Nansa, un valle de emprendedores

Después de vivir en otros países, algunos han decidido regresar a su tierra y colaborar a generar riqueza

El programa NansaEmprende de la Fundación Botín asesora y ayuda a este colectivo en sus comienzos

cantabria
De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Alba Sueiro, Susana Pacheco, Albano Castillo, Belén Gutiérrez, Marta Gómez, Miguel Álvarez, Soraya Conde, Marcos Cicero, Guillermo Calvo, Andrés Martínez-Osorio, Juan Manuel Torre y María Bulnes.

Después de vivir en Estados Unidos y en México, decidió regresar a Celucos, un pequeño municipio cántabro en Rionansa, donde nació y se crió. Soraya Conde, con estudios de Gestión y Marketing, ideó La Casa del Sol, un establecimiento de agroturismo de experiencias de ganadería y agricultura tradicional.

“Quería enseñar a la gente lo que tenemos aquí y que no he encontrado en ningún sitio. Mi padre es ganadero y quería enseñarle a la gente, a través de una granja escuela, cómo es dedicarte a este oficio”, explica esta empresaria, que resultó ganadora de la VI edición del Programa de Iniciativas Empresariales NasaEmprende, promovido por la Fundación Botín, con una dotación de 5.000 euros de ayuda, organización que le acompaña en este duro camino del emprendimiento. “Además de la ayuda económica, lo más importante es que me siento acompañada, te da confianza y motivación, y merece la pena luchar por recuperar nuestras tradiciones, que la infancia que yo tuve, mis hijas, por ejemplo, no la vayan a tener”, añade Conde.

Forma parte de un ecosistema de nuevos emprendedores asentados en el Valle del Nansa, en la zona occidental de Cantabria con una extensión de 425,3 kilómetros que se extienden por 62 pueblos, que acogen a más de 5.500 habitantes. En Rionansa nació Belén Gutiérrez, hija y nieta de artesanos de la piedra y de la madera, que decidió dejar su trabajo como maestra para trasladar, junto a su socio Albano Castillo, con experiencia en ONG, todo el know how familiar al siglo XXI creando Asta el Cuerno, una empresa de artesanía que utiliza para hacer sus piezas de arte solo elementos naturales, como los clavos y los hilos.

También bajo el paraguas de NasaEmprende, que “nos ha ayudado a despejar muchas dudas a la hora de enfocar el negocio, porque queremos vivir de nuestro trabajo, y que no se pierda una tradición tan rica y laboriosa como la que tenemos en esta zona”, explica Gutiérrez. Para que se hagan una idea: un cuadro de tamaño medio de Asta el Cuerno, que se hacen por encargo en su página web y cuyo precio medio es de unos 300 euros, lleva unas 30 horas de trabajo. “Creemos que es un buen momento para emprender en este campo, porque ahora que no hay artesanos en los pueblos es cuando se valoran, antes había muchos pero han ido desapareciendo”, afirma Castillo.

Ambos sueñan que, de momento, no generan puestos de trabajo, pero les gustaría, más adelante, poder contar manos especializadas en algunos ámbitos de su especialidad, como por ejemplo, un profesional de la madera que se encargara de esa parte del proceso, así como alguien que se ocupara del marketing digital y de las redes sociales. Porque si algo tienen claro es que la tradición no está reñida con las nuevas tecnologías. Es su escaparate al mundo.

Precisamente, con esta idea, con la de promover el desarrollo económico y social a partir del patrimonio y del saber hacer y de las iniciativas de sus habitantes, la Fundación Botín diseñó en 2005 el Programa de Desarrollo Rural, Patrimonio y Territorio para el Valle del Nansa y Peñarrubia. La iniciativa incluye la dinamización cultural y social, con el fortalecimiento y apoyo a los centros escolares de la zona, con financiación de clases de inglés, con un proyecto de promoción ganadera, con otro de restauración del patrimonio cultural, pero el plato fuerte es el apoyo a emprendedores.

"Contribuimos a que se genere riqueza en la zona, a la vez que ayudamos a que se mantenga la población”

Javier García Cañete, director del área de educación y del observatorio de tendencias de la Fundación Botín

 

NansaEmprende nació en 2011 y desde entonces ha respaldado a unos 200 emprendedores y ha contribuido a la puesta en marcha de más de 30 iniciativas empresariales en zonas rurales. “Contribuimos a que se genere riqueza en la zona y en los alrededores, a la vez que ayudamos a que se mantenga la población”, señala Javier García Cañete, director del área de educación y del observatorio de tendencias de la Fundación Botín, durante una visita realizada a la zona.

