El reto de internacionalizarse en plena desaceleración

El mercado europeo tiene perspectivas limitadas, lo que hace aconsejable apostar por áreas emergentes en regiones como Asia-Pacífico y África

El reto de internacionalizarse
en plena desaceleración

Los indicadores económicos españoles muestran signos de desaceleración (el consenso de los analistas sitúa el crecimiento para este año en el 2% y en el 1,6% para 2020). Las empresas que ya exportan están viendo la forma de intensificar sus ventas en el exterior con el fin de disminuir el riesgo inherente al ciclo económico del mercado interno, y otras, las que todavía mantienen en la lista de deberes el reto de la internacionalización, a buen seguro se lo están planteando.

Exportar o instalarse en los mercados exteriores con productos o instalaciones comerciales o productivas propias, además de una forma de diversificar el riesgo, supone para una empresa vender más y con ello acceder a la posibilidad de ganar tamaño estructural y financiero, lo que a su vez constituye la premisa para crear más empleo e incorporarse a la rueda de la innovación. En suma, la internacionalización exige una adecuada posición competitiva de partida, pero a su vez, posiciona a la empresa en una disciplina que le permitirá mantener en adelante estándares de volumen, calidad y competitividad.

El periodo de crisis económica y financiera que se inició en 2009 fue un ejemplo de la dinamización que consiguió el sector exterior en España, mérito, casi en exclusiva, de las propias empresas, y en especial de las pymes, que reaccionaron a la contracción del mercado interior con una apuesta decidida por las exportaciones. Ello dio como resultado que el sector exterior se convirtiera en el principal motor de recuperación de nuestra economía y que su peso entre los componentes del PIB adquiriese unos valores de excepción.

España, según los últimos datos del INE, exportó el año pasado un total de 422.170 millones de euros en bienes y servicios, lo que supone el 35% del PIB nacional, una tasa solo superada por Alemania (con el 39,5%), pero claramente superior a Francia o Italia, por citar a dos de las tres mayores economías de la UE. A este respecto, vale la pena recordar que, en 2009, año de inicio de la crisis, las exportaciones de bienes y servicios representaban tan solo el 23%.

El contexto económico en el que deberán moverse las empresas con negocios en el exterior en este nuevo ciclo presenta algunos rasgos diferenciales respecto del anterior periodo de crecimiento iniciado en 2014. Por un lado, nos encontramos con que los principales destinos de nuestras ventas al exterior, situados en Europa y en el entorno de la moneda común, a los que destinamos el 51% de nuestras exportaciones, presentan un débil crecimiento, con una previsión cercana al 1,2% para este año y el que viene. Y por otro, el rápido avance de las políticas proteccionistas en el mundo, cuyo detonante han sido las tensiones económico-políticas entre los Estados Unidos y China, que han atenuado las expectativas de crecimiento del comercio mundial, hoy situado en el 3,2% y con perspectivas de reducirse hasta el 2,7% en el ejercicio venidero.

Para terminar de enmarcar este escenario internacional para los negocios, es previsible que se produzca además un redireccionamiento de los flujos mundiales de abastecimiento en busca de nuevos mercados que puedan funcionar como alternativa a las nuevas fronteras que las medidas arancelarias de los dos gigantes económicos han impuesto.

En consecuencia, y en la medida en que nuestro tradicional mercado exterior europeo presenta un potencial de crecimiento más bien limitado, es fácil prever que las oportunidades en esta nueva etapa se sitúen en mercados emergentes, algunos de ellos localizados en las áreas Asia-Pacífico y África, donde las economías presentan en estos momentos las tasas de crecimiento más elevadas a nivel global. Eso supondrá para muchas empresas adoptar una serie de cautelas con los que amortiguar o controlar los nuevos riesgos.

A los aspectos legales y culturales, que forman parte de los deberes que toda empresa exportadora deber realizar antes de afrontar cualquier nuevo mercado, deberá sumar el análisis de los riesgos financieros, entre los cuales el relacionado con el tipo de cambio no es menor. La cotización de las divisas depende de factores incontrolables para las empresas, ya se trate de decisiones políticas, económicas, fiscales o monetarias. Estas últimas, por cierto, atribuibles a los Bancos Centrales, que en los últimos años han adquirido una importancia capital como herramienta para apuntalar o estimular el crecimiento.

En tanto que las empresas propendan a una mayor exposición a mercados fuera de la órbita del euro, sus márgenes estarán más expuestos a los tipos de cambio. En este contexto, la respuesta de los directores financieros no debería consistir en dejarse guiar por su olfato para adelantarse a la volatilidad que generan las decisiones de los reguladores o sobrerreaccionar ante determinados acontecimientos de mercado. Tampoco deberían dejarse llevar por la “facilidad” de cobrar sus exportaciones en euros pues, en la mayor parte de los casos, esa “sencillez” se traduce en peores precios finales para en importador y, por tanto, en pérdida bien de competitividad, bien de margen financiero para el exportador.

En su lugar, la mejor alternativa es blindarse mediante las herramientas financieras más sencillas posibles, garantizándose un precio cierto de cambio de la moneda a lo largo de un determinado periodo y cubrir así su exposición a la divisa externa, pudiendo centrarse en mejorar ese factor de competitividad que sí depende de ellas: la mejora de sus productos y sus procesos mediante la innovación.

 Luis Azofra es Director general de Ebury España