Por qué España debe impulsar el mecenazgo

A pesar de las críticas a las deducciones fiscales, la filantropía ayuda a corregir desigualdades

En la jerga diaria se confunde habitualmente el concepto de patrocinio con el de mecenazgo. Son conceptos próximos pero distintos. Una empresa o un particular patrocinan una actividad cultural o deportiva a cambio de una mejor imagen al vincularse a un objetivo de gran repercusión. Existe una contraprestación en forma de servicio de publicidad o imagen. Es el caso del patrocinio por una gran empresa de unos juegos olímpicos o de una carrera ciclista.

En el caso del mecenazgo, la actividad es puramente filantrópica y no debe existir contraprestación directa. La ayuda es desinteresada, sin retorno, salvo que el vínculo del benefactor con la institución beneficiada le otorga la satisfacción de contribuir a hacer posible los fines de la actividad apoyada, difícilmente valorable desde el punto de vista económico.

El poder público comparte con la sociedad el objetivo de apoyar determinadas actividades y les permite deducir dentro de determinados límites un porcentaje del importe de sus impuestos, sean del IRPF o del impuesto de sociedades. A través de este mecanismo el Estado cofinancia, junto con la aportación individual, la actividad elegida.

A pesar de las recientes críticas a las deducciones fiscales, en mi opinión la actividad filantrópica en la España actual no solo debe mantenerse, sino que debe acrecentarse, puesto que contribuye a realizar múltiples iniciativas que aumentan su cohesión social y territorial. Si la reciente crisis ha abierto las diferencias económicas entre los españoles, la actividad filantrópica debe ayudar a corregir, junto con la política fiscal y la recuperación del empleo, la desigualdad de oportunidades que ha sacudido a nuestra sociedad. Es fundamental que una sociedad perciba que la suerte de sus miembros depende fundamentalmente de sus méritos y no tanto de la cuna o del territorio en el que nace.

La actividad filantrópica suele asociarse con los grandes proyectos que desarrollan las grandes fortunas pero, siendo la parte más visible, no es así. Se trata de una actitud vital que permite acometer acciones solidarias, por modestas que sean, en las que una persona emplea dinero o tiempo sin buscar mayor contraprestación que la satisfacción de colaborar en la acción fomentada. Se podría hablar de microfilantropía, pequeñas aportaciones que no solo consiguen llevar a cabo proyectos compartidos, sino que cohesionan y fortalecen la sociedad que los impulsa y de las que no se tiene suficiente información.

El elevado importe de las grandes acciones filantrópicas individuales responde al gigantesco tamaño que han adquirido las empresas globalizadas, cuyos clientes se cuentan por cientos de millones.

Esta élite se impregna cada vez más de una cultura filantrópica a través de la que se propone promover el cambio social y cultural. Hace siglo y medio, los nombres de Rockefeller, Carnegie, Vanderbilt o Morgan, ligados a las industrias del petróleo, el acero, el ferrocarril o la banca, eran exponentes del impulso a actividades culturales como la música, el arte, las bibliotecas, la medicina o la ciencia. En la actualidad son los nombres de Bill Gates, Warren Bu­ffett, Richard Branson, Mike Bloomberg y un largo etcétera los que se identifican con la acción filantrópica a gran escala internacional. Aunque el caso de Estados Unidos se aleja de la realidad española, algunos ejemplos ilustran el alcance de su actividad filantrópica. Las cifras producen vértigo. Phil ­Knight, fundador de la empresa Nike, donó 400 millones de dólares a la Universidad de Stanford, que cuenta con un patrimonio financiero de 20.000 millones de dólares.

Anualmente las universidades norteamericanas reciben 40.000 millones de dólares de los que casi un 30% se concentra en las primeras 20. Harvard, institución que ha producido 47 premios Nobel, recibe 3,1 millones de dólares diarios de contribuciones filantrópicas. Entre dos instituciones universitarias como Harvard y Johns Hopkins invierten en I+D tanto como las 84 instituciones de enseñanza superior en España juntas.

La sostenibilidad del sistema de financiación privada de la universidad norteamericana se apoya en el hecho de que de la Universidad de Stanford han salido más de 20 milmillonarios y de la de Harvard 64, que donan a las universidades que les formaron gran cantidad de recursos no condicionados. Estas dotaciones contribuyen de media a un tercio de los costes de las instituciones, siendo otro tercio aportado directa o indirectamente por las Administraciones y el resto por las elevadas matrículas que cobran, lo que muestra lo costosa que es la actividad investigadora en los centros que producen grandes avances científicos.

Afortunadamente hemos asistido recientemente en España a un conjunto de acciones filantrópicas impulsadas por las grandes fortunas del país, ejemplo de responsabilidad y comportamiento ético, tanto en la generación de la riqueza como en su gestión. Bromeaba Warren Buffett, la tercera fortuna del planeta, que “a los hijos debía dejárseles suficientes recursos para que hicieran algo, pero no tanto como para que no hicieran nada”.

Algo parecido deberían hacer las grandes empresas con las remuneraciones a sus directivos y miembros de los consejos de administración. En lugar de ­porcentajes sobre beneficios, que originan remuneraciones escandalosas no justificadas, deberían introducir porcentajes destinados a la actividad filantrópica. Así, los beneficios dejarían de ser percibidos como rentas injustificadas o sustraídas al trabajo y se adaptarían a la sociedad del siglo XXI.

Javier Quesada es Catedrático de Economía en la Universidad de Valencia y presidente ejecutivo de los Premios Rei Jaume I

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