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¿Está en riesgo la economía española? La semana que vivimos peligrosamente

Toda solución tras la crisis de Gobierno debe asegurar disciplina fiscal, reformas y estabilidad financiera

El secretario general del PSOE Pedro Sánchez, es aplaudido por su grupo parlamentario EFE

Está la economía española en peligro? No parece una situación tan dramática como la de hace unos años. Hay que construir y evitar caer en la indefinición. Tratar, hoy es difícil, de revitalizar las reformas. Qué inquietante –pero qué frecuente es estos días– tener que escribir sobre un tema que probablemente adquirirá forma y definición final cuando estas líneas se publiquen. En cambio, sí que es sencillo apostar que la incertidumbre no habrá terminado esta semana. La fragmentación política, la falta de liderazgos mayoritarios y el desapego de buena parte de la población son parte de estos tiempos y hay que vivir con ellos. Hay que aprender de lo que está ocurriendo. En todo el mundo. Países como Alemania son ejemplos vívidos de cómo coaliciones de índole política diversa se someten a los intereses de un país. No sin dificultades, pero con responsabilidad.

Esta semana las primas de riesgo de España y, sobre todo, de Italia han aumentado y es difícil separar en qué parte es por riesgo propio y en qué parte ajeno. Probablemente esta semana, las razones ajenas han pesado más. En este ambiente, en los mercados se intenta separar lo impredecible de lo complejo pero calculable. Italia acumula las dudas. España ha vivido esta semana peligrosamente por posible indefinición, pero el riesgo no es un cambio de Gobierno haya llegado como haya llegado, sino la velocidad con que se ha producido y la dificultad de adivinar cuánto tiempo tardaremos en alcanzar un equilibrio. Sobre todo uno que permita reformas y estabilidad.

Lo que sí parece fuera de lugar es comparar la situación de la eurozona con la de 2012. Es Italia la que sigue caminando por el alambre. Uno muy largo por el que no transita España. No parece una equiparación acertada la de estos momentos con la de hace seis años. Ni la de Italia con España. Precisamente, Italia es la que puede que esté hoy peor que entonces en muchos parámetros (políticos, fiscales y, al menos en lo que a transparencia se refiere, bancarios). En nuestro país es que no están definidos los equilibrios parlamentarios y puede abrirse súbitamente una nueva fase de convocatorias electorales. Esto es coyunturalmente complicado pero hoy está pasando en una España que crece y que hasta ahora ha contado con estabilidad financiera y credibilidad inversora.

Eso sí, se vuelve a hacer gala del don de la oportunidad porque los mercados ya andaban bastante nerviosos con el follón transalpino y no esperaban que España pudiera enfrentarse a esta situación de cambio justamente un día después de la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Obviando valoraciones políticas, hay muchas formas de establecer un calendario para ese cambio parlamentario. Lo que cabría desear es que cualquier solución esté acompañada de un programa que cumpla tres condiciones: que no altere la estabilidad financiera, que no desequilibre aún más el déficit y la deuda pública y que plantee reformas con consenso suficiente y sentido de continuidad y responsabilidad.

Esto es algo que se le podía pedir tanto al Gobierno que hemos tenido –porque hace tiempo que la agenda de reformas está algo oxidada– como a cualquier otro que pueda surgir. Lo que podría ser desgraciado es abrir un espacio de promesas populistas que vulneren cualquiera de las tres condiciones mencionadas. Así sucedió con el amplio consenso que hace pocas semanas propició una subida de las pensiones que soterró un debate trascendental sobre la responsabilidad y sostenibilidad de ese sistema.

La política no puede vivir al margen de los mercados pero es su responsabilidad velar porque los inversores mantengan una opinión lo más positiva posible de nuestra economía y del país. Si esta semana estamos viviendo peligrosamente es porque –junto con el problema de Italia–parece más importante quién se pone al frente de la disensión que estructurar de forma ordenada el horizonte político de España. A los inversores no les gusta la falta de referencias. Así que habrá que crearlas pronto de nuevo. Que las próximas elecciones generales lleguen antes de lo previsto no tiene que ser bueno o malo. Las elecciones tienen siempre ciertos costes de ajuste y de incertidumbre, especialmente cuando el resultado es difícilmente predecible.

Si miramos al medio y largo plazo, lo que sí podemos anticipar es que la eurozona se enfrenta, progresivamente, a dos tendencias cuya conciliación es complicada. Por un lado, la inflación sube y la normalización monetaria está cada vez más cerca porque ese es el mandato del BCE. Por otro lado, el crecimiento de la economía continental ofrece síntomas de cierto agotamiento o, al menos, de menor fortaleza. Contar con confianza inversora dentro de 12 o 16 meses será crucial para navegar por un territorio internacional complicado en el que es previsible una política monetaria menos acomodaticia, mayor proteccionismo, los ajustes del brexit (cualquiera que sea su resolución) y una posible recesión en Estados Unidos.

Si el plan de quien prevalezca en este juego político es adherirse al populismo y el desequilibrio fiscal, mal asunto. Algo que no gustará en Bruselas y Fráncfort ni tampoco a los inversores, y que nos generaría problemas. Si, por el contrario, se buscan espacios para reformas (que ya habíamos perdido), puede pensarse que esta convulsión, termine como termine, es una oportunidad. La confrontación territorial y las diferencias en las propuestas no auguran una coalición para la estabilidad, con un Gobierno fuerte no solo dentro, sino fuera de España para lidiar con las previsiblemente difíciles situaciones que la economía y la política internacional –las medidas proteccionistas por el Gobierno americano ayer son un claro ejemplo– van a plantear.

Santiago Carbó es Catedrático de Economía de Cunef y director de estudios financieros de Funcas

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