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Claves del acuerdo nuclear con Irán

Solo una provocación de la potencia persa podría desencadenar un conflicto peligroso

Plataforma petrolífera en la costa del Golfo Pérsico (Irán). Getty Images

Las relaciones de Irán con las Naciones Unidas, EEUU, la UE, Rusia y China tienen una dimensión de seguridad, económica, financiera y energética. La potencia persa de 80 millones de habitantes es mayoritariamente chiíta, pero en el conjunto del mundo musulmán los suníes constituyen un 87% y los chiítas sólo un 13% del total. Además de Irán, sólo en Azerbaiyán, Iraq y Bahréin es mayoritaria la denominación chiíta. Las potencias suníes libran una guerra económica y militar en ciertos países (Siria, Yemen) para contener una influencia de Teherán en la región que aumenta desde el triunfo de la revolución islámica en Irán en 1979.

Arabia Saudí, sus aliados del Consejo de Cooperación del Golfo (Emiratos Árabes Unidos, Omán, Kuwait y Bahréin), Egipto y Jordania temen una Irán con armamento nuclear, su desestabilización del Líbano mediante su apoyo a Hezbollah y su fomento de nuevas revueltas chiítas en Bahréin. En Siria, Irán aporta más efectivos (70.000 sin contar Hezbollah) que el ejército de Al Assad, que con la aviación rusa prácticamente ha destruido a la oposición. El temor de la familia real saudí respecto a Irán le llevó a imponer en junio de 2017 un bloqueo económico contra Qatar, acusada de colaborar con Irán.

Entre 2006 y 2010 la ONU aprobó cuatro rondas de sanciones contra Irán prohibiendo la exportación de armamento y tecnología susceptible de ser utilizada para el programa nuclear iraní. La perseverancia diplomática de la administración Obama consiguió que la UE, Canadá, Australia, Japón y otras potencias aumentaran las sanciones en 2012, prácticamente cortando todos los intercambios económicos y financieros. Entre 2012 y 2016 Irán perdió 160.000 millones de dólares por incapacidad de vender su crudo, el 20% del cual era adquirido por la UE antes de 2012. Washington apretó aún más las tuercas con sanciones secundarias para empresas y bancos de cualquier país que trataran con Irán.

En 2015, la paciente y tenaz estrategia de Obama obligó al régimen iraní a aceptar un acuerdo firmado con EE UU, Reino Unido, Francia, Rusia, China y Alemania, oficialmente denominado el Plan Integral de Acción Conjunta o P 5+1 para concretar su garantía por parte de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania. El P 5+1 congelaba las actividades de enriquecimiento de uranio durante décadas a cambio de levantar la mayoría de las sanciones económicas internacionales y de EE UU. Concretamente, el P 5+1, por ejemplo, limita a Irán a un máximo de 300 kilos de uranio enriquecido a bajo nivel, lejos de los 100.000 kilos de uranio de alto nivel que había acumulado y que tuvo que entregar a Rusia.

Irán puede enriquecer el uranio al 3,7%, suficiente para un reactor civil, pero no al 90% necesario para fabricar un arma nuclear. Hasta la retirada por parte del presidente Trump en mayo, la Agencia Internacional de la Energía Atómica había certificado el estricto cumplimiento del P 5+1 por parte de Irán. Las razonables quejas de Trump respecto a ensayos con cohetes y la interferencia militar regional descrita fueron asumidas por los aliados occidentales de EE UU. Pero Angela Merkel y Emmanuel Macron no pudieron convencer a Trump sobre la idoneidad de negociar restricciones a dichas actividades sin retirarse del P 5+1. Oficialmente, los seis otros países siguen respetando el acuerdo.

Pero Washington prepara sanciones para empresas occidentales que inviertan o comercien con Irán. La burocracia iraní y el mantenimiento de cierta incertidumbre ha limitado desde 2015 las operaciones occidentales a inversiones por parte de grandes multinacionales como Total, Shell, Siemens, PSA Peugeot Citroen, Boeing y Airbus. La producción de petróleo recuperó el nivel de 2,5 millones de barriles diarios. A tenor de la tregua en las escaramuzas comerciales pactada por Trump con el presidente de la Comisión Europea, Londres y Berlín no suscitarán la ira de Washington por inversiones de magnitud limitada.

Las exportaciones de 12.600 millones de euros en 2017 situaron a Irán como trigésimo tercer destino de bienes de la UE, por detrás de países como Serbia o Kazajstán. París y la Comisión Europea sí desean exenciones para empresas europeas con inversiones en curso en Irán. Los asesores de Trump frenarán su impulso de castigar a empresas europeas. Aunque EE UU ya es el mayor productor mundial tanto de gas natural como de petróleo, no puede en solitario contrarrestar la actuación conjunta de los miembros de la OPEP y de Rusia, que por motivos internos desean el mantenimiento del precio del barril de petróleo de Brent en su nivel actual de 74 dólares.

Faltan cien días para las elecciones legislativas que probablemente devolverán el control de la Cámara de Representantes al Partido Demócrata. Si se mantiene la tregua en el frente comercial, la economía internacional debería conseguir crecer un 3,9% en 2018, según las proyecciones del FMI. Hay muchos factores ejerciendo presión al alza sobre la demanda de petróleo.

Las amenazas intercambiadas por el moderado presidente Mohamed Rohaní y Trump acerca del bloqueo del estrecho de Ormuz son desafíos verbales. Los ataques de los rebeldes de Yemen contra cargueros saudíes pueden provocar titulares preocupantes. Pero a corto plazo el presidente Trump tiene la mira puesta en las elecciones de noviembre. Únicamente una provocación iraní de envergadura podría desencadenar una escalada peligrosa.

Alexandre Muns es Profesor en OBS Business School

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