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Nadie quiere el socialismo en Estados Unidos

Varios candidatos demócratas al Congreso han dado un atípico giro a la izquierda

La candidata demócrata al Congreso por Nueva York, Alexandria Ocasio-Cortez. REUTERS

Alexandria Ocasio-Cortez se autodenomina socialista y quiere el socialismo para su país. Nombre y apellidos parecen indicar que es hispanoamericana y que, quizá se refiere a Venezuela o a Nicaragua. Sin embargo, es norteamericana y se refiere a Estados Unidos. Se presenta a congresista por el partido demócrata, del que representa su ala más a la izquierda. No está sola. La actriz Cynthia Nixon (Sex and the City) también lucha por obtener un puesto de congresista por Nueva York y quiere el socialismo para USA. Como Bernie Sanders y Elisabeth Warren (Crazy Warren y Pocahontas les denomina Trump, respectivamente).

La élite del partido demócrata, desde el matrimonio Clinton a Nancy Pelosy y Charles Schumer se llevan las manos a la cabeza. Hablar de socialismo en América, máxime en política, es inédito aquí. Suele decirse que uno de los peores insultos que se le pueden hacer a Barack Obama es llamarle socialista. Bill Clinton impulsó la globalización, las TIC, internet, el crecimiento económico y el empleo. En su libro Back to work repite su receta para conseguir el sueño americano: trabaja duro, sigue las normas y alcanzarás lo que te propongas. Y el “sueño americano” trasciende ideologías y partidos políticos.

El capitalismo ha hecho de América la primera nación de la ierra y, con ese fundamento económico, Estados Unidos es el pais con el mejor ejército de la tierra y siete flotas “enseñoreándose de los mares”, que dice el historiador G. Parker. El 10 de agosto, el vicepresidente, Mike Pence, anunció que en 2020 las Fuerzas Armadas contarían con un sexto cuerpo, la Fuerza Espacial, para dominar el espacio, ganando la batalla a chinos y rusos. La bonanza económica actual permite al presidente tomar esta iniciativa, cara, sí, pero no tan cara como la “factura” del coste en I’m blood and treasure (J. Stieglitz) de 13 billones de dólares de las guerras en Oriente Medio desde 2002 hasta hoy.

Es el 70% de la deuda pública nacional, suma de todos los déficit (federal, estatal y local). Aunque los demócratas de toda la vida quieren avanzar en los derechos civiles y sociales, por ejemplo, Bill Clinton y Barack Obama, comparten con los republicanos (tuits de Trump aparte) la visión de América expresada en la Constitución, que, ciertamente, no contempla el socialismo. Esta nueva corriente dentro del partido demócrata dice que los demócratas de toda la vida están pasados de moda y que ellos son el presente y el futuro. Lo de siempre: “quítate tu, que me pongo yo”. Cuando Obama era senador, sólo tenía deudas. Hoy vive como un millonario. Nadie le critica. Él no es socialista y cree en la meritocracia. Se lo ha ganado a pulso.

Sin embargo, los nuevos socialistas americanos quieren romper el statu quo, al estilo de los famosos populismos que triunfan en todo el mundo. Podría defenderse la tesis de estos socialistas apoyándose en el hecho de que aunque la economía crece mucho y hay pleno empleo, los salarios solo han subido un 2,7% en estos diez años de bonanza. La pregunta es quién les apoya. La tasa de paro entre hispanos y afroamericanos está en su nivel más bajo en 18 años. Y son personas que han trabajado muy duro para sacar adelante sus familias y alcanzar un estatus. Lo último que quieren estas personas es que un nuevo socialismo americano les quite lo conseguido para repartirlo entre otros.

Miguel y su mujer trabajan en Los Ángeles, él como camarero en un hotel y ella en la limpieza de habitaciones de hoteles. Ambos tienen 68 años y tienen doble nacionalidad, mexicana y norteamericana. Trabajan tres turnos diarios para pagar los estudios de su hija que, en Boston, estudia Medicina, Derecho y Economía: “eso” cuesta una fortuna, pero ellos quieren sacrificarse por su hija, para que tenga un futuro mejor que el suyo y están convencidos de que su hija será agradecida con ellos en el futuro. El matrimonio de mexicanos legales votó a Trump. Con ellos, el 24% de latinos legales, para sorpresa de Hillary Clinton y los demócratas, que pensaban tenían el voto hispano asegurado. Hablamos de 50 millones de latinos legales y de 15 millones de hispanos indocumentados.

