobiliario posterior a esas fechas. Sin embargo, muchos gestores tomaron la decisión de “salir” de bancos, promotoras inmobiliarias, etc., evitando así males mayores y batiendo ampliamente al índice.

Probablemente este sea un ejemplo extremo, pero que ilustra muy bien la capacidad que tienen los gestores con estrategias de posicionamiento activo para corregir la composición de sus carteras y de adecuarlas a las circunstancias del mercado en cada momento. En cambio, los vehículos de gestión pasiva por su propia esencia, adolecen de dicha posibilidad, lo cual nos deja a merced de la diosa fortuna.

Cierto es, además, que tampoco todos los índices se componen de igual manera. Cada índice tiene sus propias normas de cálculo y se construye en virtud de parámetros que pueden diferir de muchos otros. Por ejemplo, el IBEX 35 es un índice de capitalización ajustada a capital flotante, y tiene en cuenta factores como tamaño, liquidez, volumen de negociación, etc..

Sin embargo, un índice legendario como el Dow Jones Industrial, compuesto por 30 compañías americanas de gran tamaño, se construye únicamente mediante un cálculo del promedio de precio de sus acciones.

Como mucha gente sabe, el precio unitario de un determinado título es una característica que en sí misma, y sin tener en cuenta otros factores, aporta muy poca información. Para hacerse una idea de que esto supone, les diré que las acciones de Boeing ponderan casi 10 veces más en el índice Dow Jones que las de Pfizer, solo por el mero hecho de que la compañía aeronáutica cotiza a 340$ mientras que las acciones de la farmacéutica lo hacen a 36$.

Una vez que sabemos esto, ¿creen ustedes que vincular nuestras inversiones a estas construcciones dinámicas predefinidas sin ir un paso más allá sigue siendo nuestra mejor opción? Si la respuesta sigue siendo afirmativa, adelante.

Pero como ven, elegir un índice al que adherirse para invertir en un vehículo de gestión pasiva no es cuestión baladí. Podemos darle mayor o menor relevancia, y conceder a ciertos índices mayor o menor representatividad, pero en algún momento habremos de juzgar si el subyacente de nuestra inversión en cada momento del tiempo es el idóneo para la situación de mercado que estemos afrontando.

Elegir un índice al que adherirse para invertir en un vehículo de gestión pasiva no es cuestión baladí

En resumidas cuentas, cuando invertimos en gestión pasiva estamos asumiendo con cierta frialdad que aquello a lo que nos indexamos es la mejor de nuestras opciones a largo plazo. Si a la postre esto resultará ser así, sólo el tiempo lo dirá.

Reconozcamos que a pesar de todo batir a los índices a largo plazo no es tarea fácil y que la gestión pasiva ofrece una alternativa “low cost”, sencilla y cómoda para invertir de manera diversificada. Sin embargo, el mundo está en continua transformación y hay sectores ganadores y perdedores.

Tecnología, Automóviles, Petróleo, Medios de comunicación, etc… atraviesan fases alcistas y bajistas con las que el gestor de su fondo toma decisiones relevantes para su patrimonio.

En el mundo de la inversión, no hay reglas fijas ni absolutas. Tampoco hay resultados ciertos sino hipótesis más o menos previsibles. La gestión pasiva es una posibilidad más entre tantas, que podrá ser útil según qué propósito, con sus virtudes, pero también con sus inconvenientes.

Como inversores responsables, hacer uso del sentido común y de todas las herramientas a nuestro alcance de gestión activa y pasiva, es nuestra mejor baza en un mundo en permanente evolución donde tomar decisiones parece no sólo adecuado, sino también muy recomendable.

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