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Corral de la Morería, alta cocina y lo mejor del flamenco en un espacio íntimo

El tablao madrileño lleva 62 años reuniendo a las estrellas del cante, toque y baile en un ambiente cercano Figuras legendarias del cine y la política han acudido a este mítico local atraídas por su música y gastronomía

Presentación de Olga Llorente en el tablao madrileño.

Son apenas 12 metros cuadrados, pero ese rectángulo tan pequeño es todo un universo de expresividad, energía y sentimiento. Es el tablao del Corral de la Morería, templo del flamenco y atractivo turístico de Madrid que el 20 de mayo pasado cumplió 62 años. Su escenario, un tablado negro decorado por un cuadro con reminiscencias de Goya, Velázquez y El Greco, es un instrumento de percusión al que todas las noches se suben los mejores bailaores del momento.

La pintura que sirve de telón de fondo (Pelando la pava, de Juan Barba) ha sido lo único inmutable a lo largo de estas seis décadas. Es norma de la casa que los artistas cambien todas las semanas, de modo que la experiencia sea siempre diferente para las poco más de 100 personas que pueden congregarse a su alrededor. Una noche reciente fue el turno de Vanesa Coloma, Juan Ogalla y Belén López, tres estrellas del género que triunfan en escenarios de todo el mundo y que los asistentes tuvieron la fortuna de ver reunidos.

Las notas del programa daban fe del nivel de quienes ahí se presentaban: Coloma, “tan rotunda y solemne como explosiva y desenfadada”, compagina el baile con la carrera de actriz y presenta en solitario su espectáculo Flamenklórica; Ogalla, primer bailarín de Cristina Hoyos, “de baile sabio y rotundo con remates cargados de imaginación”, actuó dos años en Broadway, y López, artista precoz, “representa el mejor flamenco racial y de nervio”.

“Todos ellos desarrollan su propia carrera por separado, pero vuelven siempre a este lugar porque sienten la necesidad de hacerlo”, afirma con orgullo Blanca del Rey, directora artística del Corral y toda una institución del flamenco, quien debutó aquí con 14 años y se retiró del baile en 2011.

La bailaora Lola Pérez durante una función.

Los guitarristas Carlos y Juan Jiménez, el percusionista Rafael Jiménez El Chispas (los tres del mismo clan) y los cantaores Manuel Gago, Antonio de Manuela y Jesús Flores completaron el elenco aquella sesión. Pero el universo giró en torno a Coloma, Ogalla y López, por cuyos rostros corrió el sudor, se dibujó un rictus y estalló la magia, algo difícil de explicar que los entendidos llaman duende.

“Lo bueno del Corral es que aquí puedes ver a estos genios en un ambiente íntimo. Es como asistir a un concierto de Bruce Springsteen para 100 personas”, comenta Juan Manuel del Rey, hijo de Blanca y director general del establecimiento. Su padre, Manuel, fundó la casa en 1956. Provenía de una importante familia de hosteleros: Casa Camorra, el restaurante de su abuelo, era el favorito de Alfonso XIII, y Riscal, el de su padre, era famoso por sus paellas, que incluso enviaba por avión al festival de Montecarlo. Aficionado al cante, decidió montar un negocio que combinase gastronomía con flamenco, un formato inédito en ese entonces.

El chef David García, al centro, con el personal de cocina.

“Los bailaores eran semiprofesionales contratados de manera ocasional por particulares para animar espectáculos en ventas o colmados. Mi padre creó el concepto de tablao para que puedan tener un sueldo y vivir dignamente. A eso le sumó un restaurante de alta cocina, que en aquel entonces era principalmente francesa”, cuenta Juan Manuel.

La fórmula, una evolución de los café cantante de mediados del siglo XIX, despegó cuando Del Rey contrató como primera figura a Pastora Imperio, quien atrajo a la alta sociedad española de la época y a las celebridades de Hollywood. Poco después, su amigo, el pintor Ginés Liébana, le sugirió que fichase a “la mejor bailaora de Córdoba”, que resultó ser Blanca Ávila, una niña de 12 años a la que no pudo contratar hasta que cumplió los 14. Más adelante se enamoraron y casaron cuando ella alcanzó la mayoría de edad.

Tras apartarse de los escenarios durante unos años para dedicarse a la crianza de sus dos hijos, Blanca volvió al tablao y formó su propia compañía de baile, con la que recorrió teatros nacionales y extranjeros. En esa etapa de madurez profesional creó coreografías como la soleá del mantón, considerada patrimonio cultural y cuya interpretación ha cedido al Ballet Nacional. A la muerte de su esposo en 2006, el negocio quedó en sus manos y en las de sus hijos.

La casa debe su nombre a que ocupa una centenaria corrala de unos 800 metros cuadrados ubicada cerca del Palacio Real, en una zona que fue el último reducto de los moros en la capital. Cuando Del Rey se interesó en comprar el local, funcionaba allí una vaquería. De hecho, aún hoy las cadenas a las que se ataban las vacas cuelgan de algunas columnas del salón.

Ronald Reagan, entonces gobernador de California, baila con Lucero Tena en esta foto de 1972.

Por el tablao del Corral han desfilado figuras de la categoría de Antonio Gades, La Chunga, Fosforito, María Albaicín, Lucero Tena, Serranito, Manuela Vargas, El Güito, Mario Maya, La Paquera de Jerez, Lola Greco, Javier Barón, Diego el Cigala, José Mercé y Antonio Canales, entre otros.

Nombres con casi tanto relumbre como los de sus espectadores más famosos, entre los que se cuentan a Ava Gardner, Frank Sinatra, John Lennon, Nureyev, Ronald Reagan..., y de cuyo paso por el lugar dan testimonio las fotos expuestas en la recepción. Recomendado por casi todas las guías turísticas de Madrid, el Corral de la Morería factura unos tres millones de euros anuales y da empleo a unas 70 personas, 20 de ellas en cocina.

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