Con independencia de lo que nos dicen las encuestas postelectorales, acerca del por qué tantos millones de latinos votaron a Trump, a pesar del muro con México y la retórica antimigratoria de la campaña electoral, es muy importante la experiencia, las vivencias personales. Para ello hablé con un pastor protestante de blancos, un sacerdote católico de hispanos, un reverendo evangélico de blancos y dos rabinos judios. Para muchos colectivos, la religión es un pegamento que les une a su pasado y sus costumbres, les hace formar parte de una comunidad.

La historiografia afroamericana no se entiende sin las iglesias, en torno a las cuáles gira su vida social, sea en el South­ Side de Chicago, donde está la parroquia en que se casaron Barack y Michelle Obama y bautizaron a sus hijas y asistieron a misa todos los domingos durante veinte años. Los esclavos negros convertidos al cristianismo, trabajando en las plantaciones, tenían por consuelo la religión y sus cánticos, que derivaron en el gospel, un género musical, sin el que no se entiende el sur de EE UU. Los rabinos me dijeron que su comunidad, de diez millones de personas, está dividida, como no, entre ricos y pobres, aunque ambos viven en las dos costas. Los pobres, que son minoritarios, son ultraortodoxos y son muy conservadores. Están de paso en América, hasta ir a la tierra prometida, Israel.

Los adinerados, mayoría, trabajan en finanzas o en el cine y son cultos y sofisticados. Se consideran judíos de raza, pero la religión ocupa un último lugar en sus vidas. Otra cosa es que solo se ayuden entre ellos y manden a Israel ingentes cantidades de dinero para garantizar su seguridad. Hace 40 años eran mayoritariamente progresistas. Ahora la mayoría son conservadores, porque entienden que los republicanos defienden más y mejor a Israel. Están encantados con Trump y su decisión de ubicar la embajada americana en Jerusalen. Ivanka Trump y su marido, Jared Kushner, además de asesores presidenciales, son judíos. A igual que Chelsea Clinton, convertida al judaísmo al casarse con un financiero judío.

El sacerdote católico de hispanos me dijo que su congregación estaba muy dividida. Todos de origen inmigrante, en su mayoría mexicanos y de centroamérica, han luchado mucho por salir adelante, trabajar duro, nacionalizarse, vencer prejuicios e integrarse en la comunidad norteamericana. En muchos aspectos están más integrados en América que los negros, a pesar de haber llegado más tarde al país. Los negros, en muchos casos, no olvidan ni la esclavitud ni la segregación y la lucha por los derechos civiles. Lo vemos hoy en televisión cuando jugadores afroamericanos de la NFL se ponen de rodillas al sonar el himno nacional, lo que les ha hecho objeto de las iras de Trump. El último, LeBron James, a quien ha ridiculizado, al tiempo que alababa a Michael Jordan, magnífico jugador y mejor empresario de éxito.

Los hispanos mayores no olvidan sus orígenes y raíces. Las nuevas generaciones quieren integrarse y no diferenciarse por ser hispanos. En esto han sido más exitosos que los negros, aunque siempre hay excepciones. El fiscal general del Estado de George W. Bush era hispano. Su secretarios de estado, el general de cuatro estrellas héroe de Vietnam y de las guerras de Oriente Medio, Colin Powell y Condolezza Rice, intelectual de gran talla, son negros. Oprah Winfrey, exitosa y billonaria empresaria, se quedó impresionada cuando, invitada por el presidente Bush, se encontró con ambos en el despacho oval. Jeff Bush está casado con una mexicana y solo saltaba por los aires cuando Trump atacaba a los hispanos. Los protestantes, evangélicos blancos, son muy conservadores. El socialismo es un enemigo al que América venció en la Guerra Fría. 

Y está el votante de Trump, de las zonas rurales e industriales del país. blancos, pobres, religiosos, patriotas..., quieren que Trump cumpla sus promesas y les de trabajo. El socialismo es lo más parecido al demonio, para ellos. Los más cultos, intelectuales y ricos entre los votantes de Trump, ven la cadena Fox, muy conservadora y cuya audiencia no para de aumentar. En cambio las cadenas CNN y MSNBC, que eran de centro, se han vuelto muy de izquierdas y están perdiendo mucha audiencia.

En noviembre hay elecciones legislativas para renovar la Cámara de Representantes y el Senado. Si ganan los demócratas, Trump lo tendrá muy difícil para gobernar. Pero no está claro el resultado, incierto: Washington Post, de izquierdas, afirma que ganarán los demócratas. CBS, de izquierdas, opina lo contrario. Lo que está claro es que gane quien gane, el socialismo no estará entre los vencedores: como hemos visto, es opuesto al ADN americano.

Jorge Díaz Cardiel es socio director en Advice Strategic Consultants y autor de Hillary vs Trump y Trump, año uno