Enamorado del valle, bañado por el río Nansa, llegó desde Madrid Guillermo Calvo, periodista de profesión que con la crisis económica y el hastío de vivir en una gran ciudad, decidió montar una empresa de paddle surf, actividad que ha ampliado con un socio ovetense, Andrés Martínez-Osorio, a experiencias de turismo activo en los Picos de Europa, o a la organización de un evento internacional de geocaching dentro de la mancomunidad del Saja-Nansa, que se celebrará en septiembre de este año. “Lo que buscamos en vencer la estacionalidad veraniega con nuevos servicios y actividades invernales”, opina Calvo.

Por su parte, Martínez-Osorio pide más ayudas y sobre todo una ventanilla única en la administración que favorezca el desarrollo empresarial y evite trabas burocráticas. “Esta zona tiene un potencial turístico y lo que tenemos es que saber comercializarlo, dar valor al territorio, a las empresas y a las personas a través del turismo”, afirma Marcos Cicero, geógrafo de profesión convertido en empresario a través de Experienta! Una iniciativa que permite descubrir, por ejemplo, localidades como Santillana del Mar a lo Juego de Tronos, o San Vicente de la Barquera en paddle surf, hacer sentir al visitante ganadero por un día…

A su lado se encuentra Alba Sueiro, que tras vivir en ciudades como Ámsterdam o Maastricht, regresó a la aldea de Serdio. Allí, además de gestionar el blog Una vida simple, gestiona los apartamentos The Cantabrian, las primeras residencias de este tipo en Cantabria. “Es un campo por explotar y me gustó juntar el concepto de apartamento y sostenibilidad, ya que lo que pretendemos es reducir nuestra huella ambiental lo máximo posible”, detalla Sueiro.

Varios kilómetros más arriba, en la población de San Mamés, en el municipio de Polaciones, se encuentra María Bulnes, que lidera La Hila, una iniciativa de artesanía textil a través de la lana. “Aquí, o te dedicas a la ganadería o luchas por sobrevivir, y si eres mujer lo tienes mucho más difícil. Es por ello que un grupo de mujeres, ahora somos 15, decidimos recuperar una tradición local”, apunta Bulnes, satisfecha del reconocimiento que están logrando, sobre todo cuando reciben pedidos de fuera de España o se interesan en ferias internacionales por este proyecto.

Hasta este punto del Alto Nansa llegó desde Santander la profesora de geografía de la Universidad de Cantabria, Susana Pacheco, para desarrollar NansaNatural, una iniciativa que realiza paquetes de experiencias rurales para conocer y sentir el territorio de una manera integral. “Se trata de un espacio protegido que ofrece numerosas oportunidades para conocerlo haciendo senderismo, realizando actividades con gente local, como un cantero, un cocinero, haciendo mermelada o viviendo una matanza… Quiero que el visitante tenga una relación directa con la gente local”, apunta Pacheco. También de este lugar desea extraer el máximo fruto Juan Manuel Torre, un informático jubilado. En este caso se trata de endrinas cultivadas en la zona con las que elabora un licor de pacharán, que empezará a comercializar bajo la marca El Purriego. “Este proyecto lo estamos sacando adelante con mis hijos, uno de ellos es arquitecto y mi hija es ingeniero, y lo que más deseamos es crear algo propio y dar visibilidad a Polaciones”.

Cerca también se encuentra Miguel Álvarez, entregado en cuerpo y alma a las vacas, también con un proyecto de la Fundación Botín, que pretende salvaguardar la ganadería cántabra y sobre todo la raza tudanca, a través de un acuerdo con la cadena de supermercados Lupa, que comercializa la carne que genera un centenar de ganaderos en Cantabria. En Rionansa, hay otra emprendedora de raza, Marta Gómez, que comenzó siendo una adolescente en un bar tienda y en supermercado para acabar a sus 42 años como una empresaria centrada en el pan de la zona. Tiene siete empleados que atienden dos furgonetas con las que sirve el pan a domicilio en la zona, y una cafetería- panadería, con la que ha revolucionado el pueblo. “He aportado un sitio bonito, de ver y parar a tomar algo o comprar un producto típico de la zona”. Es más, “ha contribuido a que las mujeres de las aldeas vecinas que acuden a hacer gestiones a este pueblo, ir al médico o al banco, y que antes no entraban en ningún bar, puedan tener un lugar para tomar un café”, señala Bruno Bruno Sánchez- Briñas, coordinador de este programa de la Fundación Botín.

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