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La Habana, la cenicienta después del baile

La capital cubana recupera poco a poco todo su esplendor Exhibe su fachada remozada, vibrante y seductora como siempre

Coches clásicos americanos en un cruce del paseo de Martí junto al Parque Central. Cinco Días

Una bofetada de calor y humedad y un envolvente aroma dulzón apabulla al viajero nada más dejar el aeropuerto José Martí, por más veces que haya pisado La Habana. Cómo una vieja dama, acostumbrada a los mimos y los fastos –la capital cubana cumplirá 500 años en 2019–, despliega todas sus armas de seducción.

Una ciudad de cuento, protagonista de la historia –de muchas tramas– y que por avatares de la vida, a veces –en una calle, en una esquina, en un paseo, en un edificio, en un palacio– parece la cenicienta después del baile.

No importa. Descompuesta y todo no pierde un ápice de su belleza. Por aquí y por allá descubrirá sus antiguos y suntuosos trajes coloniales, barrocos, neoclásicos o art déco. Unos totalmente rehabilitados y otros en vías de recuperación –a merced de los presupuestos, ya que casi todos los fondos proceden de donaciones privadas–, bajo la estricta supervisión de la Oficina del Historiador de La Habana Vieja.

La Habana Vieja –el centro histórico– conserva muchos de sus antiguos monumentos, fortalezas, palacios, iglesias y mansiones. Piérdase en sus calles empedradas y plazas y haga un viaje al pasado.

En la popular calle Obispo, en la plaza de Armas o en la de la Catedral se topará con singulares personajes costumbristas. No se confunda. Ni las maniseras con sus cestas cargadas de cucuruchos de maní, ni las santeras con sus coloridos turbantes y sus múltiples collares y pulseras, ni los Ches y revolucionarios de pacotilla están pintados para la foto. Es su forma de ganarse la vida y de sacarle unos euros al turista por un cucurucho de auténtico maní o una improvisada serenata al son de Compay Segundo, con foto claro.

Una mujer disfrazada en una calle de la Habana Vieja. Cinco Días

Tómeselo con humor y pegue la hebra con la manisera o los músicos callejeros; con cualquier cubano tendrá deliciosas y productivas conversaciones sin problemas, le hablará de su día a día, del bloqueo, de los gringos (estadounidenses), de la Revolución, de Fidel y “de lo que tenemos que inventar –buscarse la vida–, ¿tú sabes?”. Y por la calle verá ese local con el símbolo de la manzana mordida que le han recomendado donde le repararán su iPhone, tableta, ordenador o cualquier otro gadget de Apple. 

El bloqueo no impide tampoco que los cubanos estén al tanto de las últimas series estadounidenses. Hay locales, “¿tú sabes?”, que graban y venden paquetes a medida del consumidor con las series estadounidenses o europeas, sorprendentemente, por pocos pesos y más sorprendente aún, algunas no estrenadas en España.

En la mayoría de hoteles hay wifi y tarjetas de conexión gratuitas para los huéspedes, aunque si es de los que quiere estar siempre conectado tendrá que comprar una tarjeta –son baratas– con minutos u horas y código para conectarse, si bien la velocidad no es de crucero y la señal a veces se va. La Habana también dispone de zonas de conexión wifi gratis.

Una de las cosas que distingue a La Habana de otras ciudades coloniales españolas es que está estructurada sobre cuatro plazas principales –todas de obligada visita–. La plaza de Armas, el baluarte militar y defensivo –para ir al histórico castillo militar del Morro, tendrá que ir al otro lado de la bahía–; la plaza de la Catedral, donde se levanta un majestuoso templo barroco; la plaza Vieja, con sus coloridos edificios y balcones y que albergaba un importante mercado, y la plaza de San Francisco de Asís, antiguo centro de exportación e importación que contaba con un puerto donde atracaban los barcos españoles y hoy atracan los cruceros en la bonita terminal de Sierra Maestra.

Muy cerca de allí está el Museo del Ron y callejeando hasta Empedrado encontrará la celebre y concurrida Bodeguita del Medio donde podrá comer o cenar o tomarse el consabido mojito.

Interior de la popular La Bodeguita del Medio. Cinco Días

Otro clásico de La Habana frecuentado por Heming­way, también en el casco histórico, en la esquina de las calles Obispo y Monserrate, es el Floridita, donde podrá disfrutar de un daiquirí –con acento– y hacerse la foto junto al busto del escritor.

Pero si no puede entrar en ninguno de ellos, pruebe en cualquiera de los numerosos cafés, restaurantes o terrazas que pueblan la capital, algunos con música en directo

No se pierda la experiencia de recorrer la ciudad y su malecón a bordo de un viejo Chevrolet, Cadillac o Pontiac totalmente restaurados y de bonitos colores chillones que funcionan como taxis o por horas.

¿Quién ha dicho que La Habana no tiene playas? A solo 18 km está Playas del Este, 9 km de arenales bordeados de pinos y palmeras, de aguas turquesas y arena blanca. En realidad es una sucesión de siete playas (Bucaranao, Mégano, Santa María del Mar, Boca Ciega, Guanabo, Jibacoa y Trópico) muy concurridas, sobre todo por los propios habaneros, y con menos infraestructuras y servicios que otras zonas frecuentadas por el turismo internacional y con ambientes diferentes.

Bocaciega atrae al turismo gay, Jibacoa y Trópico a buceadores por sus fondos coralinos y en Santa María se concentra el turismo internacional.

Más al este y a 130 km de La Habana está una de las playas más famosas del planeta, Varadero, icono del turismo de sol y playa. Un evocador nombre para una lengua de arena blanca y fina de 30 km, de los que 22 son playa –una de las más largas del mundo– en la que encontrará todas las tonalidades de azul y verde solo interrumpidas por la espuma blanca del océano.

Sí, porque las aguas que bañan Varadero no son del Caribe sino del Atlántico. Se sentirá igual de bien, no le faltarán cocoteros, ni palmeras, ni peces de colores nadando curiosos a su alrededor. A pie de playa encontrará todo tipo de hoteles y resorts, desde las primeras moles de rascacielos hasta hoteles boutique y con encanto.

Playa de Varadero, al este de La Habana. Cinco Días

En Varadero encontrará también vestigios de otras épocas que la catapultaron como un auténtico paraíso vacacional para ricos como la fabulosa Casa Dupont o Mansión Xanadú. La casa de descanso que el multimillonario estadounidense Alfred Dupont, descubridor del nailon, se construyó sobre la peña San Bernardino, el punto más alto de Varadero, es hoy un hotel de lujo de solo nueve habitaciones, con un excelente restaurante y bar panorámico sobre el océano.

Otra casa célebre es la Casa de Al Capone, hoy convertida en restaurante, La Casa de Al, aunque hay dudas de que el mafioso fuera allí alguna vez.

Los amantes del sol, la playa y la fiesta sentirán Varadero como un auténtico paraíso, pero también los amantes del buceo y los deportes acuáticos o el golf. La Casa Club Campo de Golf es célebre por su torneo deportivo, al que acuden jugadores y amantes de este deporte desde todos los rincones del mundo.

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