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En Santo Domingo, el pulso nocturno se mide en su casco histórico

La primera ciudad del Nuevo Mundo, mágica y decadente, quiere recuperar su esplendor perdido Nuevos y viejos bares embrujan a locales y turistas

Terrazas en la acogedora calle de El Conde, próximo a la de Las Damas; ideal para pasear durante el atardecer.

“Sarandonga, nos vamos a comer; Sarandonga, un arroz con bacalao; Sarandonga, en lo alto del puerto; Sarandonga, que mañana es domingo, Sarandonga, cuchibili cuchibili (…)”. De pronto, un público eufórico salta a la pista de El Sartén: ríe, canta y baila, con garbo y mucho sexapil, un clásico de Compay Segundo en boca de Lolita Flores.

En el bar no cabe ni un alfiler, rozan los cuerpos de los bailadores y se entremezclan el sudor y el gozo, atizados por ese calor húmedo sofocante característico; indispensable tener una Presidente a mano (cerveza local). Suena, después, “Al cuarto de Tula, le cogió candela; se quedó dormida y no apagó la vela”, también del artista cubano, y la noche se desata en la Zona Colonial.

El decadente y mágico casco histórico de Santo Domingo recupera poco a poco su esplendor nocturno (y diurno) perdido, apagado en gran medida por la dominante oferta del todo incluido de Punta Cana (al este).

Así, la ciudad alza otra vez el vuelo, al son de viejos conocidos, de unos locales que, como El Sartén (calle de Hostos, 153), son “catedrales de la música popular caribeña”, embrujo de turistas y punto de encuentro obligado cuando el cuerpo pide marcha a ritmo de sones, salsa, merengue o bachata.

El Sartén, rebosado.  

El reinventado Parada 77 (calle de Isabel la Católica, 10212), un antiguo bar alternativo, con alma bohemia, refugio de artistas y profesionales progres, sin distinción de género, sexo o clases, que si bien ha sabido atraer al visitante extranjero, ha desplazado quizás sin quererlo a su cliente más incondicional.

O Casa de Teatro (calle del Arzobispo Meriño, 110), el centro cultural por excelencia, con más de 40 años, hogar de culto de intérpretes consagrados y catapulta de jóvenes promesa, reconocido por sus festivales anuales de teatro (julio), jazz (junio-julio), conciertos y exposiciones.

Vista del patio interior del restaurante Lulú.

La noche también promete al compás de otros más nuevos y modernos, que son tendencia gracias a la fusión de música –chillout– y gastronomía –degustación– para conquistar gustos exigentes, como Lulú o Time (la propuesta vegetariana de la misma casa), en el parque Billini.

Pero la zona rock está en la calle de Las Mercedes–otra vía tradicional de fiesta–, con La Espiral, un espacio juvenil que brinda a la vez arte y cultura. No deje de visitar en esta acera Mamey, una librería-café y galería de pintura con encanto o el restaurante haitiano Maison Kreyol.

El casco antiguo muere los fines de semana cerca de las tres de la mañana (a medianoche, en la semana), pero la ciudad colonial siempre esconde un rincón que conecta con el alba. Pregunte por los after míticos, son vox populi.

La imborrable isla Saona.

Una vez recuperado, aproveche el día para perderse en sus agitadas calles, puede hacerlo en bicicleta si prefiere (cinco euros la hora con botella de agua incluida), y descubra los monumentos de la primera ciudad del Nuevo Mundo, Patrimonio de la Humanidad, legado arquitectónico de la conquista española de América: la Catedral (menos de 1 euro y no se permite la entrada en pantalones cortos), la Torre del Homenaje o Fortaleza Ozama (1,15 euros), las ruinas del Hospital San Nicolás de Bari y las del Monasterio de San Francisco, el Alcázar de Colón (1,6 euros) o el Museo de las Casas Reales (inferior a 1 euro).

Y si echa de menos un chapuzón, termine su ruta en la isla Saona (Bayahíbe), a dos horas de la capital, con playas de agua turquesa y arena blanca, piscinas naturales y vistas al impresionante Parque Nacional de Cotubanamá (400 km2), lleno de cocoteros. Las estrellas de mar le harán compañía.

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