Aramco, no es oro (negro) todo lo que reluce

A la vista de la falta de atractivo internacional, el esfuerzo inversor ha sido local y se ha traducido en un reciclaje de recursos nacionales

Aramco, no es oro (negro) todo lo que reluce

Resulta tremendamente paradójico que durante la semana de la cumbre anual del clima de Naciones Unidas (conocida como COP25 y desarrollada en Madrid), una compañía que vende el 10% de los barriles de petróleo del planeta haya acaparado las portadas de todo el mundo. El pasado miércoles 11 de diciembre, Aramco llegaba a lo más alto del ranking histórico de ofertas públicas de venta de acciones (OPV), cuando consiguió 25.600 millones de dólares vendiendo tan solo el 1,5% de sus acciones.

La acción de Saudi Arabian Oil Company (Aramco) cerró su segundo día de cotización con una valoración de 1,96 billones de dólares. Es el segundo récord que marca esta compañía: se ha convertido en la empresa cotizada más grande de la historia. A su lado, la todopoderosa Apple, palidece con sus 1,2 billones de dólares. Sin embargo, no es oro (negro) todo lo que reluce.

La salida a Bolsa de Aramco se encuadra en el proceso de transformación económica iniciado en el Reino de Arabia Saudita en 2016 por su joven gobernante, el príncipe heredero Mohammad bin Salman (conocido por las siglas MBS). La denominada Vision 2030, es una estrategia económica y social que pretende reducir “la adicción al petróleo” del Reino (en palabras del propio Príncipe).

Este ambicioso plan necesitaba nuevos recursos económicos. Sin embargo, la caída en picado del precio del barril de petróleo de 2014-2016 no ayudó a conseguirlos y, desde entonces, la salida a Bolsa de Aramco se previó como una fuente clave de nuevo capital que impulsara la Vision 2030.

En abril de 2016, el Príncipe pensaba que la salida a Bolsa reportaría unos 100.000 millones, con la venta del 5% de las acciones de Aramco, con una valoración de 2 o 2,5 billones de dólares. La realidad, sin embargo, no ha sido tan satisfactoria. La OPV ha sido cuatro veces menor, han salido a bolsa tres veces menos acciones de las previstas, y la valoración en la OPV fue de 1,7 billones.

A la vista de la falta de atractivo internacional, el esfuerzo inversor para asegurar la solidez de la operación ha sido netamente local: el 75% de los inversores institucionales son locales y los internacionales son, más bien, regionales: se estima que los fondos soberanos de Abu Dabi y Kuwait habrían supuesto cerca del 10% de la OPV. De hecho, la salida a Bolsa de Aramco en la bolsa saudí, plantea una interesante paradoja. La empresa más grande del mundo cotiza en una de las bolsas más pequeñas del mundo: el Tadawul, que así se denomina al parqué saudí, ocupa el puesto número 20 y su tamaño por capitalización es la mitad de la bolsa española.

La estrategia del Reino, una vez rebajadas las expectativas, ha sido la de cumplirlas de manera muy holgada, y se ha conseguido. La salida a Bolsa se ha promovido (y financiado) entre sus ciudadanos como una muestra de orgullo nacional: comprar acciones de Aramco es ser parte de la historia y del futuro del país.

Sin embargo, este apoyo doméstico arrastra a otra de las paradojas: la escasa entrada de nuevo capital del exterior hace que más bien se produzca un reciclaje de recursos nacionales. Una transferencia de capital de familias y empresas saudíes a su propio Gobierno. No era esta la intención inicial ni era necesaria, en realidad, en estas condiciones. ¿Por qué? Porque, de hecho, las operaciones de deuda pública en el mercado internacional que ha realizado el Reino en los últimos 3 años han sido tremendamente satisfactorias. Ha recaudado 60.000 millones de dólares desde que debutó en los mercados a finales de 2016. Más del doble de lo obtenido con Aramco.

Entre los problemas que han planteado los inversores internacionales destaca la gobernanza de la compañía y su independencia. El 98,5% de las acciones de Aramco sigue en manos del Reino. El actual presidente del consejo de Aramco, designado en septiembre de 2019, es también el CEO del fondo soberano (Public Investment Fund). El PIF, que gestionará los ingresos de la OPV, es el brazo inversor liderado por el Príncipe y el encargado de coordinar los recursos necesarios para avanzar la Vision 2030.

Además, la salida a bolsa en Tadawul y no en Londres o Nueva York ha sido un varapalo importante en cuanto a visibilidad y mensaje: la idea detrás de la salida a Bolsa era la de vender al mundo las bondades de un país en plena transformación económica y social que está abriéndose al mundo y en el que los inversores deberían fijarse. Pero los inversores aún han visto una tensión geopolítica elevada en la región: el más relevante, los recientes ataques que sufrieron activos estratégicos de Aramco en septiembre de 2019, con un impacto en el precio del petróleo superior a la invasión de Kuwait (aunque corregido de forma extraordinariamente rápida pocas semanas después). Además, las previsiones del mercado son complicadas, tanto por el lado de la oferta, con el papel de EEUU (hoy ya exportador neto de hidrocarburos), y por una demanda amenazada por riesgos regulatorios ligados a exigencias climáticas. Asimismo, Aramco depende de la creciente demanda asiática (India y China) que, amenazada por la inestabilidad en materia de seguridad en el Golfo y la necesidad de disminuir las emisiones, ya está planteando planes ambiciosos de energía renovable.

Con todo, Aramco es una empresa muy eficiente, que extrae el petróleo más barato y menos contaminante del mundo y que se posiciona como la empresa que servirá el último barril de petróleo cuando el oro negro deje de brillar, en algún momento de las próximas décadas.

Javier Capapé es Director, Sovereign Wealth Research en Center for the Governance of Change de IE University