Venezuela, caos y deriva

La inflación se ha perdido en laberintos millonarios de números inimaginables

Colas frente a una sucursal de Banesco tras la intervención del Gobierno venezolano.
Colas frente a una sucursal de Banesco tras la intervención del Gobierno venezolano. REUTERS

Millones de venezolanos huyen. Éxodo masivo. Dejan atrás un país que ya no pueden sentir. ¡Sentir un país! Al que le han secuestrado el alma. Un páramo desierto de esperanza. Sin futuro. Al borde de la confrontación. La dictadura de Maduro amordaza todo lo que toca, reprime, acalla, silencia, y cuando lo cree necesario, aplica la dosis de violencia suficiente para detener los últimos atisbos de dignidad que le permiten a un pueblo. El populismo extremo está a la deriva, henchido de demagogia y fábula. Venezuela y Nicaragua son hoy dos espejos y gotas a la vez en un océano de farsas y grandes mentiras que ya no aguantan más. Represión, represión y represión.

A las dictaduras siempre se les ha dado bien, no importa si de derechas o de izquierdas, o populistas vacías absolutamente de ideologías salvo la rapiña mendaz. Las metáforas encubren los errores del poder, hay cuestionamientos sobre la falta de legitimidad, el atropello y el abuso del Estado de derecho. Cuando el poder desnuda la justicia, silencia la libertad y ahoga la pluralidad, la víctima solo es y puede ser la sociedad.

Es el sempiterno modo de actuar y proyectarse de quienes detentan, pero a la vez ostentan, el poder. Detentar y ostentar. Diferencia sutil y tenue, pero consistente. Venezuela es un país extraordinariamente rico en recursos y posibilidades. No hay enemigos externos. Nunca los hay ni en dictaduras ni en autocracias, se suscitan, se jalan, se exponen entre el vocerío de los aparatos corruptos de poder. La escasez total de alimentos como de medicamentos radiografían la realidad de un país atenazado y rehén de visiones reduccionistas, de manipulaciones abyectas y discursos tan vacuos y estériles como esculpidos en medio de una mediocridad y una demagogia falsacionista. El dictador ha condenado a su pueblo a la miseria, la violencia, el desgarro y lo que es peor, la fractura total.

Caos total, económico, político y social, amén de moral. La inflación se ha perdido ya en laberintos millonarios de números inimaginables. El mercado negro agita lo poco que queda. Incrementos desmesurados de salarios que no atajan el problema, al contrario. Incrementos del IVA que ahogan el consumo. La moneda no vale nada. Ni el petro, ni el barril, ni los bolívares soberanos. Petrolizar una economía ya no sirve. Controles cambiarios draconianos que lastran aún más la economía, la empresa media y pequeña. La farsa continúa. Las ocurrencias como la reconversión monetaria no tienen recorrido. Venezuela se ha instalado en una difícil y vertiginosa pendiente.

Con ella arrastra a un pueblo entero, dividido, fracturado. Los líderes de la oposición están o bajo arresto domicilario, encarcelados y sin juicio, o en todo caso en una patética escenografía judicial. ¿Hasta dónde llegará la situación en Venezuela? El populismo no ha sido sino una nueva forma de autoritarismo disfrazado de hueca retórica. Ahonda la división social, polariza los antagonismos, los azuza con maestría y fomenta redes clientelares, sobre todo entre las clases más bajas, a las que se subvenciona y hasta la vida misma se hace depender del partido más que del Gobierno.

Una y otra vez, el esquema se ha repetido en su filosofía, pero no en su implementación entre los países de América Latina. La consigna es clara, las formas también. Primero, fidelizar a los propios, adoctrinarlos –no educarlos–, luego confrontarlos con las viejas élites económicas y conservadoras, mitigando de paso la clase media, diluyéndola. Y mientras, la nueva dirigencia se erige en esa élite de poder que lo controla y devora todo, lo político y lo económico. Sustitución de élites y el aparataje del Estado al servicio del interés personal, acólitos y diletantes. A continuación, prohibición o anatematización de algunos partidos, normalmente opositores; censura y control de los medios de comunicación.

Siempre el enemigo externo y la injerencia, sea de Estados Unidos, sea de Madrid o de Bogotá. Cansina letanía. Alguien a quien buscar y azuzar ante las masas. Chivos expiatorios que distraen la atención. Expresidentes, políticos de talla y referencia moral, movilización de la comunidad internacional, pero nada hace mover al búnker, que tiene miedo sin embargo. Titubea y se siente acorralado. Resiste por el momento, pero se debilita internamente. En medio de mandos militares que se controlan. Riesgo de involución. Late, continuamente. Y ahora miles de venezolanos abandonan a pie el país, a Colombia, Brasil, Ecuador, Perú, y lo que es peor, se encuentran el rechazo y conatos de xenofobia hacia ellos en sus países hermanos.

Arbitrariedad, abuso de poder, quiebra de todo derecho y toda moral. Este es el ADN del populismo, la falsa redención de América Latina. Una América víctima de un jacobinismo confundido de liberalismo y un trasnochado pensamiento gramsciano que han hecho de ella a lo largo de todo el siglo XX el escenario macabro de la ausencia real de libertades entre revoluciones de izquierda y autoritarismos de derecha.

¿Es propensa América al caudillismo? Hablamos de democracia, pero ¿qué democracia es esa que vulnera los derechos, confunde partido con Gobierno, anula e instrumentaliza el Estado? El populismo no es democracia; es una forma subrepticia de autoritarismo, de ausencia real de libertades y derechos; que no nos confundan. Empieza a vivir su recta final. Pero ¿qué vendrá después y qué reemplazará el populismo en su caso? Mientras Venezuela camina por una deriva ignota y trágica. La tragedia que el pueblo sufrirá. No los déspotas.

Abel Veiga Copo es profesor de Derecho Mercantil en la Universidad Comillas

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