Una oportunidad única para ampliar miras en la inversión

El inversor resulta crucial en la economía verde, porque es él el que elige a quién proporcionar capital y deuda y asigna recursos

Una oportunidad única para ampliar miras en la inversión

Tiempo de actuar: ese es el principal mensaje de la actual cumbre del clima en Madrid. En la mayoría de plataformas de opinión se pide un cambio en el sistema económico. Desde la cumbre de París en 2015, todos los agentes económicos deben tomar medidas para evitar el aumento de temperatura que puede ocasionar problemas graves en el futuro. Y se apunta a la actividad empresarial como el principal causante de dicha crisis climática. Tiene sentido, si se asume que la misma genera externalidades negativas (y también en ocasiones positivas), las cuales tradicionalmente ignoraba. Ahora esa exigencia se traslada también a los inversores dado que su capacidad de influencia es muy amplia.

El papel de inversor resulta determinante porque elige a quién proporcionar capital y deuda, asigna recursos. Además, al comprar participaciones, el inversor tiene una capacidad de influir de forma directa en las decisiones empresariales e incluso regulatorias, a través de su intervención en los consejos o en la gestión de las compañías. Pero sobre todo, la propia filosofía del trabajo inversor le dota especialmente para esta tarea: se basa en evaluar el futuro y analizar las consecuencias de distintas acciones y decisiones. En establecer escenarios y sus resultados probables. En resumen, están especialmente preparados para decidir quién liderará el porvenir, y por tanto, para conferir sostenibilidad a nuestro sistema económico, tanto ambiental como social.

Los recursos ingentes que se dedican al análisis para seleccionar lo más rentable desde el punto de vista financiero están empezando a redirigirse a la evaluación de otros factores; en concreto los medioambientales, sociales y de buen gobierno (terna conocida como ASG). Hemos visto un crecimiento exponencial en la información disponible en estos aspectos, así como en el uso de la misma. Además hay acciones múltiples en este sentido, como el plan de finanzas sostenibles de la Unión Europea. La conjunción de iniciativas con el desarrollo de herramientas para el análisis ofrece esperanzas para un conocimiento más profundo y por tanto para la toma de mejores decisiones al objeto de proteger el planeta que compartimos.

Pero a pesar de todo, el éxito no está garantizado; quizá incluso al contrario. Esas nuevas estrategias de inversión están poco rodadas y todavía en construcción. La información que llega al inversor final es heterogénea y compleja. Por eso, se mantiene el riesgo de un uso espurio de la misma, además de conflictos de interés o del conocido como greenwashing. Y en consecuencia existe la amenaza de que la asignación de recursos errónea genere efectos negativos inesperados, o perdedores que no deberían serlo. Pongamos un ejemplo: la reducción de las emisiones de ciertos gases es prioritaria. Pero si eliminamos por completo las fuentes de energía que los producen, perpetuaríamos la pobreza en muchas regiones del globo.

Estos problemas, si no se solucionan con rapidez, podrían llegar a poner en duda el papel de los inversores como agentes clave en la preservación de nuestro entorno. Esta situación a su vez llevaría al fracaso en la tarea de garantizar la sostenibilidad del sistema económico, a pesar de disponer en exclusiva de las mejores herramientas posibles y las habilidades necesarias. Así, esta amenaza se torna muy grave en tanto que no existen agentes alternativos mejor situados para dicha tarea que los gestores de inversiones.

La solución no está tanto en las herramientas o las habilidades, que abundan, como en los criterios que guíen las decisiones de asignación de recursos. Y es precisamente aquí donde tenemos una oportunidad de oro. El ejemplo anterior demuestra que no basta con una visión limitada del problema, sino que el éxito exige una aproximación global a la sostenibilidad. Del mismo modo, los datos presentados en la COP25 señalan cómo las economías más desarrolladas son las más eficientes en términos de reducción de las emisiones. Es decir, la batalla contra la pobreza, por la inclusión o por otros aspectos importantes para el desarrollo de las personas debe ir en paralelo con la defensa del patrimonio natural. De ahí que los ODS no se centren solo en cuestiones ambientales. Es, en resumen, una aproximación a poner a la persona en el centro del sistema económico, en detrimento del mero resultado financiero.

Y es que al final la sostenibilidad consiste en que las sucesivas generaciones de personas dispongan de recursos adecuados. La protección del medio ambiente es clave, así que seamos ambiciosos y aprovechemos la oportunidad que nos brinda la COP25 para establecer mejores prácticas de inversión y miras más amplias. Y en este caso, la mira más amplia posible consiste en asumir que invertir para la sostenibilidad es invertir con el objetivo del desarrollo integral de las personas.

Alberto Matellán es Economista jefe de Mapfre Inversión